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Enfermos de chapapote

Fecha: 12/11/2007 0:00 David ARNANZ ico favoritos Añadir a favoritos
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Cinco años después de la catástrofe, estudios epidemiológicos alertan de que quienes tuvieron contacto directo y prolongado con el fuel podrían desarrollar un cáncer en el futuro. Fueron 400.000 voluntarios. A muchos, ni se les advirtió ni se les protegió correctamente.

Fernando CÁRDENAS

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Después de la marea negra, la calma no llegó para Evaristo. Participó en la limpieza de las cerca de 80.000 toneladas de fuel que el Prestige vomitó al mar, hace ahora cinco años, lo que le provocó una bronquitis que ha degenerado en crónica: “A los tres meses de estar limpiando empecé a sentirme mal, muy cansado, fatigado, me mareaba, estaba como atascado…”, recuerda. Evaristo Bermúdez es marinero y, como muchos otros compañeros suyos, fue contratado por la empresa pública Tragsa para la limpieza de mar y playas.

“Los primeros días del vertido nos lanzamos al mar a sacar el chapapote con nuestras propias manos, sin ninguna protección: ni guantes, ni mono, ni gafas… No éramos conscientes del peligro que había, sólo queríamos salvar nuestras costas”, explica entristecido por las consecuencias que ha tenido la catástrofe en su salud, que le han obligado, incluso, a cambiar de trabajo: dejó de recoger percebes en Arou, en la Costa da Morte, y ahora insta- la aparatos de aire acondicionado porque “la humedad es muy perjudicial para mí; además ya no quedan percebes. Desde el ‘Prestige’ no desarrollan como antes, son pequeños, de otro color...”.

La economía de este soltero de 41 años, de quien hasta hace bien poco dependía un niño enfermo que tenía en acogida, también se ha resentido: “Gano unos 700 euros menos al mes”. A causa de la enfermedad, Evaristo se somete a un control cada seis meses, pero cree conveniente “un mayor seguimiento por los expertos. Aquí vino al principio una furgoneta con sanitarios, y nunca más. Si fuera necesario, deberíamos cobrar indemnizaciones porque esto fue un trabajo, no lo hicimos por gusto y nadie nos dijo: ¡Quieto!, que nadie limpie nada hasta que no se sepa si es perjudicial”.

El Gobierno ha admitido que la enfermedad de Evaristo no es un caso aislado. En respuesta a una pregunta del senador del BNG Francisco Xesús Jorquera, el ejecutivo habla de “un incremento de riesgo de síntomas respiratorios, hiperreactividad bronquial, estrés oxidativo, inflamación pulmonar, remodelado bronquial y vascular y daño cromosómico asociado a la participación en la limpieza del fuel uno a dos años después de la misma”, basándose en los datos de estudios epidemiológicos de 810 marineros de diversas cofradías gallegas presentados por el Instituto Carlos III y realizado por universidades de A Coruña, Madrid y Barcelona. En la misma respuesta incluso recomienda “realizar un seguimiento de la salud de la población analizada”. El senador del BNG se pregunta si no sería pertinente ampliar el control al resto de los casi 400.000 voluntarios.

“Quienes más riesgo pueden correr son los militares, el personal de Tragsa, los vecinos que estuvieron en contacto directo durante seis meses y los que inhalaron los gases de los primeros días. Aunque los voluntarios de fin de semana seguramente tengan más problemas por sufrir el tráfico de Madrid toda la vida que por un fin de semana expuestos al chapapote”, asegura el médico toxicólogo Luis Díaz Cabanela, vocal de ADEGA (Asociación de Defensa Ecolóxica de Galiza), que compareció con un informe en la Subcomisión de Investigación sobre el Prestige en el Congreso de los Diputados.

Díaz Cabanela asegura que los 1.462 casos que el Sergas (Servicio de Salud gallego) reconoce haber atendido entre noviembre de 2002 y julio de 2003 “fueron la punta del iceberg, ya que muchas de las personas que presentaron síntomas leves no demandaron atención médica”. El experto asegura que “más de la mitad se podían haber prevenido utilizando las mascarillas adecuadas: con filtro en vez de las de papel, como recomendábamos nosotros y el Instituto Nacional de Toxicología”, para no inhalar los tóxicos compuestos orgánicos volátiles, como el benzeno, presente en el fuel fresco (ver recuadro de la izquierda). “Desde el primer momento hubo alarma para la salud porque se sabe que el benzeno es cancerígeno y puede inducir a una leucemia con niveles de exposición muy bajos; y la mascarilla de papel está muy bien para hacer bricolage en casa pero no para estar expuesto a sustancias tóxicas y cancerígenas”. De esta forma, Díaz Cabanela advierte: “Habrá que esperar 15 años para ver si aparecen casos de leucemia en militares, personal de Tragsa, vecinos y quienes estuvieron en contacto directo y prolongado”. Sus reproches apuntan también a quienes gobernaban cuando ocurrió la catástrofe: “Intentaron minimizar la situación. No nos escucharon y siguieron repartiendo mascarillas de papel; no se podía hablar de marea negra; dijeron que no había benzopileno; incluso Mariano Rajoy, entonces comisionado del Gobierno para el ‘Prestige’, manifestó en rueda de prensa que las mascarillas con filtro no eran necesarias porque se trabajaba en zonas muy ventiladas”.

