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La enfermedad de los pobres llega a España

Fecha: 15/08/2005 0:00 Juan Luis Álvarez ico favoritos Añadir a favoritos
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Ha llegado el mal de Chagas. Ya se han detectado los primeros casos de la `enfermedad de los pobres´ entre la población inmigrante en España aunque aún no hay estadísticas. Sólo en Cataluña, en el último año, se diagnosticaron medio centenar de casos. También en Madrid y en tres hospitales de Valencia.

José Álvarez ha cumplido 11 años. Como sus cuatro hermanos, tiene el mal de Chagas; pero a él, minusválido desde que nació, su padre tuvo que llevarlo en brazos durante horas para que un médico –a decenas de kilómetros de su pueblo, El Pescado, en Tarija (Bolivia)– le pusiera tratamiento: dentro de un año, tal vez estará curado y no padecerá las consecuencias del Tripanosoma cruzi, el terrible parásito que habita en su cuerpo: daños irreversibles en su corazón, esófago, colon y sistema nervioso.

Este testimonio estremecedor aparece en el libro Chagas, una tragedia silenciosa, que acaba de publicar Médicos Sin Fronteras (MSF), una Organización No Gubernamental que lucha contra la enfermedad en América Latina. El mal de Chagas es, antes que una enfermedad parasitaria, consecuencia de la miseria: en América Central y del Sur hay cien millones de personas en situación de riesgo, 18 millones de afectados y 50.000 fallecimientos al año por el Chagas. Sin embargo, a 14.000 kilómetros de Bolivia, en un continente tan a salvo como Europa, ya se han detectado los primeros casos en España: sólo en Cataluña, el último año, medio centenar, dos de ellos por transmisión vertical (de una madre a su hijo). Hay casos diagnosticados también en Madrid y en tres hospitales de Valencia y, aunque no hay aún una estadística, los expertos españoles en enfermedades tropicales han dado la voz de alarma.

Se trata de inmigrantes que padecen la tripanosomiasis americana o mal de Chagas, una enfermedad prácticamente incurable así denominada por su descubridor, el médico brasileño Carlos Chagas, que en 1909 detectó al vector que aloja al parásito. Se contrae cuando la vinchuca (un insecto) infectada con el Tripanosoma cruzi pica y, al mismo tiempo, defeca. En las heces lleva el parásito, que se instala en la sangre de la víctima y a partir de ahí –tras provocar un episodio agudo de fiebres y otros síntomas que desaparecen en unos días– ataca al organismo de forma silenciosa y letal: a los 15 o 20 años –fase indeterminada de la enfermedad– el paciente sufre una cardiopatía, un infarto, la destrucción de su aparato digestivo o incluso un ataque cerebral, según dónde se aloje el parásito. Su aparición, entonces –fase crónica–, es desoladora e incurable.

Además y como dice MSF, la enfermedad no sólo es silenciosa, sino que está silenciada: al venir asociada a la pobreza, en muchos casos las autoridades de los países afectados prefieren ignorarla: “Preguntas y te dicen que ya no hay. Pero hurgas y siempre salen casos –dice el director de cine Ricardo Preve, autor del documental Chagas, un mal escondido, que se presentará tras el verano en España–. Buscaba exteriores en Salta [Argentina], donde me crié, para hacer una película y me encontré a un amigo de la infancia que lo tenía. Así, cientos. Pero todos callan”.

Preve, que vive ahora en Charlottesville (Virginia, Estados Unidos), dice que ya han aparecido casos en Norteamérica, en cuyos estados del sur anida el vector. Lo corroboran la doctora Lola Bargues, bióloga, y su esposo y presidente de la Federación Europea de Parasitología, Santiago Mas-Coma: “Hay chinches transmisoras en Nuevo México y Arizona y casos en Canadá, Europa y España, a través de los flujos migratorios”. Tanto la doctora como su esposo forman parte de la Ricet (Red de Investigación de Centros de Enfermedades Tropicales), un programa al que están adscritas siete instituciones españolas. Ambos han estado varias veces en los países afectados y ahora investigan en su laboratorio de la Universidad de Valencia al insecto transmisor: “La mejor forma de atajar la enfermedad es combatir el vector, la vinchuca”.

