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Franco, esa herencia

Fecha: 21/11/2005 0:00 Mariano Sánchez Soler ico favoritos Añadir a favoritos

¿Cuál es la fortuna de los Franco a los 30 años de la muerte del dictador? ¿Y sus propiedades emblemáticas, los palacios y las fincas que fueron sus ‘santuarios’? Cuando Franco murió, lo único que dejó realmente “atado y bien atado” fue el patrimonio y la herencia de sus descendientes directos.

21/11/05 Aunque mantenido en secreto durante varios años, el testamento de Franco jamás albergó ningún misterio: el general legó a cada uno de sus siete nietos dos millones de pesetas en metálico, procedentes de sus sueldos de militar; además, dejó a su mujer, Carmen Polo, el único patrimonio inmobiliario consignado a su nombre: el Pazo de Meirás y la finca del Canto del Pico, ya que la casa familiar de la calle Hermanos Bécquer, el palacete de Cornide, la finca de Valdefuentes y un gran número de propiedades inmobiliarias ya estaban en manos de la hija, Carmen Franco Polo, a través de sociedades instrumentales (Ursaria, S.A.; Valdefuentes, S.A, y Comercial Flores, S.A., entre otras) presididas y creadas durante el franquismo por los secretarios y abogados de la familia que ejercieron como testaferros, José María Sanchiz Sancho y Luis Gómez Sanz, principalmente. Los demás terrenos, fincas, joyas y obras de arte ya estaban en poder de la señora y de su hija antes del fallecimiento del dictador.

En 1975, la familia del general Franco participaba en sociedades que manejaban miles de millones de pesetas, y a su alrededor se había tejido una red con más de 150 compañías de cuyos consejos de administración eran miembros. Y el valor de sus fincas rústicas, palacetes y edificios superaba con creces los mil millones de pesetas, de acuerdo con las estimaciones catastrales realizadas según los valores escriturados entonces, no al precio del mercado. Por lo tanto, a la baja. Además, jamás se pudo definir el precio de propiedades en Filipinas y Miami, ya que apenas existen pruebas documentales más allá de las puramente periodísticas.

El día que murió Franco sus descendientes poseían las siguientes propiedades inmobiliarias: el Pazo o Torres de Meirás, en A Coruña, cien mil metros cuadrados; el Canto del Pico, en Torrelodones, con la casa del guarda y 820.000 metros cuadrados; el palacete de Cornide, en A Coruña, tres plantas con 879 metros cuadrados en total; el edificio de la calle Hermanos Bécquer, número 8, de Madrid; tres pisos en pleno corazón del barrio de Salamanca; la finca de Valdefuentes, en Arroyomolinos (Madrid), con 9.845.088 metros cuadrados, un edificio y construcciones agropecuarias, con un capital escriturado de tres millones de pesetas como sociedad anónima, que podría llegar a valer entonces más de setecientos millones de pesetas y en la actualidad convierte a los Franco en multimillonarios; la casa natal de Franco, en la calle Frutos Saavedra, 135, de Ferrol.

A estas propiedades se suman otras adquiridas durante la dictadura. Entre ellas, el palacio de caza de Franco, en Castillo de las Navas (Córdoba), una fortaleza del siglo VIII vendida por Carmen Franco después de la muerte de su padre por 90 millones de pesetas; las fincas y chalés en Pareja (Guadalajara), en la urbanización La Florida (Madrid), en Torremolinos, vendido por el marqués de Villaverde, yerno del dictador, en 1981 por 200 millones de pesetas; en Cerca de Los Monteros (Marbella); en Chillarón del Rey y Entrepeñas (Guadalajara), en Miami (Estados Unidos), en la Urbanización Puerta de Hierro (Madrid), regalado a su nieta Carmen Martínez-Bordiú cuando se casó con el duque de Cádiz; en Oleiro (A Coruña); y tres pisos de lujo y dos plazas de garaje en la antigua avenida del Generalísimo de Madrid, valorados hoy en 4,5 millones de euros.

Multimillonarios a partir de un sueldo

El poder del dictador fue un gran negocio para su familia. Al finalizar la guerra civil, todo el patrimonio de los Franco se reducía a su sueldo de capitán general del Ejército, cifrado en 30.000 pesetas anuales, aunque el diario madrileño Informaciones, en mayo de 1939, publicó que el Generalísimo confesaba cobrar 1.500 pesetas mensuales, muy por debajo del sueldo oficial. Al tomar la Jefatura del Estado se le asignó un total de 700.000 pesetas al año, mientras en España la renta per cápita anual rondaba las 5.765 pesetas por habitante.

El Pazo de Meirás y el Canto del Pico fueron regalados a Franco en una singular cuestación popular dirigida por el banquero Pedro Barrié de la Maza y por el conde de las Almenas, respectivamente. La finca de Valdefuentes fue un pelotazo organizado por el administrador de Franco y tío del marqués de Villaverde, José María Sanchiz, en 1956. Aquí se cimentó la fortuna de los Franco, uno de los secretos mejor guardados de la transición política española, tan generosa con ellos que jamás sometió a la familia del dictador a una inspección de Hacienda ni investigó sus posibles cuentas en la banca suiza de Lausana.

