Parecen típicos bares de tapas españoles, pero los regentan magrebíes que se dedican a la venta de hachís. Son muchos los menores que acuden y compran la droga con la facilidad con la que se adquiere un refresco. Las localidades de Alcorcón y Leganés, al sur de Madrid, se han convertido enel Ámsterdam de España.
Grupo ZARDOFF y Fernando CÁRDENAS
Noticias relacionadas
“Yo te puedo decir todos lo bares de Leganés donde se puede pillar. Y si después os pasáis por aquí y nos dais unos porros, mejor”. María parece orgullosa de saberse al dedillo el circuito del hachís de su ciudad, Alcorcón, aunque todavía le queda bastante para cumplir los 18 años. Y nos lo dice así de claro, pese a que para ella somos unos desconocidos que acaban de preguntarle. María está de botellón con sus amigas, y demuestra estar al tanto del secreto de la ruta del costo. No es tan raro. Al fin y al cabo, en el inmenso cinturón sur de Madrid son numerosísimos los jóvenes que aprovechan la salida del instituto para acudir a sus bares preferidos a pillar.
Leganés: 187.076 habitantes; gobierno municipal de coalición entre el PSOE e IU. Alcorcón: 162.524 empadronados en un ayuntamiento gobernado por el PSOE. Sólo 12 kilómetros separan a ambas poblaciones de la Puerta del Sol. Las llaman ciudades dormitorio porque en los días laborables cada amanecer y cada anochecer las vías que comunican Leganés y Alcorcón con Madrid se atascan con decenas de millares de trabajadores que acuden o vuelven de la capital. Los consistorios de la democracia han ido borrando poco a poco la grisalla de los 70 en los barrios obreros y de aluvión de ambas poblaciones. Las dos albergan un 30 por ciento de población joven, y las dos han ido adquiriendo parques, hospitales, Metrosur… Pero no son estas dotaciones las que más atraen a parte de la juventud: los consumidores madrileños de cannabis consideran a la conurbación que forman Leganés y Alcorcón como el Ámsterdam español. Redes de narcos norteafricanos controlan decenas de bares del sur de Madrid que funcionan como tapadera para la venta de hachís. En algunos de ellos, situados comúnmente en el centro urbano, también se puede comprar cocaína con la facilidad con la que se adquiere un refresco.
“Todo bar que veáis oscuro y con árabes… entrad, que seguro que os pasan hachís”, afirma una de las amigas de María, e inmediatamente comienza a recomendar sus bares favoritos. En estos locales –algunos con nombres tan españoles como Don Rodrigo, El Pasillo o Rincón de Andalucía, y otros bautizados sugerentemente con nombres como Ámsterdam– el protocolo para adquirir la droga es sencillo: al entrar el cliente pide una bebida y solicita el hachís que desea. En minutos –proporcionada desde la misma barra o sacada de algún rincón por un camello del local– el consumidor tendrá la droga. En casi ninguno de los bares visitados para este reportaje había máquina tragaperras; en muchos el grifo de la cerveza no funcionaba. Probablemente no necesitan vender cañas: con una cadencia media de cuarto de hora entran nuevos clientes buscando hachís. La dosis mínima cuesta 10 euros. La facturación de estos bares supera los 31.000 mensuales sólo con la venta ilegal.
Los camellos de estos locales utilizan métodos de vigilancia para proteger su negocio de posibles altercados o de visitas inesperadas. Para ello llegan a usar walkie-talkies o un código de silbidos codificados para avisar de la proximidad de la policía. Aunque a veces ese no parece ser el principal problema: en este trayecto por la ruta madrileña del costo hemos encontrado quienes aseguraban conocer los horarios de redada de la policía. “Puedes fumar aquí porros sin problema. Si viene la ‘madera’ [policía] no te preocupes, que me ocupo yo del tema”, aseguraba arrogante en Alcorcón uno de los camellos del bar La Cava.
