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Hotel Corona de Aragón: fue un atentado

Fecha: 15/06/2009 2:00 ico favoritos Añadir a favoritos

Han pasado 30 años desde que un incendio devastó el hotel Corona de Aragón y mató a 78 personas. Ahora, el Estado está condecorando como víctimas del terrorismo a los afectados por esa tragedia, causada, según la Justicia, por al menos tres personas bien adiestradas.

Aurora, Gracia y Pilar han estado condenadas al ostracismo durante tres décadas. Ahora, al fin, además de viudas, son víctimas del terrorismo. Representan a un centenar largo de familias, marcadas por una catástrofe que durante 30 años fue considerada oficialmente un incendio fortuito, iniciado en la cafetería del hotel Corona de Aragón, de Zaragoza. Allí murieron 78 personas y otras 113 resultaron heridas. Ahora, aquel incendio, producido el 12 de julio de 1979, ha dejado de ser accidental y la Justicia y el Gobierno lo consideran como un acto terrorista, aunque sin autores conocidos.

El pasado 21 de febrero, el Tribunal Supremo daba por válido en una sentencia un informe pericial que afirmaba que el incendio estuvo causado por “al menos tres personas, organizadas y adiestradas”. Daba la razón así a Juan Ramón Vigón, hijo del general Vigón, y ordenaba al Gobierno que le concediera la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo a su madre, muerta en aquel incendio. “Fue una las batallas más importantes que he ganado en mi vida profesional”, comenta a interviú Pedro Cerracín, abogado de Vigón, letrado vinculado a las víctimas del terrorismo desde hace mucho tiempo. “Después de 30 años, se reconoce la verdad”, añade Cerracín.

Tras la sentencia del Supremo, las familias de 31 de los fallecidos y dos de los heridos en el incendio solicitaron al Gobierno la condecoración que les acredita como víctimas. El Ministerio de la Presidencia ya ha concedido 30 grandes cruces y una encomienda, reservada a los heridos.

Una las heridas fue Aurora Merinero, que ese día se convirtió también en viuda. Un viaje de negocios a Zaragoza con su esposo, José Luis Serrano, gerente de una empresa de electricidad, rompió para siempre la feliz vida de Aurora. Él murió entre las llamas y ella se salvó por los pelos. A las ocho de la mañana del 12 de julio de 1979, Aurora y su marido se despertaron sobresaltados en su habitación de la novena planta del hotel Corona de Aragón, en el centro de Zaragoza. Sonó una alarma y José Luis abrió la puerta de la habitación para enterarse de lo que pasaba. La cerró de golpe. “Las llamas estaban ahí. José Luis me dijo: «Corre, mamá, ponte la bata y sal a la terraza»”. Salimos y era el infierno: no se veía nada por el humo, nos veíamos morir, y le dije: «Papá, te quiero». Él cayó al suelo y a mí me rescataron los bomberos”.

Aquel día, el Corona de Aragón estaba lleno; se celebraba en la Academia General Militar, ubicada en Zaragoza, la entrega de despachos, y en el hotel se hospedaban numerosos militares y sus familiares. La viuda de Franco, Carmen Polo, estaba en el hotel porque su nieto Cristóbal Martínez-Bordiú era uno de los cadetes que iban a recibir el despacho de teniente. Al día siguiente del incendio, que se saldó con 78 muertos y 113 heridos, en el diario Heraldo de Aragón se recibió una llamada en nombre de ETA en la que se reivindicó el atentado, según ha publicado este diario. Y un día después, el Gobierno, el segundo presidido por Adolfo Suárez, anunciaba el carácter fortuito del incendio. Punto y final. Las familias afectadas no cobraron indemnizaciones porque la Justicia eximió al hotel de responsabilidad alguna.

Miguel Ángel Santos, asturiano, representante comercial, murió en el incendio del Corona de Aragón y dejó viuda y tres hijos, el menor de cuatro meses de vida. Pilar Álvarez, su esposa, no percibió pensión de viudedad, ni sus hijos la de orfandad. “Por entonces no era obligatorio que los representantes comerciales estuvieran dados de alta en la Seguridad Social, por eso el Gobierno no nos dio ni un duro. Qué vida tan injusta he vivido”, clama esta asturiana.

Gracia Roca, gerundense, es una de las víctimas del atentado del Corona de Aragón que más han luchado para que se reconozca el origen terrorista del incendio. Viuda de Francisco Sirera, Gracia recibe el nuevo reconocimiento oficial del Estado con “una inmensa felicidad, pero con crítica, también”. Gracia pide que se “reabra la investigación para llegar a poner nombre, aunque nosotros sabemos que fue ETA, a los terroristas que mataron impunemente a tantas personas. Durante 30 años me he sentido víctima de tercera”.

La odisea de estas personas tuvo un sosiego en el año 2000, cuando Jaime Mayor Oreja, entonces ministro del Interior, les indemnizó como si fuesen damnificados del terrorismo, al amparo de la Ley de Solidaridad de 1999. “En 2000 cobramos la indemnización, unos 23 millones de pesetas, y en 2004, la pensión como víctimas, en mi caso, la mínima” (el triple del salario mínimo interprofesional). Pero no era suficiente. “Nos faltaba el reconocimiento moral y oficial –añade Gracia Roca–. Poder decirles a mis hijos que a su padre le mataron unos terroristas”.

La concesión de la Gran Cruz y de la Encomienda de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo no es de oficio, es decir, deben solicitarlo las víctimas individualmente, y no implica compensación económica alguna. Aurora Merinero tiene pendiente con el Estado el cobro de su pensión como víctima del terrorismo. Se casó en segundas nupcias y perdió su condición de viuda de José Luis Serrano. Se divorció de su segundo marido y al morir éste le ha correspondido una pensión de viudedad de 207 euros al mes. “No es justo que la muerte de José Luis salga gratis. Lucharé por mi pensión”. Pero ésa es otra historia.

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