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El pene del diablo

Fecha: 11/08/2014 Juan José Millás.Ilustración: Gabriel Moreno. ico favoritos Añadir a favoritos
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Apetito de humo. Millás convierte en realidad las fantasías más inalcanzables. Ni siquiera se cohíbe cuando una viuda evoca sus juegos habaneros con el amor que ya no está. | Descarga la revista en PDF.

Ella estaba sola en casa, como siempre desde que murió su marido. Eran las ocho de la tarde de un miércoles cualquiera. A esa hora, se bebía un par de copas de coñac y se ponía en ropa interior, como si él fuera a volver de entre los muertos. El coñac otorgaba a sus fantasías una materialidad extraña. Medio desnuda, sobre el sillón de orejas, imaginaba que su marido aparecía en el salón tras haber atravesado las paredes como un cuerpo sutil. Cerraba los ojos, para que las imágenes cobraran más fuerza en su interior, y entonces lo veía a él con una perfección asombrosa, rasgo a rasgo, casi músculo a músculo. A medida que recorría su cuerpo con la mirada, lo iba creando. Cuando estaba entero, su consistencia era la de una alucinación. 
Ella, por su parte, perdía materialidad, como si su carne se transformara en humo sin necesidad de perder por eso las formas. Un humo sólido, digamos. Así, los pezones, por ejemplo, parecían modelados por una boca que acabara de dar una calada a un puro. A su marido muerto le gustaban mucho los puros, que utilizaba con gran sabiduría en el amor. Así, cuando se encontraban en la cama, ambos desnudos, él encendía un Cohiba y traspasaba el humo de su boca a la de ella, que lo conservaba unos segundos debajo de la lengua antes de expulsarlo. Como además, antes de encenderlo, él solía mojar en coñac la punta que luego se metía en la boca, aquellos besos eran el resultado de una curiosa aleación entre la saliva, el alcohol y la hoja de tabaco. Tampoco era raro que jugara, con ese extremo del puro, empapado en saliva y coñac, por los alrededores del culo de ella y de su vagina, que solía llevar rasurada.
De modo que ahí la teníamos, en pleno delirio, víctima también de una alucinación olfativa, porque olía el puro como si alguien, cerca de ella, hubiera encendido alguno. Entonces, fuera completamente de sí, abandonó el sillón orejero, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y rescató uno de aquellos habanos que su marido no había tenido tiempo de fumar y que conservaba en una caja de madera, con cortezas de manzana para que no se secaran. Cogió uno, el que le pareció más grande, regresó con él al salón, se desnudó del todo, se dejó caer de nuevo sobre el sillón de orejas y tanteó el veguero como le había visto hacerlo a él para calibrar su grado de humedad. El Cohiba tenía en cierto modo la consistencia de un pene erecto, pero también su blandura. Un pene pequeño, se dijo, aunque enormemente eficaz debido a las nervaduras que recorrían su superficie y que evocaban las de las pollas auténticas. Un pene marrón oscuro también, un pene del diablo, pensó para sus adentros con una excitación que a esas alturas empezaba a resultar insoportable.
La mención al diablo debió de convocar a Lucifer, pues ella escuchó enseguida una voz dentro de su cabeza.
—¿Qué deseas? –pronunció la voz.
—¿Qué puedes darme? –preguntó ella.
—Cualquier cosa que me pidas –dijo la voz.
Recordó entonces una fantasía irrealizable que su marido le había contado miles de veces. Consistía en que ella fuera capaz de fumarse el puro por la vagina, aunque expulsando el humo por la boca. Se la contó a la voz y la voz le dijo que el deseo estaba concedido.
Ella mojó, pues, el extremo del puro en la copa de coñac, abrió las piernas, se colocó el habano entre los labios vaginales y le acercó el mechero. En seguida, para su sorpresa, vio que era capaz de aspirar por la vagina expulsando el humo efectivamente por la boca tras haber recorrido todo el cuerpo. Notó también que los labios de abajo habían adquirido un sentido del gusto muy parecido al de la boca, de modo que las mucosidades provocadas por la excitación venérea, al mezclarse con el coñac y el humo provocaba ahí abajo una combinación de sabores que jamás había experimentado.
Y bien, entonces se recostó, cerró los ojos, evocó de nuevo la presencia de su marido muerto, y él se manifestó enseguida colocando sus labios sobre los de ella para recibir el humo que, procedente de la vagina, arrastraba hasta allí la esencia toda de las interioridades de su viuda. Se corrió, con una intensidad astral, antes de haber dado cuenta de un tercio del habano.

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