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El viaje contrareloj de un corazón

Fecha: 14/07/2008 0:00 Nieves SALINAS ico favoritos Añadir a favoritos
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Una carrera contra el tiempo para salvar una vida en un país que sigue pulverizando las marcas mundiales de donación de órganos. La misma que, a menudo, emprenden cientos de sanitarios que han conseguido hacer del español el mejor sistema de trasplantes del mundo.

Arranca julio en Madrid. La temperatura, muy alta, sube enteros en la base de Torrejón de Ardoz, donde espera un pequeño reactor. Justo enfrente, el avión de Paco El Pocero, el mismo que viajó a Estados Unidos para traer a Valencia a Elvira Roda –la chica burbuja–, aquejada de sensibilidad química múltiple (SQM). Apenas son las cinco de la tarde. El sol abrasa. La tripulación, dos pilotos y una azafata, espera la llegada de los pasajeros.

A bordo del aparato –asientos de cuero blanco, alfombras en el suelo, maderas nobles y todo lujo de detalles– uno se imagina de camino a un lugar paradisiaco, pero el motivo del viaje es trasladar a un equipo del madrileño hospital Puerta de Hierro que vuela a Canarias para recoger el corazón y los pulmones de un joven donante –tan sólo 17 años– cuya muerte cerebral se ha certificado esa misma mañana. La familia, todavía noqueada por el dolor, ha aceptado una donación multiorgánica. Corazón, pulmones, riñones, páncreas, hígado, córneas… Hasta sus huesos. Un acto de generosidad extrema. De solidaridad sin límites: dar vida para otras tantas vidas que penden de un hilo.

Las horas corren en contra. El viaje es largo, y el tiempo de isquemia de los órganos –el que pueden permanecer fuera del cuerpo sin que se deterioren–, limitado. Por fin aparece la ambulancia con el equipo médico. Tres cirujanos y un enfermero. Sorprende lo jóvenes que son. Se trata de José Luis Campo-Cañaveral, cirujano torácico; Sebastián Ramis, cirujano cardiovascular, y Rita Gil, que hace una rotación en ambos servicios de cirugía. Portan dos neveras y una gran maleta con instrumental. Llegan directos del hospital. Les acompaña el cirujano Vicente Díaz-Hellín, del Hospital Doce de Octubre, que alcanzó en 2007 el récord en trasplante renal. Junto a ellos, Óscar Sánchez, el enfermero, con 24 años de experiencia a sus espaldas en este tipo de operativos, los mismos que hace que se realizó en España el primer trasplante de corazón. Son las 17.30 horas. El avión está listo para el despegue. El tiempo estimado de vuelo, dos horas y veinte minutos. Los médicos se relajan. Fueron informados de su destino hace apenas unas horas, mediante una llamada de la sala de coordinación de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), siempre de guardia. Entonces se puso en marcha una maquinaria perfecta que ha convertido el sistema de trasplantes español en el mejor del mundo.

¿Qué nos hace tan buenos? José Luis, Sebas, Óscar, Vicente y Rita forman parte del engranaje, pero, desde dentro, lo viven de otra manera. “Es un trabajo como otro”, dirá más tarde en el quirófano el doctor Ramis, a punto de extraer el corazón del donante. Por eso les cuesta transmitir la emoción que, desde fuera, desprende la carrera contrarreloj que han emprendido para salvar una vida. En bus- ca de un corazón para mantener con vida a un hombre de 60 años, aquejado de una extraña y grave dolencia cardiaca, y de los pulmones para un chico de 18 años con fibrosis quística –una enfermedad genética e incurable– que lleva dos meses en lista de espera. En el avión, los médicos leen la prensa y cabecean. Dicen que el donante parece bueno. Es muy joven y se le presupone una buena salud. Probablemente deportista, cuenta el doctor Campo-Cañaveral. Lo primero que hará, ya en Canarias, es comprobar que los pulmones son buenos. Que ventilan bien. Sólo entonces dará el visto bueno a la ONT para que, en Madrid, se prepare al paciente que será trasplantado. Lo mismo hará el doctor Ramis: antes de extraer el corazón tiene que tocarlo y ver qué “sensación” le da. Si su movimiento es armónico, si no existen malformaciones congénitas. Mientras los órganos no tengan el visto bueno de los médicos, en el hospital trasplantador no se inicia el proceso para el receptor. Un quirófano repleto En este caso, el equipo es optimista. Cae la tarde y el avión aterriza en Canarias.

Espera una ambulancia que, minutos después, vuela por la carretera rumbo al hospital. Los médicos apenas hablan entre sí. Sólo las llamadas para dar cuenta de sus pasos. En la puerta de Urgencias está María Llanos, la enfermera coordinadora de trasplantes, que los traslada a las puertas del quirófano. Se cambian y se ponen mascarillas. Dentro hay mucha gente. Al menos quince personas entre enfermeras, cirujanos generales… No es lo habitual. Casi no hay sitio para moverse, pero todos ocupan su lugar con precisión. “Somos autónomos”, recuerda Óscar mientras maneja el instrumental. Apenas han intercambiado algunas frases con la coordinadora de trasplantes, que desde una sala anexa lo controla todo y les anuncia que otro avión vuela desde Madrid para recoger el hígado del donante y llevarlo a una niña ingresada en otro centro hospitalario. Si el tiempo de isquemia del corazón no fuera tan corto –cuatro horas– y el vuelo tan largo, el equipo de Madrid podría volver también con el hígado, pero no es el caso.