Alcorcón: el bazar de la droga
“¿Bares que vendan porros aquí? Joder, ¡si esto parece Ámsterdam!”. Así nos recibe un joven vecino de Alcorcón. Cuando habla se jacta de poder recomendar seis bares donde se puede pillar. La calle Guindales es quizá la zona de España con más densidad de bares expendedores de hachís. El bar Don Rodrigo está en ella y es nuestro primer destino. En la puerta hay un par de personas que custodian, pero, pese a la clandestinidad de su negocio, nadie da muestras de nerviosismo. El intercambio se produce sin problemas, y nos ofrecen unos típicos dulces marroquíes y la posibilidad de fumar lo que hemos comprado en la planta superior del bar. Al parecer, les gusta tener a sus clientes contentos…
De pronto, un silbido alerta a los traficantes de la proximidad de la Policía Local. Falsa alarma. Los agentes no han venido buscando narcos: sólo multan a un coche mal aparcado. A sólo unos metros se está vendiendo hachís en grandes cantidades, pero para los agentes ese detalle pasa inadvertido.
Javier Sánchez del Moral, portavoz del Ayuntamiento de Alcorcón ante la prensa, explica que “la policía local no persigue estos delitos porque es competencia de la Policía Nacional”, y relata que “a partir del año que viene” se creará un grupo especial mixto de ambas policías para perseguir el narcotráfico en la ciudad. No obstante no quiere abundar en el tema cuando se le pregunta a qué se debe la creación de ese grupo especial, si es que han detectado que el mercadeo de droga se ha intensificado en el municipio. No hay más datos. Ninguna de las policías locales consultadas para este reportaje han querido informar sobre su número de agentes dedicados a la persecución de este tipo de delitos, o de si practican políticas preventivas, o, simplemente, cuántos decomisos hicieron el año pasado.
El asunto preocupa a la Asociación de Padres y Madres Contra la Droga de Alcorcón, que fue creada en 1992 y goza de subvención municipal. Isabel Montoya, su portavoz, asegura que “Alcorcón tiene problemas de drogas desde hace mucho. Ya no se vende heroína, sino cocaína y hachís. Y se hace en la plaza y en los bares. Las asociaciones de padres de alumnos, las APAS, han denunciado que se está vendiendo droga a la salida de los colegios, pero el alcalde nos ha dicho que está controlado, que han puesto a policías camufiados en coches a las puertas de los centros”.
Siguiente destino: el bar El rincón de Andalucía. En esta ocasión no es el camarero quien ofrece la mercancía sino un magrebí enclenque, claramente menor de edad, que se está fumando un porro. Compramos otra ficha de 10 euros (la medida estándar en el mercado, que equivale a unos tres gramos de hachís) y especulamos con el camello sobre la posibilidad de comprarle cantidades mayores. La respuesta: “No hay problema, tan sólo tenéis que avisarme con unos días de antelación y el precio os saldría a tres euros el gramo”. Una estafa, ya que, según la norma que rige este mercado en Madrid, cuando la cantidad adquirida de hachís supera los 100 gramos, el precio cae. En esos niveles, la proporción anda entre los 1.000 y los 1.200 euros el kilo.
En la misma zona cuenta también con su parroquia el bar El Pasillo. Lo lleva una española bonachona y amable que nos en- seña una denuncia policial tramitada hace sólo un día. Se le acusa de vender “sustancias spirotrópicas” (sic). También comenta que hay policías jóvenes que antes se pasaban por su bar para comprar hachís y “ahora me clavan la multa”.
Un antiguo camello con el que contactamos en la calle habla del hachís en Alcorcón. Es un punki a la antigua usanza: imperdible en el rostro, ropa rota, cresta mal hecha. Desprende un fuerte hedor y habla con gruesas palabras: “Hace unos diez años –nos confiesa–, el negocio del costo era mucho menor, pero en los últimos años se ha disparado, sobre todo con la entrada en el negocio de los moros, que además son unos hijos de puta”.
El punki racista nos conduce hasta el bar Velas, y en la puerta continúa su relato haciendo uso de sus grandes conocimientos de economía: “Un día los camellos se dieron cuenta de que el negocio no era vender dos kilos, sino partirlos y vendérselos a todos los fumadores a 10 euros la china”.
