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Entrevista a Boris Berezovsky

Fecha: 12/03/2007 0:00 David LE BAILLY / Oliver O'MAHONY ico favoritos Añadir a favoritos

El antiguo ‘padrino’ del Kremlin en tiempos de Boris Yeltsin, hoy refugiado político en Londres, asegura que conoce las razones por las que el poder ruso envenenó con polonio al ex espía Alexander Litvinenko, muerto el 23 de noviembre de 2006 después de tres semanas de agonía.

Jacques LANGE

—Por qué fue asesinado Alexander Litvinenko?

—Alexander vino a verme mes y medio antes de morir. Me dijo que había caído en sus manos información muy sensible que implicaba a Vladimir Putin y Roman Abramovich [uno de los hombres más ricos de Rusia, propietario del Chelsea Football Club en Londres]. Según él, ambos habían ocultado y blanqueado dinero en España. Pienso que lo asesinaron porque sabía demasiado sobre este asunto y algunos más.

—¿Puede facilitarnos más datos sobre la pista española del crimen?

—Alexander sólo me dijo que Putin y Abramovich habían adquirido importantes bienes inmobiliarios en España, sin precisar dónde. Me indicó que se trataba de un asunto muy secreto y que sólo tres policías españoles –cuyos nombres no me reveló– estaban al corriente. Además, me confesó que tenía informaciones comprometedoras sobre alguien muy próximo a Vladimir Putin, que podría ser Victor Ivanov, jefe adjunto de la administración presidencial [y ex general del KGB]. Según él, Ivanov había protegido a grupos criminales en Rusia y blanqueado dinero en el extranjero.

—¿Le facilitó alguna prueba que respaldase esas acusaciones?

—Ninguna. Alexander no me dijo nada más. Pero todo lo que escribió en sus libros era cierto, como se demostraba más tarde.

—Alexander Litvinenko ha sido descrito en alguna ocasión como un personaje muy peculiar, un mitómano...

—Muchas veces se dejaba llevar por la pasión. Yo mismo no me tomaba siempre en serio todo lo que decía. Poco antes de que lo envenenaran se presentó en mi despacho con una lista de diez sospechosos del asesinato de la periodista Anna Politkovskaia. Estaba muy nervioso. “¡Boris, tienes que ver esto!”. Yo me limité a entregar el documento a Scotland Yard. Muchos tendían a subestimar a Alexander, pero se equivocaban.

—Pero ¿qué interés podría tener Putin en eliminar a Alexander Litvinenko, que, a fin de cuentas, sólo era un segundo espada?

—Por eso al principio no le creí. Pero la utilización de polonio, sustancia que sólo puede proceder de las centrales nucleares rusas, era la firma del asesino. Pensé que se trataba de un acto cometido por organizaciones criminales rusas con el fin de desestabilizar a Putin, de desacreditarlo a nivel internacional y de impedir que terminase su mandato.

—¿Por qué ha cambiado de opinión?

—Me informé y descubrí que el polonio era el veneno ideal por indetectable. Era una prueba de que, tras ese crimen, se encontraba el aparato del Estado ruso, el único capaz de suministrar esa sustancia. Y al frente de ese Estado está Putin, que es muy rencoroso. Alexander se había ido del servicio de espionaje dando un portazo y denunció sus prácticas. El objetivo era hacerle pagar su traición.

—Entonces, ¿los autores del crimen podrían ser una especie de asesinos a sueldo?

—Exactamente. Lo intentaron dos veces; hacia el 15 o el 16 de octubre, pero la dosis fue insuficiente. Después lo intentaron de nuevo con éxito el 1 de noviembre. Pero no habían previsto que el polonio dejaría huellas. Y, sobre todo, que Alexander, que ni fumaba ni bebía, tenía una salud de hierro y resistió durante tres semanas la acción del polonio. Si sólo hubiese aguantado una semana, a nadie le habría extrañado su muerte. De hecho, el polonio no se descubrió hasta tres horas antes de su fallecimiento.

—Según usted, ¿quiénes fueron los autores?

—Antes de morir, Alexander me dijo que pensaba que había sido Andrei Lugovoi.

—¿Lo conoce usted?