Al tratarse de un trasplante multiorgánico el orden de extracción será el siguiente: corazón, pulmón, hígado y páncreas, riñones, córneas y huesos. “En un operativo de este tipo está todo muy protocolizado. Todo el mundo actúa lo más rápido posible para que todo vaya bien”, cuenta José Luis. Impresiona lo joven que es el donante. Más pensar en que su familia, que tanto debe estar sufriendo, ha tenido el coraje de protagonizar semejante acto de altruismo. Por eso Óscar dice que su trabajo es “apasionante, pero también entristece pensar en que una vida se recupera a costa de otra”. Sólo la alentadora sonrisa de María Llanos devuelve la normalidad a una situación que resulta impactante. Ella explica que el donante llegó a urgencias víctima de una agresión tras una celebración futbolística. Los facultativos, sin embargo, comprobaron después la ausencia de traumatismos y pensaron que se trataba de un aneurisma. El joven, hijo de una familia caribeña residente en Canarias, llevaba más de 24 horas ingresado en la UCI. El silencio, la mejor compañía El tiempo pasa lento en el quirófano. “El silencio es la mejor compañía, si no oyes gritos es que todo va bien”, dice la médico coordinadora de trasplantes. Es intensivista. El doctor Cañaveral ha hecho una placa del tórax. En cuestión de segundos las cosas cambian. José Luis frunce el ceño y consulta con Vicente. Hay que hacer más pruebas de los pulmones. Y surge el imprevisto. El pulmón derecho no vale. No ventila bien. Puede haber una infección. “Es una pe na. Pero ocurre. Más de la mitad de las veces volvemos sin el pulmón”, exclama. Queda el pulmón izquierdo. Es bueno. Se llama a la ONT para que busquen a un receptor, porque en el Puerta de Hierro no hay candidatos. Se viven momentos de incertidumbre, de rápida toma de decisiones. Pero no aparece un receptor compatible.

Tampoco en Canarias, donde sí se quedará el resto de los órganos del donante. No hay tiempo para llevar el pulmón a Madrid y, de ahí, trasladarlo a otro hospital. Es un operativo demasiado complicado y el órgano sufriría mucho. Hay que continuar. En apenas unos minutos el doctor Ramis extrae el corazón. Al no tener que sacar el pulmón todo es más rápido. El momento es de máxima tensión pese a que Ramis insiste en que su trabajo se acaba viendo como algo “del día a día. Vives con ello y es parte de tu formación”. Se inicia entonces el proceso de perfusión. Se trata de sustituir el riego sanguíneo del órgano por líquidos adecuados para su conservación a baja temperatura. Con el corazón preparado –se introduce en una bolsa estéril que, a su vez, se protege con otras bolsas y se mete en la nevera cubierto de hielo–, el equipo sale a toda velocidad rumbo a la ambulancia que los llevará al aeropuerto. En el quirófano trabajan en la extracción del resto de los órganos. Se llama al oftalmólogo. El último será el traumatólogo. En el aeropuerto, el avión ya está a punto. La azafata ha preparado la cena. Los pemédicos tienen ganas de hablar. Están agotados, pero también excitados. Ramis dice que existe un 20 por ciento de casos en los que el corazón implantado no funciona. También que ésta es la última opción para un enfermo. Por traumática y porque el proceso de recuperación tras el implante es muy complejo. Pero que, en casos como el de su paciente, el hombre de 60 años que espera en un quirófano de Madrid, es la forma de salvarle la vida. Son las dos de la mañana. El avión aterriza en Barajas. Otra vez la ambulancia. Los médicos llaman para anunciar su llegada. En quirófano les espera el doctor Burgos, cirujano cardiovascular. Ramis está muy cansado. Lleva más de 48 horas sin pisar su casa. Pero minutos después parece revivir. Mano a mano con el doctor Burgos trabaja en el implante del órgano llegado de Canarias. Si todo va bien, no debe tardar más de 40 minutos en la intervención.

Lo complicado llega después. José Luis, Rita y Vicente ya se han marchado a descansar. Óscar sigue en quirófano, ayudando en el implante. El corazón ya ha comenzado a latir. El receptor puede presumir de bombear como un chaval. El órgano dañado está sobre una mesa. Pero quedan muchas horas por delante para poder hablar de final feliz. Horas de lucha por mantener la vida con la vida que le ha sido dada por una familia solidaria y, para siempre, rota por el dolor. Cuando el doctor Sebastián Ramis salga del quirófano serán las nueve horas de otra mañana de julio muy calurosa. Fuera del hospital, Madrid late con fuerza.

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