Una breve reseña en la prensa: 11 de febrero de 2004, dos blindados españoles caen en una emboscada en Diwaniya (Irak); heridos leves. Detrás de la lacónica información hay una tragedia: la del sargento Sergio Santisteban, que sacó al pelotón de aquel ataque por sorpresa y sobrevivió a heridas graves.
Son más de las cinco y media. El casco, el chaleco y las armas son como una lupa que aumenta el calor. En breve anochecerá y la luna concederá un respiro. De regreso a la Base, al pasar junto a una guarnicionería, Santisteban ve fundas de pistolas y piensa que tal vez allí puedan conseguir información sobre las armas con las que, según sus confidentes, se trafica por aquella parte de la ciudad.
[Así arranca Lobo en el purgatorio, de Alfonso Ruiz de Aguirre, en el que se narran las vivencias de este sargento durante su misión en Irak, del que se publican los siguientes extractos.]
El BMR de Contreras va abriendo el paso. Cuando llegan al final de la calle, dejan los vehículos en marcha, preparados para salir a toda velocidad, en la salida Sur, la que les conducirá más rápido a la Base. Resulta difícil adaptarse a este ambiente plomizo, a estas calles ruidosas en las que todos gritan en una lengua incomprensible. Bicicletas, coches y motos destartaladas que recuerdan a alguno de los soldados los útiles que su abuelo guarda en la cochera de su pueblo. En alguna calleja les sacude la sensación de que han realizado un viaje en el tiempo y se encuentran en la Edad Media (…).
Desde la guarnicionería hasta donde se quedan los vehículos no hay más de cuarenta metros. Una distancia que puede recorrerse en segundos a la carrera. Desde los BMR pueden verlos y cubrirlos perfectamente. Bajan el alférez Contreras, el sargento Santisteban, el cabo Ramos, el cabo Gemio y el soldado Galán. (…) Los demás se preparan para dar seguridad en todos los sectores. Unos ocupan posiciones dentro, otros se asoman al exterior y otros aguardan pie a tierra, rodeando los blindados. Entran en la tienda Contreras y Santisteban (…).
Todos parecen sospechosos en aquel laberinto donde los soldados españoles se sienten tan extraños. (…) Por todas partes se levanta ese polvo amarillo que lo cubre todo. Suciedad, coches viejos, casas destartaladas, olor al asador de pollos que inunda con su aroma de comida las aceras. La calle se ha quedado vacía. Ni siquiera están los niños que los rodean y los persiguen allá por donde van. Sólo se les ha acercado uno y ha desaparecido enseguida. Las calles nunca están tan vacías. ¿Dónde están los niños? (…) Los BMR permanecen en su sitio. Sin novedad. Todo tranquilo. Son las seis y cinco. Tal vez las seis y cuarto. En España, poco más de las cuatro. Muchos estarán echándose la siesta o viendo un culebrón. Galán y Gemio ven que, desde un hotel cercano, algo cae a la calle, pero no pueden identificarlo. Puede ser un mechero, una piedra o una bomba. Dos segundos después, a pocos metros del alférez, se produce la explosión que los baña de metralla. Justo cuando Santisteban se acerca a la boca el cigarrillo que acaba de encender. En lugar del humo, por sus pulmones se abre paso la onda expansiva, que lo empuja y le taladra los oídos, que golpea a Contreras hasta dejarlo de rodillas, con el chaleco empapado de sangre. Los cascos han salido volando y el alférez siente que el suyo se ha llevado la oreja puesta.
—¡Santi! ¡Santi, la oreja! ¿Tengo la oreja? (…) Galán abre fuego de inmediato contra las ventanas desde las que ha caído el artefacto. Pero reciben balas de todas partes y no puede identificar desde dónde les disparan. (…)
Es arriesgado internarse entre el polvo y Contreras no encuentra fuerzas para llegar tan lejos. El alférez se siente morir. (…) Le pitan los oídos y siente calor, dolor en el pecho, sensación de asfixia. Las fuerzas le fiaquean. Santisteban ha sacado su pistola por instinto, ha tirado de la corredera hacia atrás y le ha quitado el seguro como un autómata. Sujeta a su superior e intenta identificar los puntos desde donde disparan. Demasiados. No pueden localizar al enemigo. Están en un medio hostil y cada casa puede transformarse en un búnker enemigo. Contreras también desenfunda su arma. Salir de la zona de muerte, salir de la puta zona de muerte, es lo único que ocupa la cabeza de Santisteban. Proteger a su alférez y a sí mismo. Reconocer las heridas de su jefe. Dirigir la evacuación. O liarse a tiros con aquellos cabrones. Traer las dos ametralladoras pesadas de los BMR y fundir las ventanas desde donde les disparan. Retroceder. Hay que retroceder.
Salir de la zona de muerte. Refugiarse en un lugar seguro, donde pueda pensar. Pensar despacio para actuar deprisa.
Una peluquería. Santisteban arrastra a Contreras al interior. Es lo mejor que hay. Los clientes quedan espantados ante aquellas dos sangrientas figuras recién salidas de una película bélica que les apuntan con las pistolas. (…) Los dos heridos suben al primer BMR. Lobo asume el mando y (…) ordena que los blindados salgan marcha atrás, a toda prisa, para llegar a la Base cuanto antes. Se le están pasando los efectos anestésicos de la tensión nerviosa y nota ya dolor, cansancio, desorientación.
La fiesta que les tienen preparada aún no ha terminado. Al llegar a la esquina un BMW negro intenta cortarles el paso. Lo esquivan y continúan la marcha. Enlazan con la Base por radio, informan del ataque sufrido (…). Desde Base España les ofrecen refuerzos y Santisteban se pregunta para qué quiere refuerzos, ahora que se están retirando, así que le responde al despistado que habla desde el otro lado del equipo de transmisiones:
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