En España, no existe el insecto asesino, de manera que la enfermedad se ha trasmitido fundamentalmente a través de las transfusiones de sangre y, en menor medida, verticalmente –es decir, madre-hijo– o incluso por accidente de laboratorio. “He visto algún caso así –dice el doctor Sabino Puente, parasitólogo del madrileño Hospital Carlos III–, pero sobre todo son las transfusiones; aunque hace tiempo que se hacen análisis para que eso no ocurra”.

En efecto, el Tripanosoma cruzi es relativamente fácil de detectar por serología. El problema es que no se busca, como señala el doctor Joaquim Gascón, coordinador de la Ricet en el Hospital Clínic de Barcelona: “Hasta ahora, se ha rechazado a los donantes procedentes de zonas de riesgo; pero eso, que en Gran Bretaña, por ejemplo, es obligatorio por ley, aquí sólo se hacía ante la sospecha. Se trata de no rechazar a cualquier donante de sangre procedente de Ecuador, Bolivia, Colombia o Perú porque eso es tanto como criminalizarlos, y en muchos casos están perfectamente sanos”.

En esto coincide el doctor Puente: “La mayoría de los inmigrantes que vienen son más sanos que muchos de nosotros. Tenemos más problemas con los españoles que se traen de fuera enfermedades como el paludismo [malaria] o la leishmaniasis que con los extranjeros”. En el caso de Chagas, sin embargo, no se ha detectado un solo paciente español: “Hemos hecho este año unos 145 análisis a potenciales portadores –dice el doctor Juan Cabezos, director del laboratorio de Parasitología del Institut Català de la Salut, colaborador de la Ricet– y hay 45 positivos. Todos extranjeros”.

Los únicos medicamentos que combaten el mal de Chagas son el nifurtimox (de Bayer) y el Benznidazol (de Roche); pero ambos fueron sintetizados en los años sesenta y desde entonces apenas se han desarrollado. Además, Bayer dejó de fabricar el nifurtimox por la “falta de demanda”. Ambos se incluyen en la LME (Lista de Medicamentos Esenciales) de la OMS (Organización Mundial de la Salud), pero no en las nacionales de muchos países endémicos, y tienen graves problemas de efectos secundarios. “Son lo único que tenemos, por ahora –dice Fran Román, de MSF–, pero ninguno de los dos está sujeto ya a patente y en los países afectados, en especial Argentina y Brasil, no los fabrican. Prefieren esconder la realidad. Y hay diferencia de precios: en Bolivia cuestan diez veces más que en Brasil. Un campesino boliviano no puede pagar los 360 dólares que cuesta el tratamiento de dos meses, y encima sin seguro de curación”.

Además, el parásito es más fácil de combatir cuanto menos tiempo está en el organismo: “Los compuestos sólo son útiles en la fase aguda de la enfermedad –dice la doctora Bargues–, especialmente en los jóvenes de menos de 14 años, y hay muchos pacientes que no saben que la padecen y el tratamiento llega tarde”.

El pasado 18 de julio, la revista Science publicó que se había descifrado ya el código genético del Tripanosoma cruzi. Es un pequeño éxito, aunque no el definitivo, para los cientos de personas que combaten el mal de Chagas en el mundo, un problema de salud pública, como señalan todos los expertos consultados por interviú. Hasta ahora, la ley española en cuanto a transfusiones (Real Decreto 1854/1993 de 22 de octubre, modificado el 16 de febrero de 1996, apartado 2.2.26.2) sólo obligaba a una exclusión de seis meses “a las personas que visiten áreas tropicales donde la enfermedad es endémica, y si no han padecido fiebre o enfermedad no aclarada”. Pero, como dice Fran Román, “hacer los tests de Chagas en las donaciones de sangre cuesta; pero mucho más caro será trasplantar un corazón en el futuro a un inmigrante con diez años de cotización en la Seguridad Social. Por lo menos, hay que vigilar los partos, porque en los niños la curación es posible”.

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