“¿P’a pillar? ¡De moros! Sí, claro, id para allá; ahí pasan hachís”, asegura en la calle un niño de no más de 12 años que nos recomienda ir al pub Jamaica, “al lado de la pizzería”. Cuando no está abierto, un llamativo grafitti anima el cierre metálico del local. El jovencísimo porrero no desvela nada nuevo. En ese local ya habíamos comprado hace unas semanas medio gramo de cocaína con extrema facilidad. Casi enfrente, a unos pocos metros, está la valla metálica del Colegio Amor de Dios. Tras comprar hachís en el Jamaica comemos en la pizzería vecina. No hay nadie en el restaurante excepto nosotros y un joven cliente que nos observa de reojo. Después de comer, vamos al pub Ámsterdam. No salimos del centro de Alcorcón. En la puerta un magrebí observa la calle. Lleva un walkie-talkie metido en un osito de peluche. Dentro, varios jóvenes beben cerveza y esperan a que les pasen una dosis de hachís. El ambiente del local es cómodo y oscuro, con una decoración parecida a la de una tetería.
Pedimos diez euros de hachís. Aquí la venta es más sofisticada: nos los pesan en una báscula. De pronto, un magrebí se encara con el camello de la barra. Se enzarzan en una discusión agria e ininteligible. El ambiente se pone tenso. La puerta suena. Acaba de entrar el joven comensal de la pizzería con su novia, una chica que aparenta 16 años. El chico saluda con complicidad a uno de los norteafricanos de la pelea, le compra una placa de cannabis y, tras observarnos dubitativo, se acerca a la barra y habla con los traficantes en voz baja. Mejor marcharse del local.
Leganés: cannabis en la barra
Son las ocho de la tarde de un viernes y los alrededores de la plaza de toros de Leganés, a la que en el mundo taurino bautizaron La Cubierta, están abarrotados de estudiantes de instituto con ganas de fiesta.
Unas horas antes hemos estado en el bar El Dorado, un pub, que, según nos asegura uno de sus clientes, “lleva 15 años vendiendo hachís”. Pero la veteranía no tiene por qué implicar tranquilidad: el camello magrebí del local hoy está nervioso. Lleva unos DVD en la mano para aparentar que, en vez de vender hachís, vende películas pirata. O hace ambas cosas. Su nerviosismo se debe a que la policía ha realizado más controles en los últimos días. “Es porque se acercan las elecciones”, le dice un camello a otro en el bar La Cava, no lejos de El Dorado.
En los alrededores de la plaza de toros nos acercamos a tres chicas de no más de 16 años y les preguntamos si conocen algún bar de venta de porros. Ellas sonríen y nos recomiendan entusiasmadas sus locales favoritos de venta de hachís. El cannabis corre entra las manos de los más jóvenes de esta ciudad, sin que hasta el momento las fuerzas de seguridad hayan conseguido cortar el tráfico. En Leganés, el concejal de seguridad ciudadana del Ayuntamiento ha preferido no responder a las preguntas de interviú. La Policía Local, por su parte, remite a los periodistas a su concejal jefe. Tampoco suministran datos acerca de sus actuaciones contra el trapicheo de hachís, ni admiten conocer o desconocer que los menores acceden fácilmente a este mercado.
No lejos de Leganés, Getafe y Móstoles –374.827 habitantes en total en estas dos últimas ciudades, convertidas en gigantescos reservorios de mano de obra para la capital e igualmente pobladas por gente joven– viven el mismo fenómeno, pero su mercado es más cerrado: lo frecuentan los consumidores locales, pero no acoge con facilidad a los compradores extraños que bajan desde Madrid.
De camino hacia los bares leganenses de la ruta del costo, las farolas comienzan a escasear y las avenidas se convierten en callejones, pero seguimos en el centro de la ciudad. Entramos en el bar Copito y observamos a un grupo de menores que juegan al futbolín. Nos sentamos en la barra y preguntamos por hachís al magrebí del mostrador. El camarero va al baño y vuelve con una ficha de costo. Nos la da desde detrás de la barra, como si sirviera una tapa.