Díaz Cabanela también defiende la tesis de que son imprescindibles más estudios epidemiológicos y controles sobre la gente que recogió fuel para ver cómo evolucionan. “Gracias a estos seguimientos se está descubriendo que las enfermedades respiratorias se están haciendo crónicas. De esto no se sabía nada, es un descubrimiento del hospital Juan Canalejo de A Coruña”, explica. Santiago Falcón fue uno de los marineros a los que llamaron del hospital coruñés para que fuera a hacerse unos análisis; su médico le había diagnosticado una bronquitis aguda e hizo referencia en su historial a los vapores del fuel “por si en un futuro algo me pudiera pasar”. Este marisquero y percebeiro de O’Grove (Rías Bajas, Pontevedra) recuerda que durante los primeros días del fluido (cuando los gases son más perjudiciales porque el fuel está líquido) “todos se quejaban de mareos, picor de garganta y ojos, pero yo fui el que peor lo pasó. Estuve un mes y medio fatal, con un catarro tremendo, no podía respirar, con afonía… El sistema respiratorio no había por dónde cogerlo”. A pesar de su reconocida pasión por el mar, Falcón sólo pudo estar 15 días salvándolo del chapapote. “Íbamos tres en un barco y me tuvieron que dejar en una playa para que viniera mi mujer a por mí porque no podía más”. La enfermedad no fue a más, no ha tenido ninguna recaída y reconoce no sentir ningún temor especial por su salud como consecuencia de aquél episodio, pero cree necesario que “continúen los estudios para saber cómo reaccionar en la próxima catástrofe. No hay que olvidar que en Galicia tenemos un ‘Prestige’ cada cinco años, por lo que el siguiente está al caer”.

Muchos de quienes enfermaron o tuvieron dolencias con mayor o menor gravedad durante la catástrofe sí fueron advertidos del riesgo que corría su salud si no se protegían debidamente; sin embargo, no todos escucharon las recomendaciones. El percebeiro de Camariñas (uno de los pueblos más sacudidos por el chapapote, cerca de Muxía) José Manuel Novigil Padín reconoce que ni él ni muchos de sus compañeros utilizaron guantes, ni mascarillas “porque eran muy incómodo para trabajar”. Padín admite que tuvieron la posibilidad de utilizar gafas, guantes, incluso mascarillas con filtro que les hubieran protegido de los dolores de cabeza, vómitos, picores de garganta y ojos irritados.

Los investigadores Blanca Laffon y Eduardo Pásaro, de la Unidad de Toxicología de la Universidad de A Coruña, han estudiado los efectos del chapapote (con sus sustancias mutagénicas y cancerígenas) sobre el material genético de voluntarios y trabajadores de Tragsa (la mayoría, pescadores y mariscadoras). No han podido examinar a los militares que participaron en las labores de limpieza, a pesar de que es uno de los grandes grupos de riesgo. El estudio separa dos tipos de daños cromosómicos: el inmediato (el organismo reacciona y no hay problemas para la salud) y el fijado, que es a largo plazo (las células han fijado el daño y es un indicador de riesgo de contraer cáncer). Esto no significa que vaya a desarrollar la enfermedad, pero sí un mayor riesgo. Según este estudio, los trabajadores de Tragsa que recogían el fuel de la playa y con las hidrolimpiadoras (máquinas con líquido a presión que limpiaban piedras) tienen mayor daño y riesgo de contraer cáncer a largo plazo. “Creemos muy importante hacer otro estudio ahora que han pasado cinco años para ver cómo evoluciona el daño. Pero necesitamos financiación e infraestructura por parte de la Consellería de Sanidad, que tiene poder de convocatoria para recoger las muestras”, afirma Blanca Laffon. “No es cuestión de levantar alarma social, sólo es necesaria un poco de voluntad política. Si hubiera habido controles rutinarios cada cierto tiempo, nadie se asustaría”, asegura Eduardo Pásaro, quien defiende la continuidad de estudios como el suyo con una frase que no deja indiferente: “En la rifa del cáncer que tenemos todos, a la gente expuesta al chapapote le han dado más papeletas para el sorteo”.

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Comentarios recientes

  • Pep 28/03/2017 13:22

    http://www.interviu.es/reportajes/articulos/enfermos-de-chapapote En el 6º párrafo de este artículo se cita: Díaz Cabanela advierte: “Habrá que esperar 15 años para ver si aparecen casos de leucemia en militares, personal de Tragsa, vecinos y quienes estuvieron en contacto directo y prolongado”. En mi opinión, después de 15 años ya va siendo hora de sacar conclusiones al respecto.

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