Cuarenta años detentando el poder total dan para mucho. Y es legendaria la incontrolable afición de Carmen Polo por los regalos. La mecánica de los presentes ofrecidos al Caudillo se repetía en El Pardo cada martes, semana tras semana. Entre las audiencias del jefe del Estado siempre había una corporación, una fundación, un club de fútbol o una comunidad de regantes ofrendando alguna muestra artística de valor. Oro, plata, lienzos, tapices, insignias y medallas labradas... La Casa Civil regulaba minuciosamente los obsequios mediante unos módulos en los que precisaba las dimensiones y el peso que debía tener cada regalo. Basta calcular cuántos martes tiene un año, multiplicar por 40 y hacer una encuesta entre los más prestigiosos joyeros. Si estimamos en dos millones de pesetas el valor aproximado de cada uno de los obsequios entregados en las audiencias semanales, se obtiene la impresionante cifra de 4.000 millones de pesetas en regalos durante las 2.000 audiencias de las cuatro décadas.

Si en noviembre de 1975 la fortuna de los Franco podía cifrarse en mil millones, a partir de las propiedades inmobiliarias e ingresos económicos constatados, esta cifra se multiplica por diez después de 30 años, durante los que los descendientes del dictador han conseguido mantener la discreción de sus negocios.

El Marqués ordeña la vaca

En 1989, el marqués de Villaverde explicó la estrategia familiar ante los micrófonos de Luis del Olmo: “Todo se compra y todo se vende. Depende de si nosotros podemos seguir manteniéndolo o no. Porque claro, el Canto del Pico, el Pazo de Meirás y la casa de Hermanos Bécquer son patrimonios muy caros, que no rinden y que cuestan de mantener. Y llega un momento determinado en que una vaca se queda sin leche, porque se acaba, y hay que comerse la vaca porque si no la vaca acaba con nosotros”.

La primera propiedad en ser vendida fue el Canto del Pico, en Torrelodones. Carmen Franco encargó personalmente su venta a la agencia inmobiliaria Proginsa, pero el 23 de enero de 1985 la finca quedó definitivamente declarada como terreno no edificable merced a la Ley de la Cuenca Alta del Manzanares. Tres años más tarde, el 27 de abril de 1988, la casa y 8.000 metros cuadrados de finca fueron vendidos por 320 millones de pesetas al hostelero José Antonio Oyamburu Goicoechea, que había hecho fortuna en el Reino Unido, donde posee tres hoteles, y que se mostraba dispuesto a convertir el viejo santuario de Franco en un restaurante y hotel de lujo con 50 habitaciones. En el pacto de venta, los Franco se comprometían a devolver al Canto del Pico la decoración que tuvo en vida del general. En enero de 2004, la Dirección General del Patrimonio Histórico revocó la declaración del palacio como monumento histórico y abrió la puerta para que el palacete se convierta en un hotel restaurante. Aquella fue la primera mansión privada del general Franco y también el primer gran negocio de sus herederos.

El 28 de marzo de 1938, una comisión de notables capitaneada por el banquero Pedro Barrié de la Maza regaló a Franco el Pazo de Meirás, adquirido por 450.000 pesetas, un precio barato en 1938 para una propiedad semejante, los prohombres se valieron de una exótica cuestación popular mediante una suscripción obligatoria impuesta a los funcionarios públicos, quienes vieron cómo, durante un año, era descontado de sus nóminas mensuales un día de haber para adquirir el pazo.

Cristóbal Martínez-Bordiú se lanzó a la venta del pazo después del incendio que, el 19 de febrero de 1978, destruyó la techumbre y parte del castillo. Tras un segundo incendio, la familia Franco recibió la primera oferta de compra. En marzo de 1982, Joaquín López Menéndez, alcalde de A Coruña por la UCD, ofreció 180 millones de pesetas por la “recompra” de una propiedad que el propio ayuntamiento había regalado 44 años antes. A López Menéndez le pareció que el Pazo de Meirás era un lugar adecuado para instalar la sede de la Xunta de Galicia. Cuando la capital de Galicia fue ubicada en Santiago, la venta de Meirás quedó relegada en espera de un mejor postor. Muchos parecían interesados. Se habló incluso del cantante Julio Iglesias. En diciembre de 1987, Cristóbal Martínez-Bordiú puso en manos de su amigo Ramón Rodríguez Ares, alcalde popular de Sada, las gestiones pertinentes para vender el pazo. En 1988, antes de la muerte de Carmen Polo, los Franco desestimaron una oferta por 500 millones de pesetas de la Diputación Provincial de A Coruña.

Actualmente, según la última tasación, el Pazo de Meirás podría alcanzar un valor de venta superior a los mil millones de pesetas si el terreno que rodea las torres sirviera para construir una zona residencial de chalés, ya que son edificables 80.000 metros cuadrados de antiguo suelo rústico. Un gran negocio en ciernes que ya tuvo su primera expresión el 20 de junio de 1991, cuando Carmen Franco vendió 13.045,5 metros cuadrados de esos terrenos a las mercantiles Maquinsae, S.L., y Fincas Cedeira Galicia, S.A. Hoy, el histórico edificio del Pazo de Meirás está incluido en las guías de turismo rural de A Coruña como reclamo.

