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La corte fantástica del Príncipe de Champdor

Fecha: 04/05/2009 2:00 Alberto GAYO / Luis Rendueles ico favoritos Añadir a favoritos

Su padre emigró a Suiza y se ganó la vida como carpintero. De vuelta a España, José Manuel Mosquera se rebautizó. Dice ser Iosephus Emmanuel III, heredero de la dinastía Tadmur y príncipe de Champdor, de Montecristo y otros veinte títulos nobiliarios más.

La residencia oficial de su alteza imperial Dom. Iosephus Emmanuel III, de la dinastía de los Septimio-Bathzabbay el Tadmur –es decir, de José Manuel Mosquera Castelo–, se encuentra en una urbanización levantada en los años 70 en Alcorcón (Madrid). Estandartes con una cruz de Malta y un par de coches Mercedes con pegatinas de Naciones Unidas junto a las palabras Orden Bonaria distinguen esta parcela de las demás.

Es un chalé alquilado de 400 metros cuadrados habitables. El despacho del príncipe tiene un toque templario-kitsch: espadas cruzadas, escudos, títulos nobiliarios y un retrato del que Mosquera dice que es su antepasado: el militar y político colombiano Tomás Cipriano de Mosquera, una de las figuras decimonónicas más importantes del país suramericano. Por si fuera poco, dice ser también príncipe de Montecristo, duque de San Santiago Apóstol, conde de Turdes Valter –título que asegura fue reconocido en Alemania por Hitler– y lord Manor of Perry del Reino Unido. En total, 22 títulos a cual más pomposo. José Manuel Mosquera, de 36 años, fundó la Orden Bonaria –“organización caballeresca contra las desgracias del mundo”, según la presentación de su página web– en Canarias en 2004. Mosquera es hijo de un carpintero gallego que emigró a Suiza. “Hablé con su padre varias veces y me dijo que es hijo, nieto y biznieto de carpinteros”, asegura uno de los ex guardaespaldas del príncipe Mosquera. Sea como fuere, Mosquera ha montado un tinglado increíble mediante una maraña de páginas webs de asociaciones benéficas, congregaciones religiosas, fundaciones culturales y deportivas, y hasta de una universidad –sin contenido alguno–. Con la Orden Bonaria ha llegado a seducir a concejales, alcaldes, deportistas, cargos ministeriales…, pero ahora el príncipe se está quedando solo. Varias denuncias por impago, uso de pagarés falsos y falsificación de firmas pueden acabar con su dinastía. Él sostiene que todo es una “persecución para desacreditarme”.

La mujer de Mosquera, Rosa Maldonado Moya, en su juventud empleada de un empresa textil en Cataluña y hoy princesa de Taranto, es una de las más entusiastas. “Le encanta ser la princesa consorte”, comenta una persona de la máxima confianza de Mosquera.

El matrimonio tiene un hijo de poco más de siete años, al que llaman duque de Berat, considerado por su padre como el heredero de una denominada Royal and Imperial House of Orient. “Al niño le educan como si fuera un príncipe, los invitados a su casa tienen que dirigirse a él como alteza”, explica otro de los asiduos a la casa imperial. El príncipe Mosquera ha conseguido con una “impresionante verborrea y decenas de títulos inventados –según reconoce un policía que le sigue la pista en los últimos años– seducir a más de un incauto”. A un pequeño empresario le dijo que había sido alférez en el Ejército, cuando no pasó de soldado paracaidista, y que tenía contacto con personalidades, entre ellas Hugo Chávez o José Luis Rodríguez Zapatero. Un estrecho colaborador de Mosquera señala que el príncipe es un gran aficionado a los ordenadores, los escáneres y los programas de retoque fotográfico. “Se puede pasar horas y horas preparando títulos, árboles genealógicos o activando páginas webs”. Por su parte, Enrique Martín, quien perteneció a la Orden Bonaria y que lo ha denunciado por falsificar su firma en varios documentos, asegura: “Mosquera se cree su propia mentira. Me decía que su padre era militar, que era licenciado en Filosofía, que él había nacido en la embajada española en Suiza; luego supe que su padre era carpintero”.

Mosquera empezó a ser conocido hace más de quince años en Azuqueca (Guadalajara). Allí montó un gimnasio de artes marciales. Antes de marcharse a Canarias, fue a Barcelona, donde conoció a su mujer, la costurera Rosa Maldonado. Los que coincidieron con el matrimonio en Canarias aseguran que “vivía de prestado”. “Lo conocí en el mundo de la santería en Gran Canaria –recuerda Evaristo Yánez, un ex amigo que fue prior en las islas Canarias–. Primero me dijo que era José Manuel, luego ya me contó que es de familia real, que conoce a un señor de Argentina, que iba a entrar en la Orden Bonaria”. Mosquera empieza siendo delegado en España de esa orden caballeresca y acaba controlándola. Su compañero Evaristo recuerda: “Me hizo perder entre cuatro y seis millones de pesetas, me dejó en el suelo, en la mierda. Creo que se cree todo lo del príncipe; lo cierto es que nos lo hace creer a todos”. Yánez dejó la orden cuando el líder le pidió que denunciara a un joven informático “que había hecho la página web y al que no había pagado”.

Sobre Yánez, el supuesto príncipe responde que “es un hecho falsario tendente a continuar con la persecución y el descrédito sin pruebas de mi persona”.

Mosquera también atrajo a Alberto García Donas, que era concejal en Meco (Madrid). “Le conocí en 2005. Él sabía que yo había creado unas escuelas taller para chavales y me dijo que el proyecto le interesaba, que estaba presente en 140 países”, asegura. El príncipe lo convocó en Sevilla, donde vivía entonces en casa de otro de sus seguidores. “Viajé en AVE, que me lo pagué yo –recuerda el concejal–; le hice un proyecto detallado y me dijo que todo fenomenal, pero nunca más supe nada. Hasta que se ofreció a ayudar a la Federación de Taekwondo” (ver recuadro de la página 8).

A mediados de 2008, un periodista conquense de la COPE entrevistó a Mosquera, quien habló entonces del origen “ortodoxo sirio” de su congregación; de que el gran collar bonario lo tenían Nelson Mandela y Jimmy Carter. Cuando le preguntó cómo se financiaba, Mosquera respondió: “Pues con mis dineros; nuestra institución no pide fondos a nadie y lógicamente yo tengo empresas, y de los beneficios de éstas, en vez de darle el denominado diezmo cristiano a otras agrupaciones religiosas, hago mi propio diezmo”.

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