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El Ramón Sampedro de la marihuana

Fecha: 28/01/2008 0:00 Alberto Gayo. ico favoritos Añadir a favoritos
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Hace casi 18 años que Juan Manuel Rodríguez se partió la columna al lanzarse al mar. Después de muchos fármacos ha encontrado en la marihuana un motivo para seguir adelante porque asegura que es lo único que le mitiga el dolor neuropático. Pero ha sido denunciado por cultivarla en su habitación del Centro de Minusválidos de Ferrol. | Sigue leyendo.

La vida de Juan Manuel Rodríguez Gantes, un coruñés de 36 años, está escrita con renglones muy torcidos. Separación de sus padres cuando era muy pequeño; de crío, muerte de su hermana y su abuela en un paso a nivel ferroviario; la calle, como residencia habitual, y la cárcel, como segunda vivienda. Las drogas estaban machacándole el cuerpo, la cabeza y su futuro. Para colmo, el 8 de junio de 1990 se lanzó al mar desde una roca de la playa de Lazareto (A Coruña) y despertó en el hospital. “No sé qué pasó, calculé mal la profundidad, la altura…, no sé. Me di con la cabeza en el fondo. Una señora me recogió, estaba flotando boca abajo. Lesión completa de la L5, las vértebras lumbares”, explica postrado en la cama de la habitación 516 del Centro de Atención a Minusválidos Físicos (CAMF) de Ferrol, una habitación de treinta metros cuadrados donde la imagen del jamaicano Bob Marley es la única compañía permanente.

Aquí lleva 17 años. Del pecho para abajo sólo siente “un dolor agudo e intenso comosi me hubiesen arrancado medio cuerpo”. Los dedos de las manos están agarrotados, come con cubiertos adaptados y bebe por una larga pajita. Mueve con dificultad los brazos, suficiente para manejar el mando a distancia. Ahora lleva tres meses sin moverse de la cama por una úlcera. Antes, se daba garbeos en la silla de ruedas eléctrica ayudado por algún amigo.

“A Ramón Sampedro [el tetrapléjico también coruñés que luchó toda su vida por morir dignamente y que falleció hace ahora diez años] le entiendo en todo, he llegado a pensar como él, que esto no es vivir; pero la diferencia es que a mí la marihuana me está ayudando a seguir tirando”. Sí, Juan Manuel está convencido, después de años de empaparse con toda la literatura sobre la potencialidad terapéutica de esta droga ilegal, de que en el cannabis es parte del remedio para su desesperación. “Mi cerebro no tiene una buena conexión nerviosa. No tengo sensibilidad en el 90 por ciento del cuerpo, pero los nervios y las neuronas me provocan dolor. Es como el síndrome del amputado, al que le cortan el brazo pero le sigue doliendo. Me han dado todo tipo de fármacos [ahora toma casi veinte pastillas] y el dolor sigue ahí. Incluso lo he intentado con una bomba de fármacos que va soltando morfina y otros medicamentos, pero las pruebas fueron tan mal que no quise seguir. Lo único que me relaja los músculos, que me alivia los dolores, es la marihuana. Y no cualquier marihuana, la variedad índica [autóctona de zonas de Afganistán, Pakistán e India] es la que mejor me sienta, la sátiva me pone nervioso, no me deja dormir”.

Aprender a vivir con el dolor era la única salida porque ningún médico le iba a recetar una sustancia ilegal. “Y yo prefería morirme”. Decidió empaparse con todo lo que caía en sus manos sobre el tetrahidrocannabinol (THC), el principio activo de la marihuana. Un amigo le regaló unos cogollos. “Me fumaba dos o tres porros al día y noté que el dolor agudo e intenso se transformaba en una molestia más leve. Se lo comenté a mi médico de la Unidad de Lesionados Medulares, pero me dijo que la marihuana no era un medicamento”. Se dedicó a comprar en el mercado negro, pero no podía controlar la calidad, a veces le engañaban. De ahí pasó a una depresión. Era el año 2000. Apareció entonces el psicólogo Manuel Castro, del Hospital Novoa Santos. Este facultativo ha trabajado con terminales, con enfermos de cáncer, con drogodependientes... Fue su tabla de salvación. Le ayudó a olvidarse de las drogas y le enseñó pautas de actuación.

