En Afganistán, el mayor productor mundial de opio, los yonquis viven en guetos
Fecha: 11/01/2010Afganistán, el mayor productor mundial de opio, está pagando las consecuencias de todo lo que rodea el mercado del narcotráfico. Los adictos a la heroína viven en guetos en el centro de Kabul y son el fantasmagórico reflejo de esta situación.
La otra cara de la guerra en Afganistán, el país dónde se cultiva el 90 por ciento del opio que se consume en Europa en forma de heroína, es la de los adictos que malviven en las calles de sus ciudades. Son gentes ajenas a las consecuencias de treinta años consecutivos de guerra en su país, o quizá precisamente una de las consecuencias de esas tres décadas de contiendas.
En las calles de Kabul, la capital de Afganistán, una dosis de heroína de un gramo cuesta un dólar (unos 75 céntimos de euro o, en la moneda local, 50 afganis), una cantidad fácil de conseguir diariamente mendigando, realizando algún trabajo eventual o cometiendo pequeños robos.
Tampoco es complicado conseguir la droga. En el centro de la ciudad existen guetos donde camellos y consumidores se dan cita, en plena calle, sin que la policía haga nada. El antiguo Centro Cultural Ruso es uno de esos lugares. En la avenida Darul Aman –la carretera que conduce al antiguo Palacio Presidencial, uno de los iconos de Kabul– están los restos de lo que en su día fue un imponente conjunto de edificios de hormigón, con siluetas puntiagudas, que representaban la magnificencia del imperio soviético. Hoy, después de ser bombardeado por muyahidines, talibanes y tropas internacionales, es cobijo de cientos de yonquis y lugar de trabajo de los pequeños traficantes que se encargan de que no les falte mercancía de primera, siempre y cuando tengan con qué pagarla.
Al entrar, tan sólo se distinguen los escombros y la basura. Las paredes están acribilladas a balazos y llenas de enormes socavones producidos por las bombas. Y los restos de lo que debieron ser grandes escalinatas a ambos lados son sólo eso, restos. Detrás hay un gran patio desde el que puede verse una curiosa panorámica de Kabul, los restos del cine más grande de la ciudad –también sufrió bombardeos– se mezclan en el horizonte con los nuevos rascacielos de acero y cristal que se construyen para dar cabida a centros comerciales o a salones de bodas.
‘Fumata’ blanca
Los primeros indicios de lo que sucede en este lugar están en el suelo. Docenas de botellas de plástico llenas de líquido color naranja, junto a jeringuillas usadas y mecheros, se mezclan con la basura. Estas botellas son usadas por los yonquis a modo de cachimbas para fumar la heroína o el opio. Es la antesala de lo que hay en el interior de lo que fue este Centro Cultural Ruso antes de la guerra de 1979.
De las ventanas de estos edificios sale un humo blanco que avisa de lo que sucede dentro. En la explanada donde se acumulan las botellas y las jeringuillas, una decena de hombres pasean, miran de reojo y esperan apostados junto a una de las puertas laterales. Son los camellos.
Esta es la estampa diaria en uno de los guetos del centro de Kabul, donde se estima que hay más de 2.000 adictos a la heroína y al opio. Mientras, la Policía Nacional afgana sólo puede hacer rondas para recoger a los que se encuentran en peor estado y trasladarlos al centro para el tratamiento y la rehabilitación de drogas. Allí están ingresados unos 300 adictos. La mayoría ya ni siquiera puede andar. Los que están menos mal, unos cincuenta o sesenta, salen cada mañana del centro para buscar su dosis. Después, vuelven para comer y dormir. Los que no tienen sitio dentro se quedan en carpas instaladas en el patio, o incluso duermen al raso cubiertos con una colcha.
