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Los cuentos eróticos de Juan José Millás

Ella estaba de acuerdo

Fecha: 14/07/2014 Juan José Millás / Ilustración: Gabriel Moreno ico favoritos Añadir a favoritos
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"La sangre se le retiró del cuerpo para acumularse en la polla de tal modo que perdió el sentido. Soñó que Ella, al tiempo de despiojarle salvajemente el miembro, le confesaba que pertenecía a una familia de neandertales que había sobrevivido a la extinción". ¿Quieres más? Entra y disfruta de la pluma más erótica de Millás. | Descarga la revista en PDF.

Ella, con su cráneo plano, el rostro anormalmente hinchado y los arcos superciliares tan protuberantes, le traía a la memoria la recreación gráfica de una mujer prehistórica que había visto de pequeño en un libro de texto. Al fondo de esos arcos, brillaban unos ojos pequeños, como de rata ansiosa o asustada. Por lo demás, era baja, al menos en relación a la largura de sus brazos, y caminaba inclinada, casi como si se fuera a caer, cuando en realidad se estaba levantando. Se la envió el jefe de Recursos Humanos asegurándole que tenía excelentes referencias de ella y que sería una magnífica secretaria. Ricardo, el nuevo jefe de la criatura, era el responsable de Planificación y Control. Ella tenía un nombre, pero su presencia física era para Ricardo tan imponente que no lograba retenerlo. Era Ella, a secas.
Ella desplegaba en los archivos la eficacia nerviosa de un roedor. Sus sentidos estaban siempre al cien por cien. Su indiferencia ante el mundo logró atraer el interés humano de Ricardo. Bueno, primero fue la curiosidad, más tarde el interés, y finalmente el deseo sexual. No se la podía quitar de la cabeza. De súbito, se quedaba abstraído delante del telediario. ¿Qué te pasa?, decía su mujer. Nada, decía él. En realidad estaba siendo atacado por una fantasía recurrente en la que Ella y él se encontraban delante de una cueva, en el campo, comiendo insectos. De súbito, le atacaba a él una erección monstruosa a la que Ella respondía con una secreción exagerada de jugos vaginales cuyos efluvios alcanzaban el olfato de él con la contundencia de algo tangible. Se encontraban desnudos los dos, con abundante pelo repartido a lo largo del cuerpo. Él se acercaba a ella, que adoptaba enseguida la postura sólita para ser penetrada, y el pene de él se deslizaba dentro con el grado de resistencia preciso para que a los dos les doliera y les gustara al mismo tiempo. Les gustaba porque les dolía y viceversa.
Al terminar, él se retiraba emitiendo gruñidos de bienestar a su lado de la cueva y Ella se adormecía un rato, exhausta, en el suyo. La fantasía carecía de variantes dignas de mención. Excepto una, esta, que se le ocurrió un día en el despacho, tras regresar de comer y descubrirla a Ella masticando una pipa de girasol como si triturara una chinche. La novedad consistía en que después de follar, él capturaba una mariposa enorme, del tamaño de un ratón de campo, y se la ofrecía a Ella, que abría la boca perezosamente para tragarse el insecto como el que se toma la vigésima cucharada de caviar.
Este detalle, pensó oscuramente Ricardo, el jefe de Planificación y Control, significa que ha aparecido el amor. Y en efecto, la amaba. Amaba a aquella secretaria que parecía venida de otra época. Ese mismo día empezó a desplegar con Ella atenciones inusuales que en dos semanas los condujeron a la habitación de un hotel de tres estrellas que había cerca de la oficina.
—¿Qué te interesa de mí? –le dijo Ella sentándose en el borde de la cama, mientras él revisaba las existencias del minibar.
Ricardo iba a decir que le interesaba su historia, pero le salió otra cosa:
—Me interesa tu prehistoria.
Como si hubiera escuchado una obscenidad excitante, ella se arrancó la blusa y la falda, debajo de las cuales llevaba un conjunto de ropa interior formado por hojas otoñales de nailon o de seda. Tal como Ricardo había imaginado, tenía unos pechos muy pequeños, cubiertos con un pelo abundante que respetaba la zona de la aréola y el pezón, ambos muy enervados por el ardor venéreo. Luego, al quitarse las bragas y mostrarse impúdicamente, comprobó que disponía de un clítoris del tamaño de un pene. La sangre se le retiró del cuerpo para acumularse en la polla de tal modo que perdió el sentido. Soñó que Ella, al tiempo de despiojarle salvajemente el miembro, le confesaba que pertenecía a una familia de neandertales que había sobrevivido a la extinción.
—Solo quedo yo –añadió–, mis padres, mis tíos, mis hermanos, todos han muerto.
En el instante mismo de despertar comprendió que esa misma noche debía abandonar a su familia. Ella estuvo de acuerdo.
—Uh –dijo.

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Comentarios recientes

  • Jarry 20/07/2014 3:19

    Enorme Millás, un genio de la creatividad. Evocación pura y dura, nunca mejor dicho.

    Comentario fuera de tono

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