—Sí, y muy bien [fue su antiguo guardaespaldas]. Hace seis meses incluso se encargó de proteger a mi hija, que se empeñó en ir a San Petersburgo con mis nietos. Llamé a Lugovoi y le pedí que se ocupase de su seguridad durante su estancia en Rusia y así lo hizo. Lo que demuestra la confianza que tenía en él.

—¿Cree de verdad que es culpable?

—Lugovoi es un hombre rico y en principio no tendría interés alguno en mezclarse en este tipo de operaciones. Para mí sería terrible que estuviese implicado en este asesinato. Pero fue espía del KGB y puede que Litvinenko tuviese razón cuando decía: “En el KGB se puede entrar, pero nunca se puede salir”. Es posible que sufriera presiones; no puedo excluir ninguna hipótesis. Los investigadores de Scotland Yard encontraron rastros de polonio en todos los sitios por los que pasó Lugovoi. La víspera del envenenamiento de Alexander, Lugovoi y yo nos habíamos citado aquí, en esta habitación, y bebimos el mismo vino; poco después tuve que cambiar el sillón en el que se había sentado porque tenía un alto índice de radiactividad.

—¿Ha hablado usted con Lugovoi después de la muerte de Litvinenko?

—Lo hice hace dos semanas. Me llamó y me preguntó: “Boris, ¿crees de verdad que soy el autor del crimen de Alexander?”. Yo le contesté: “Si eres inocente, coge un avión y ven a Londres a darme tu propia versión de los hechos. Esto es un auténtico Estado de derecho. Si no tienes nada que reprocharte, nadie te meterá en la cárcel. Puedo pagarte los mejores abogados para garantizar tu defensa”. Me dijo que lo iba a pensar y tuve la impresión de que acababa de hablar con alguien que no era libre de decir o de hacer lo que quisiera.

—¿Piensa que algún día se conocerá la verdad sobre la muerte de Litvinenko?

—Sí, y en poco tiempo. En cualquier caso, haré todo lo que sea necesario para impedir que la puedan ocultar. Siempre existe el riesgo de que para mejorar las relaciones diplomáticas anglo-rusas, degradadas a causa de este asunto, el Gobierno británico presione para dar carpetazo a la investigación. Sin embargo, hasta ahora se han portado impecablemente.

—¿Ha reforzado su protección personal?

—He intentado que fuera más profesional, pero no quiero cambiar de hábitos ni rodearme de un ejército de guardaespaldas. Hago vida normal: salgo, bebo y como sin que nadie pruebe antes mis alimentos. Mis hijos invitan a sus amigos a casa, como todo el mundo.

—¿Teme sufrir la misma suerte que Litvinenko?

—Cuando me preocupo porque no sé cómo voy a morir, mi madre me dice siempre: “No te angusties, pase lo que pase no tardarás más de un segundo”. Hace siete meses el Parlamento ruso votó una ley que permite al Gobierno y al servicio de inteligencia matar sin ningún tipo de juicio a todos los “terroristas” establecidos en el extranjero. Pero ¿quiénes son los “terroristas”? Yo, Alexander o Anna Politkovskaia... Todos los que se oponen al régimen. Si mañana Putin quisiera matarme, no podría impedírselo. En Rusia fui objeto de varios intentos de asesinato. El primero fue en junio de 1994 y mi chófer murió. Podría acostarme y vivir tranquilo, pero he optado por demostrar mi oposición a Putin y vivir con el riesgo de sufrir las consecuencias de mi decisión.

—¿Tiene usted intención de regresar a Rusia algún día?

—¡Sí, espero no pasarme toda la vida aquí! Pero de momento me quedo en Gran Bretaña, aquí es donde me siento más seguro, ya que la justicia rusa quiere extraditarme.

—¿Qué recuerdo conserva de Litvinenko?

—Era un héroe. Cuando iba a visitarle al hospital, lo veía empeorar por instantes, envejecer un año cada día. Lo vi vivo por última vez la víspera de su muerte, pero ya estaba inconsciente. Cuando lo envenenaron, busqué otro piso para Marina, su viuda, porque no podía volver a su antigua casa, que seguía contaminada. Ella es una mujer extraordinaria, muy fuerte. Ahora también estoy pagando el colegio del hijo de ambos, Anatoli. De este modo intento perpetuar la memoria de Alexander.

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