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Las psicólogas creen a la víctima de San Fermín y apuntan que hasta dentro de un año no se sabrá si le quedarán secuelas de por vida. Esta semana, en interviú las fotos de los acusados por la agresión sexual.

Esto es La Manada

Fecha: 27/11/2017 Luis Rendueles / Vanesa Lozano ico favoritos Añadir a favoritos
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Están acusados de agredir sexualmente a una chica de 18 años la noche de San Fermín de 2016. Los cinco jóvenes –que se llaman a sí mismos La Manada– aseguran que fue sexo libre y consentido. Pero la policía, el fiscal, los médicos y las psicólogas avalan el testimonio de la víctima. Los 96 segundos de vídeos que ellos grabaron en el portal donde ocurrió todo muestran a la joven muda y con los ojos cerrados. Esta semana concluye el juicio en el que les piden 22 años de cárcel.   | Sigue leyendo.

Ella llevaba la batuta. Uno de los integrantes de La Manada (como se llaman a sí mismos cinco hombres sevillanos entre 25 y 27 años) le explicó así al juez cómo había sido el sexo que todos tuvieron durante veinte minutos con una joven madrileña en un portal de Pamplona la madrugada de Sanfermín de 2016. Pero muchos datos desmienten esa versión. Incluidos los vídeos (seis grabaciones de un total de 96 segundos) que hizo en su teléfono uno de ellos, Antonio Guerrero, guardia civil de profesión.

En esas grabaciones la joven no abre los ojos ni una milésima de segundo. Tampoco habla. Los informes de los peritos que las han analizado explican que la joven está “en una posición central y en un plano inferior”, siempre inclinada o de rodillas, nunca a la misma altura que los cinco acusados de violación. También, que tiene un rol pasivo y una total falta de iniciativa. En el sumario, los policías escriben que ella está “rodeada por miembros viriles en estado de erección”.

Estado de shock

La joven ya había denunciado a la policía y al juez que, al llegar al portal, los hombres de La Manada la rodearon, la tiraron al suelo y que ella entonces entró en estado de shock: decidió cerrar los ojos, deseando que todo terminara cuanto antes. Recordaba, eso sí, que varios de ellos tenían tatuajes con letras escritas en sus cuerpos.

Los vídeos respaldan su versión. Solo se oye hablar a los cinco acusados, diciendo frases como: “no chille, no chille”, “todos, todos”, y “a ver, quillo, vamos a organizarnos, me la ha chupado dos veces”. Uno de ellos lanza un beso a la cámara del teléfono móvil.

El informe de la policía escribe que la joven, rodeada por los cinco hombres en un pasillo sin salida de menos de cinco metros de largo y dos de ancho, parece “dirigida y controlada” por La Manada. Se ve también como la agarran y tiran del pelo tres veces y también que la cogen de la nuca y del cuello. Los hombres salen luego del portal (los graba una cámara de seguridad de una entidad bancaria) hacia las 3.27 de aquella madrugada. Dos minutos después, sale la chica. Camina sola y se sienta en un banco de la avenida Roncesvalles, según el sumario. Dos jóvenes que pasan por allí la oyen llorando y gritando, acurrucada, en “posición fetal”.

Antes de dejarla en el portal, La Manada le había abierto la riñonera y robado su teléfono móvil y las tarjetas de memoria. Uno de sus miembros, guardia civil de profesión, ha admitido que lo hizo él. En el portal, la policía encontraría luego la tarjeta SIM y la de memoria del móvil de la chica. El teléfono lo recogió horas después una ciudadana búlgara, cerca de la zona donde los hombres de La Manada fueron a correr el encierro de sanfermines.

 Detenidos y mudos

La Policía Foral de Navarra identifica a los cinco hombres aquella misma mañana. Mientras están en el callejón, uno de ellos, el guardia civil, le anuncia a un policía: “¿qué estamos, esperando a que nos detengan, no?” Otro, José Ángel Prenda, añade: “ya sabemos todos por qué estamos aquí. Hemos estado con una chica, en ningún momento se la ha forzado a nada. Y no digo más, que la voy a liar”.

En efecto, los cinco hombres fueron detenidos y permanecieron mudos. A pesar de la gravedad de los delitos de los que estaban acusados, no quisieron declarar ni ante la policía navarra ni ante el juez, que los envió a prisión.

El juez ya tenía la denuncia de la chica, además del informe médico de Urgencias en el que los forenses le apreciaron un eritema (inflamación con tono rojo) en sus genitales externos compatible con su relato. También, el testimonio de la primera mujer policía que la atendió y que aseguró que estaba en shock. En octubre de 2016, el juzgado recibió el informe de dos psicólogas: las doctoras García Astiz y Muñiz, que se entrevistaron con la víctima. Ambas dictaminaron que la joven sufría “una importante afectación emocional”, que sufre “un trastorno de estrés postraumático” y que padece “una ruptura en el discurrir de su vida por el trauma sufrido”. Recomiendan que reciba tratamiento psicológico y apuntan que hasta que no pasen dos años desde la agresión no se sabrá si le quedarán secuelas de por vida.

Tres meses después de lo ocurrido, ella lo recordaba así: “no podía creer lo que había pasado. Me sentí muy sucia, recuerdo mucho el olor de sus colonias”. La joven explicó a las psicólogas que tenía sentimientos de culpa, que sentía que se había defraudado a sí misma, a sus padres y a sus amigos. Que tenía dificultades para dormir y para comer. Dejó los estudios durante un año (había acabado el primer curso de una carrera de ciencias cuando ocurrió todo).   | Sigue leyendo.

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