Tocamos el hachís y lo quemamos ligeramente para observar si burbujea. Señal de que es de buena calidad. Los chavales que juegan al futbolín han parado un momento su partido para hacer lo mismo con otra ficha de costo.
Mientras, los traficantes se ríen a carcajadas del programa de la tele. Uno se señala el eslogan “de puta madre” que luce en su camiseta con letras doradas.
La puerta del bar se abre y entra un chaval sonriendo. No hace mucho que habrá cumplido los quince años. Tiene el semblante pálido, ojeras y un aspecto avispado. Los narcos le saludan y le acompañan a la barra. Allí, mientras le venden su dosis de hachís, depositan un fardo con cientos de euros en uno de los taburetes. Salimos del local, arrancamos el coche. Leganés se va quedando atrás mientras conducimos por la atascada M-40.
Bares con centinela
Los camellos magrebíes están bien organizados. Los bares están custodiados por individuos que vigilan la entrada. En ocasiones pueden llegar a ser cuatro los centinelas. A veces portan medios tan sofisticados como walkie-talkies. Cuando aparece la policía ellos son los encargados de comunicar con el que lleva mayor cantidad de droga y le alertan de una posible redada.
En otros bares el método es más rudimentario. Un silbido basta para avisar de una posible amenaza a su negocio clandestino. Sin embargo, algunos de los camellos aseguran saber siempre el momento en el que la policía realiza las redadas y aseguran que no se sienten amenazados. Para ellos es como si la venta de hachís estuviera legalizada en España país que, por cierto, castiga menos duramente la posesión de esta droga que Marruecos o Argelia. De hecho, en algunos de estos bares en los que se expende hachís se vive un ambiente tan relajado como el que se pueda sentir en una cofee-shop de Ámsterdam, los famosos locales holandeses en los que la venta del cannabis está consentida por la aplicación tácita de la “mínima prioridad judicial” si lo que se compra no supera los cinco gramos.
Un estudio publicado en enero pasado en la Revista Médica de la Universidad de Navarra afirma que “en los últimos años existe una creciente evidencia epidemiológica de la existencia de efectos adversos (del consumo de hachís) sobre la salud psíquica a medio y largo plazo, además de los derivados de la dependencia y abstinencia”. Entre esos efectos señala la pérdida de memoria a corto plazo, depresión y trastorno de ansiedad.
El reino de la impunidad
Felipe Brihuela, portavoz del Sindicato Unifi cado de Policía (SUP) denuncia que “no hay la suficiente coordinación policial para acabar con estos bares, y por eso lo que se decomisa son pequeñas cantidades, y cuando las Fuerzas de Seguridad son alertados por los vecinos”. Los denunciantes son habitantes del gran sur de Madrid, condenados a indignarse con la situación mientras los colegios de sus hijos se alzan a pocos metros de estos bares.
Consultada por interviú, la jefatura para Madrid Sur del Cuerpo Nacional de Policía asegura que no tiene constancia de la existencia de estos bares.
Los educadores de la zona son conscientes del problema, y conocen el ir y venir de posibles camellos por sus barrios. El Colegio Nuestra Señora de los Remedios, de Alcorcón, colegio concertado que imparte desde preescolar hasta la ESO, tiene casi enfrente al bar Don Rodrigo, y al bar Ámsterdam a la vuelta de la esquina. En ambos se expende hachís. José Vicente de Miguel, director del centro, asegura que los profesores ejercen un férreo control dentro del centro: “Dentro, desde luego, no se consume”. Desde ese colegio han llamado alguna vez a la Policía cuando han visto algo raro en los alrededores.
Lo +
Lo más leído
- María José Galera: “¿Por qué me crucificaron?”
-
Mafiosos y futbolistas
Lauro Sánchez Serrano, empresario del mundo de la noche ahora...
-
Paula Rego: “No fue casual que saliese desnuda en el primer capítulo de la serie ‘Toledo’”
Es valenciana y no tenía claro ser actriz, pero su interpreta...
-
¡Alaska for ever, y ahora también en DVD!
Una espectacular Alaska explica por qué ha elegido portadas h...






Comentarios recientes
No hay comentarios