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La Audiencia Nacional reabre el caso de la presunta violación de una joven alicantina en un `after-hour´

Fecha: 29/12/2006 0:00 ico favoritos Añadir a favoritos
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29/12/06

Sara –nombre que ha elegido para contarnos su pesadilla– no le cuesta sonreír, a pesar de todo. Tiene 30 años, es alicantina y trabaja en Madrid. En mayo de 2004 la destrozaron por dentro y por fuera. Había salido de fiesta con un grupo de amigos por discotecas de la capital catalana. “Llegamos a un ‘after-hour’ cerca del Paseo de Sant Joan, arriba era como una cafetería, pero bajando unas escaleras te encontrabas con el auténtico sarao. Había bebido, claro, estábamos de juerga y era tarde”. De repente, sus colegas le dicen que van a salir un momento a la calle; ella se quedó abajo, bailando. Un grupo de chicos se divertía a su alrededor, cada vez más cerca, mientras la barra se llenaba de chupitos. A partir de ese momento, Sara no se acuerda de casi nada, ha tenido que ir montando sus recuerdos pieza a pieza gracias a los testigos del horror.

“Algo me dieron en la bebida y a los segundos empecé a transformarme, a tambalearme. Uno de los chicos me agarró y me llevó hacia la puerta del lavabo. Yo ya no era yo, pero un testigo observó cómo me resistía a entrar”. El supuesto agresor salió a los diez minutos sin camiseta y abrochándose los pantalones. Le dio un toque a otro de sus amigos para que pasara dentro.

Los amigos de Sara estaban cerca, pero con el jaleo del after pensaron que ella se había marchado, no intuían lo que se vivía en el cuarto de baño. El testigo y su novia estaban alucinados, subieron a la puerta y le dijeron al portero que abajo estaban violando a una chica. El portero les dijo que no se metiesen en líos, “de hecho, cuando llegó la policía había desaparecido”.

Casi una hora estuvo Sara dentro del cuarto de baño. Fuera se oían golpes, pero nadie hizo nada. “Lo siguiente que recuerdo es que me sacaban a la calle sin camiseta, con el sujetador roto y los pantalones con manchas de sangre. Mis amigos estaban histéricos, el testigo gritaba sin parar”. El informe forense le hizo llorar: cortes en la mano, en la espalda, huella de dedos en los brazos, moratones y hematomas por todo el cuerpo, la boca hecha polvo. No recordaba nada. Confusión, amnesia y vergüenza se fundieron para bloquearla. A los diez días, con un atestado policial e informes hospitalarios, el juzgado de instrucción archivó el caso por falta de pruebas sobre un presunto delito de violencia sexual. “Una enfermera del hospital me dijo algo que se me quedó grabado: «Muchos fines de semana tenemos a chicas que vienen como tú». No lo podía creer”.

Sara iba saliendo del letargo al mismo tiempo que la pesadilla se hacía más presente. Se marchó de Barcelona, se fue unos meses a una isla, trabajó en un crucero, se estableció en Madrid…, y mientras, psicólogos, psiquiatras y terapias. El pasado 10 de noviembre, la sección quinta de la Audiencia Provincial de Barcelona decidió reabrir el caso, dos años y medio después. Ha ordenado practicar todas las pruebas necesarias para esclarecer si hubo delito sexual y si se utilizaron sustancias que facilitaron la supuesta agresión.

A su favor, Sara tiene los informes forenses que describen de forma espeluznante cómo salió de aquel cuarto de baño y el testimonio de dos testigos. Además, se interrogará a los dos supuestos agresores –“en su primera declaración dijeron que se metían de todo menos heroína”, recuerda Sara– y se intentará un cotejo de perfil genético de los restos de semen encontrados en un tampón y del pantalón lleno de sangre. Aunque a Sara sí se le practicó un análisis toxicológico, las drogas que se buscaron fueron alcohol, benzodiacepinas, cocaína y mdma (éxtasis). Sólo dio positivo al alcohol. Nada se sabe de dos de las sustancias más utilizadas para cometer estas fechorías: la escopolamina y la gammahidroxibutirato (GHB). Esta última se ha extendido en las noches de juerga, sobre todo en Cataluña, y a dosis altas o mezclada con alcohol puede provocar inconsciencia o estados de coma que revierten a las pocas horas y que provocan amnesia. “Tuve miedo a salir a la calle, a volver sola por la noche. Me quitaron la libertad de ser yo misma, me anularon y sé que hay unos culpables, que tienen que pagar. Tardé semanas en reaccionar, en ser consciente de lo que habían hecho conmigo. Trabajo a destajo, incluidos los fines de semana, para pagar los gastos de dos años en abogados; sigo yendo a terapia, pero no puedo dejar de hacer mi vida. Con mis amigas me he vuelto muy precavida y siempre les digo: «Cuidado con vuestras copas»”. La reapertura del sumario sólo le ha traído cierta paz.

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