Valdefuentes, el gran `pelotazo´

En Arroyomolinos (Madrid) está la finca de Valdefuentes, con casi diez millones de metros cuadrados, donde Franco se dedicó a la explotación ganadera y agrícola. No todo era la caza y la pesca. También era el primer ganadero de España. Entusiasmado, el general ordenó alzar establos, construidos por José Banús, en los que albergó a más de doscientas vacas y miles de gallinas. Franco estaba “encantado con la finca, a la que saca pingües beneficios”, según relató su primo y secretario, Francisco Franco Salgado-Araujo.

Explotación de Valdefuentes, S.A, fue comprada por José María Sanchiz Sancho; contó desde el principio con una junta de accionistas por él presidida, como titular de 180 acciones. A sus órdenes, y como consejero secretario, figuraba Luis Gómez Sanz, poseedor de 20 acciones y letrado habitual de la familia. La nueva empresa, la primera como tal de Francisco Franco Bahamonde, se constituyó con un capital social de tres millones de pesetas. Franco Salgado-Araujo anotó en su diario del 19 de agosto de 1955: “A mí no me agrada que S.E. esté al frente de una S.A. por razón de su cargo. Creo que hubiese sido mejor que comprase él todas las acciones y la finca la inscribiese a su nombre, pues sería lo serio, y mucho más cuando todo el mundo sabe que la finca es de S.E. y que por allí está Sanchiz como colaborador o encargado”.

La junta familiar del 30 de marzo de 1981 eligió a Cristóbal Martínez-Bordiú como consejero-delegado plenipotenciario. Valdefuentes, S.A., se había acogido por primera vez al Régimen de Transparencia Fiscal (ley 44, del 8 de septiembre de 1978) y desde aquel momento las acciones de la empresa serían extendidas con los requisitos legales. Los 600 títulos de Valdefuentes pertenecían por completo a Carmen Franco y a su marido, Cristóbal, casados en régimen de bienes gananciales. Cuatro años después, el marqués de Villaverde segregó algunas parcelas de la finca a cambio de que no le expropiaran un camino. La sede de la empresa fue trasladada desde el domicilio familiar de Hermanos Bécquer, 8, donde estaban domiciliadas todas las empresas familiares (Credisol, Montecopel, Comercial Flores, Ursaria...), hasta la finca de Valdefuentes, y el marqués se lanzó a las primeras operaciones de venta. En 1988, una oferta del Ayuntamiento de Arroyomolinos planteó permutar gran parte del terreno de la finca por otros situados cerca del casco urbano que, al estar calificados como zona industrial, eran edificables. Así los Franco podrían explotar los terrenos y facilitar el desarrollo de la zona. El empresario interesado en el negocio era Jesús Gil y Gil, presidente del Atlético de Madrid.

Aunque este proyecto no culminó, el plan de urbanización seguiría un lento camino. La superficie de Valdefuentes, al ser su calificación rural, posee un valor que ronda los seis millones de euros. Como zona edificable, valdría más de sesenta millones. Los Franco tuvieron paciencia, porque siempre han sabido que la expansión de Arroyomolinos y Móstoles pasa por terrenos de Valdefuentes. Todo ha sido cuestión de tiempo. En octubre de 2003, después de varios intentos desde 1996, los herederos de Franco consiguieron que esta finca se convierta en su gran proyecto inmobiliario, para el cual convirtieron la empresa de la finca en Promociones del Suroeste, S.A. De sus diez millones de metros cuadrados, 3,3 millones fueron recalificados por el Ayuntamiento de Arroyomolinos para construir en ellos más de cinco mil viviendas, un centro comercial y un polígono industrial, junto al centro deportivo-comercial Xanadú, de Móstoles. Durante las últimas tres décadas, mientras los miembros de la familia Franco engalanaban fiestas y ofrecían su imagen sonriente en las revistas del corazón, Carmen Franco y Cristóbal Martínez-Bordiú han sabido convertir en dinero aquellas propiedades y reliquias que no resultaban rentables. En la actualidad, la hija del dictador dispone de decenas de millones de euros, gracias a los negocios de compraventa y arrendamiento de inmuebles. Una actividad reemprendida con brío desde 1991, mediante empresas fundadas para la ocasión, como Proazca y Abanco. A partir de 2002, Carmen Franco Polo es la administradora única de Fiolasa, S.L., una compañía inmobiliaria con un capital desembolsado de diez millones de euros (1.600 millones de las antiguas pesetas) y con domicilio social en la casa familiar de Hermanos Bécquer. Mientras dejaban de ser esa familia hidalga que el franquismo nos ofreció como ejemplo a seguir, los negocios de la familia bajo la democracia han ido viento en popa. Y hoy, mejor que nunca.

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