Este distrito depende de la comisaría número 7 de Kabul. Su comisario, Majid Latifi, acaba de volver de Estados Unidos, donde ha participado en un seminario internacional dedicado a la lucha contra el narcotráfico. “Estuvimos en Ciudad del Paso realizando ejercicios prácticos de control de estupefacientes en la frontera –explica–, pero combatir el narcotráfico en una frontera como la que separa Afganistán de Pakistán es mucho más complicado, y aquí no tenemos los medios que tiene la CIA”.
El comisario Latifi cree que muchos de los problemas que azotan el país no existirían si Pakistán no permitiera que los talibanes y narcotraficantes se movieran libremente, saltando de un país a otro con total impunidad. “Los afganos son culpables de la producción de opio, es un hecho que acepto; pero es algo reciente, es el regalo de treinta años de guerra y de nuestro vecino Pakistán”, afirma el responsable de la seguridad policial del distrito.
Durante el dominio de los talibanes la producción de opio se incrementó: “Es un problema que ahora estamos combatiendo, y ya hemos logrado reducir las zonas de cultivo de la adormidera considerablemente en varias provincias”, añade.
Laboratorios
Cada provincia ha recibido cinco millones de dólares del Ministerio de la Lucha contra la Droga para buscar alternativas al cultivo de opio. Pero su cultivo no es el único problema. Para adulterar la droga se emplean materiales químicos que vienen de Irán, Pakistán y Tayikistán y se montan laboratorios clandestinos en los que suelen trabajar personas procedentes de estos países. Después, se exporta el producto y la heroína termina en las calles de Rusia, Europa o Estados Unidos.
“Si los gobiernos de estos países acabaran con los consumidores que demandan la droga y controlaran sus fronteras para que ésta no entrara, Afganistán no tendría a quién exportar y se acabaría el problema”, afirma el comisario Latifi con contundencia. “Si Estados Unidos, con todos sus medios, no puede controlar sus fronteras, ¿cómo va a poder Afganistán?”, concluye.
Según los informes de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCAH), en 2007 la producción de opio en el Afganistán fue de 8.200 toneladas (un 34 por ciento más que en 2006), y supuso el 93 por ciento del mercado mundial de opiáceos. Con excepción de China en el siglo XIX, que tenía una población quince veces superior a la del Afganistán de hoy, ningún otro país ha producido jamás narcóticos en esta escala. Y los ingresos anuales que se derivan de este negocio rondan los 3.000 millones de dólares, una parte apreciable del producto interior bruto del país.
Durante los dos últimos años las cifras hablan de mejoras. Si en 2007 los cultivos de opio se extendían hasta las 193.000 hectáreas, repartidas entre 18 provincias, en el último informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de Naciones Unidas (JIFE) se refleja un descenso importante de estos cultivos, que se sitúan en 157.000 hectáreas de amapola cultivada en trece provincias.
Se calcula que el 80 por ciento de estos terrenos de cultivos están en el sur del país, donde los talibanes tienen sus bastiones más importantes de poder, como en la provincia de Helmand, el escenario actual de la mayor ofensiva de las fuerzas internacionales contra la insurgencia talibán.
Sin preocupaciones
Volvemos a Kabul, al antiguo Centro Cultural Ruso. En el interior de uno de los edificios, dos hombres agazapados y ajenos al mundo exterior manipulan sendos trozos de papel de aluminio. De repente, se enciende un mechero que comienza a calentar uno de los pedazos de papel plateado. El hombre que lo sostiene entre sus manos aspira muy lentamente los vapores que se desprenden. Es su momento. Para él, ya no hay nada más alrededor. No hay miseria, ni guerra, ni mañana del que preocuparse.
Hay más edificios, pero lo que hay dentro es igual en todos ellos. Al ver la cámara de fotos, los propios camellos señalan un agujero en el suelo, muy cerca de la calle, en cuyo interior otras tres personas repiten el proceso y fuman sus chinos. Un joven se acerca. Le cuenta al intérprete que él antes tenía una vida y una familia; se hizo adicto en Irán, donde se refugió de la guerra, y ahora ya no tiene nada.
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