Ordenar su vida

“Había que ordenar su actividad en medio de la confusión –explica Castro–. Si no se ocupaba en algo que para él tuviera sentido, se dedicaría a sus temores y angustias, y había que ver con qué recursos contaba, una silla de ruedas eléctrica de por vida. Está claro que hay muchos mitos sobre los usos terapéuticos del cannabis, que su potencialidad no es superior a la de otros fármacos, pero la planta le ha ayudado a centrar su vida, y consumir le relaja y le hace tener una percepción diferente del dolor. Puede sobrellevar mejor la ansiedad y el sufrimiento. Se debe estudiar cada caso de forma individual. A Juan Manuel le compensa”. Este psicólogo habla sin pelos en la lengua: “El cannabis no es algo inocuo, si se consume reiteradamente en la adolescencia, puede ser un factor de riesgo que lleve a la esquizofrenia, pero hablamos de Juan Manuel y había que sopesar los problemas”.

En 2005, Rodríguez Gantes decidió tener su propio cultivo. “Esta habitación es mi vivienda. De la puerta para dentro mando yo”. Era su argumento. La planta era pequeñita. Un año después, su proyecto agrario varió. Unas plantas enormes crecieron en la terraza acristalada de su habitación. En la época de la floración alguien se chivó del olor, y cuando entró el director del centro, dijo: “Esto no es una planta, es un árbol”. Tuvo que tirarla. Volvió a la Unidad del Dolor y explicó que había unos medicamentos fabricados con derivados cannábicos (Sativex) que ya estaban aprobados. Pero nada. “Decidí que iba a ser mi lucha mientras no me diesen algo mejor. Ahora sé que en Cataluña o País Vasco se puede conseguir un permiso para cultivar en determinados supuestos, o se puede participar en programas de dispensación de marihuana. Aquí me hinchan a pastillas, a opiáceos muy fuertes, que me provocan vómitos, problemas estomacales, de hígado y síndrome de abstinencia”.

Armario de cultivo con focos

En la penúltima intentona se lió gorda. Después del pasado verano Juan Manuel se compró todos los artilugios necesarios para cultivar en el interior de un armario portátil. Focos de luz, filtros de olor y un candado en la puerta. En noviembre de 2007 una inspección del servicio de prevención de riesgos laborales lo delató. El director del centro, Fernando López, que sólo llevaba un par de días en el cargo, le obligó a abrir el armario. No quiso y vino la policía. Ahora tiene una denuncia en el juzgado. López explica que no tiene capacidad de actuación, que se rige por el principio de legalidad y que el cultivo para consumo no es legal. Consciente del problema, el director aseguró que no tiene inconveniente en elevar un escrito con el problema de Juan Manuel y sus peticiones, “pero por ahora lo único que ha hecho Juan Manuel es una reivindicación de su derecho a consumir y a autocultivar”.

A escasos 50 kilómetros, en el extrarradio de A Coruña, malvive su madre, Elena Gantes. En una casucha recogida y limpia junto a una refinería, Elena confiesa que su hijo “tiene muy buen corazón. Yo sé que la droga es mala, pero a él le anima, le cambia el carácter para bien y encima tiene menos dolores”.

Sin graduado escolar y con antecedentes, Juan Manuel no pudo cumplir su sueño de ser soldado profesional. Hoy su campo de batalla es otro. “No defiendo el porro lúdico, pero hay que avanzar en su potencial terapéutico. Es curioso, muchos hablan de que se empieza con un porro y se acaba en la heroína. En mi caso ha sido al revés. Me he metido de todo, pastillas, pegamento, heroína, coca… luego el accidente, y ahora he acabado fumando marihuana para quitarme el dolor. Probablemente no legalicen la planta, pero está claro que su uso en laboratorio y su aplicación terapéutica llegará”.

Toda la información, en nuestra edición en PDF.

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