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Los cuentos eróticos de Juan José Millás

Ella regresó a la vida

Fecha: 21/07/2014 Juan José Millás / Ilustración: Gabriel Moreno ico favoritos Añadir a favoritos
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“Dio la vuelta al supuesto cadáver, le bajó las bragas y descubrió con sorpresa, en el ano de su mujer, una aceituna. Al manipularla para comprobar si había algo más, la fallecida tuvo un orgasmo extraordinario que provocó el de él”. El tercer relato erótico del escritor Juan José Millás te hará pensar: ¿entierro o incineración?. | Descarga la revista en PDF.

Estaban viendo una película por la tele cuando llegaron los anuncios. Normalmente, ella solía cambiar de canal para evitar la publicidad, pero en esta ocasión no lo hizo. Él, absorto en sus propios pensamientos, no dijo nada. Pasó el primer anuncio, pasó el segundo y cuando apareció el tercero, donde se veía a un grupo de personas alrededor de una barbacoa con costillas, ella preguntó:
—Por cierto, si te mueres antes que yo, ¿qué prefieres, que te incinere o que te entierre?
Él abandonó su ensimismamiento, observó a su mujer, observó luego el anuncio de la barbacoa e, inexplicablemente, fue víctima de una excitación sexual insólita. Carraspeó, se acomodó en el sofá para dejar espacio a su verga, que crecía sin control, y dijo:
—Yo prefiero que me incineres.
Ella, que había percibido en su marido un movimiento fuera de lo común, desvió la vista hacia las ingles de él, comprobando con asombro que algo se abría paso detrás de la bragueta.
—Voy a traer algo de picar –dijo la mujer, y se levantó dirigiéndose a la cocina.
En la televisión pasaban ahora un anuncio de automóviles que aumentó, por alguna razón desconocida, la excitación venérea de él. Es por la piel de los asientos, se dijo a sí mismo, esa piel de color carne saca de sus casillas a cualquiera. En realidad, era por todo. Cualquier cosa que saliera en ese momento por la televisión, incluso un anuncio de compresas para remediar las pérdidas de orina que se producen a partir de cierta edad, habría contribuido al endurecimiento de su pene. De hecho, contribuyó. La realidad entera, especialmente la emitida por el televisor, parecía un reclamo sexual. Volvió a acomodarse para dejar sitio a su miembro e intentó recordar cuánto tiempo llevaba (llevaban) sin hacerlo. Hablamos de un matrimonio maduro, aunque no viejo, que se conservaba bien. Pese a ello, habían ido retirándose del sexo de un modo insensible. No es que no se gustaran, es que se aburrían cada uno en el cuerpo del otro, como el que se cansa de jugar al parchís. ¿Qué milagro había obrado la idea de la incineración?
En esto, apareció ella, regresando de la cocina en ropa interior, con un plato de guindillas y aceitunas.
—La idea de incinerarte –dijo–, me ha dado calor. Estoy un poco sofocada.
Colocó el plato sobre la mesa de café y se sentó junto a él. La película había comenzado de nuevo. En la pantalla se veía la sala de un forense con un cadáver sobre la mesa.
—Tiene restos de tierra en la garganta –dijo el forense.
La mujer se volvió a su marido y le dijo:
—Tú nunca me has hecho la autopsia.
—Si quieres, te la hago ahora –dijo él.
Ella se metió una guindilla en la boca y la dejó ahí, sin masticarla. Luego se tumbó en el sofá, boca arriba, y se hizo la muerta. Él se quitó los pantalones y los calzoncillos, liberando su miembro, que era enorme, y separó los dientes de ella para extraer la guindilla.
—Tenía una guindilla en la boca –dijo como si se dirigiera a alguien que estuviera en el salón–. Ahora voy a mirarle el culo.
Dio la vuelta al supuesto cadáver, le bajó las bragas y descubrió con sorpresa, en el ano de su mujer, una aceituna. Al manipularla para comprobar si había algo más, la fallecida tuvo un orgasmo extraordinario que provocó el de él. Se fue como un chiquillo, sin necesidad de tocarse ni de que le tocaran. Ella regresó a la vida, se levantó y dijo que iba a por unas cervezas. Aprovechando su ausencia, él se vistió de nuevo y fijó su atención en la tele, como si no hubiera pasado nada. Ella regresó vestida también, con las dos cervezas, y se sentó con naturalidad a su lado. Preguntó si se había perdido algo importante de la película y él dijo que no, que el argumento no avanzaba. Entonces pusieron otro bloque de anuncios y ella volvió a preguntar si prefería que lo enterrara o que lo incinerara. Él volvió a notar de nuevo una excitación insoportable y cambió de postura. Ella se levantó y dijo que iba a traer algo de picar. En la pantalla apareció un grupo de gente alrededor de una barbacoa en la que humeaba un costillar. Ella regresó con un plato de pepinillos en vinagre. Etcétera.

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