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La enfermedad silenciada

Fecha: 04/05/2009 2:00 ico favoritos Añadir a favoritos
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No se recordaba una epidemia igual desde hace 12 años: 507 casos de tularemia (infección bacteriana que puede producir neumonía) se registraron en 2007 en Tierra de Campos, en los mismos meses en que la Junta de Castilla y León intentó extinguir una plaga de topillos con veneno.

No sólo fue la extinción de miles de topillos en los campos de Castilla y León durante el año 2007, ni la matanza de millares de animales de otras especies por el uso indiscriminado del veneno en cunetas y sembrados. La bromadiolona y la clorofacinona empleadas por las autoridades para acabar con los roedores tuvieron también efectos en los hogares de cientos de vecinos de Castilla y León de forma indirecta, contribuyendo a extender una enfermedad: la tularemia.

Los médicos de los centros de atención primaria de los municipios de Tierra de Campos asistieron a un repunte alarmante de este mal: 507 casos en tan sólo unos meses, entre mayo y octubre de 2007, cuando su incidencia normal en la misma zona no sobrepasa los seis casos anuales. Entre 2000 y 2006 se había registrado en Tierra de Campos un silencio epidemiológico apenas salpicado por casos esporádicos. En 2000 se dio tan sólo un caso de tularemia, otro en 2001 –debido a la manipulación de cangrejos en la provincia de Palencia–, cuatro en 2004 en la provincia de Zamora, seis en 2005 y uno más en 2006.

La tularemia es una enfermedad bacteriana propia de pequeños roedores y liebres que se transmite al hombre por contacto directo con el animal enfermo o muerto, inhalación, ingestión de carne del animal enfermo o por picadura de insectos que hayan estado en contacto con el animal. Los síntomas, parecidos a los de una neumonía, son fiebre súbita y alta, escalofríos, dolores de cabeza, diarrea, dolores musculares y de articulaciones, tos seca y debilidad progresiva. La enfermedad tiene tratamiento y cura viable, pero es mortal si no se trata. Las salas de espera de los pequeños centros de salud castellano-leoneses comenzaron a llenarse, incluso a colapsarse, a principios del verano de 2007 con vecinos que empezaron a sentir debilidad repentina. Algunos, los más avanzados, acudían a sus médicos de cabecera por altas fiebres y dolores. Según varios médicos consultados, más de un 80 por ciento eran agricultores y jardineros, expuestos a actividades realizadas en el campo. Los médicos no asistían a un brote de esta envergadura desde 1997, cuando el total de casos notificados de tularemia ascendió a 559. En aquella ocasión fueron las liebres las portadoras del mal. Esta vez en la epidemia había un elemento nuevo: la vía de entrada del mal en el organismo. “Lo extraño de la epidemia del 2007 es que la mayoría de los casos se contrajeron por vía respiratoria –comenta un profesional sanitario del centro de salud de Frómista (Palencia) que prefiere permanecer en el anonimato–. La puerta de entrada de la bacteria era distinta. Un estudio de la Junta concluyó que no, que eran las liebres la fuente de contagio. No tenemos por qué desconfiar de un estudio oficial, pero muchos médicos nos planteamos seriamente una relación directa con los topillos”. Esta doctora va más allá y explica las sospechas compartidas con otros compañeros: la enfermedad tuvo su origen en la enorme cantidad de cadáveres de topillos que se acumularon repentinamente. “Los infectados son gente de campo, que pasea por él y hace tareas en él, como cavar la tierra –explica–. Cuando hacían esto, se encontraban con cientos de cadáveres de topillos. Al remover la tierra, la bacteria pudo quedar suspendida en el aire y ser inhalada”.

Enfermos

Hay miedo en los centros de salud de Tierra de Campos. Los médicos consultados por interviú han preferido no dar sus nombres para evitar posibles represalias del Gobierno castellano-leonés, para el que trabajan, y que descarta la conexión de la epidemia de tularemia con la plaga de topillos. Pero el clima de silencio no impide que numerosos sanitarios sostengan que la tularemia no sólo está relacionada con la abundancia de topillos en el campo, sino también con los millares de cadáveres de animales que dejó tras de sí el barrido de rodenticida empleado por la Junta de Castilla y León. Una de las doctoras del centro de salud de Guardo (Palencia) se une a sus compañeros afirmando que “el brote del 2007 coincidió con la plaga de topillos de la zona, y el exterminio de estos animales puede estar relacionado con la epidemia”.

Las aseveraciones de los pacientes reflejan las reflexiones y sospechas de sus médicos. José María Muñoz trabajó los meses de junio y julio del 2007 como jardinero del Ayuntamiento de Carrión de los Condes (Palencia). Pero la tularemia le obligó a estar 15 días en cama. “Empecé a encontrarme muy cansado durante los primeros días, como si el cuerpo me pesara –cuenta Muñoz–. Y de repente el tercer día me puse con 40 de fiebre. Me subía y me bajaba muy rápido. Fui al médico del centro y me dio un antibiótico que estuve tomando durante un mes y medio. Era como una gripe en plan bestia que me dejó hecho polvo durante diez días. Le conté al médico que había estado recogiendo topillos muertos de las cunetas, del río y los jardines. El doctor me dijo que había cogido la tularemia por vía inhalatoria”. Para Muñoz no hay ninguna duda de que la causa de su enfermedad fueron los topillos muertos. Para su médico de Carrión, la relación topillos-tularemia es una realidad. “El número de casos entre junio y agosto fue enorme –cuenta otro de los profesionales con miedo a hablar de lo que parece un secreto a voces –. Que la epidemia estuvo ligada con los topillos es un hecho, porque la concentración de casos en tan poco tiempo fue una barbaridad. Yo nunca había vivido algo así. Lo normal es uno o dos casos al año. Y quiero recalcar que lo fundamental y más importante de los casos fue que la transmisión no fue por contacto con los animales, sino por vía respiratoria”. Por esta misma vía se contagió María Henar, dueña de la carnicería de Carrión de los Condes. “La médica me dijo que ésa era la razón –cuenta–. Yo lo que sé es que estuve ingresada en un hospital de Palencia once días con unas fiebres altísimas y que me costó recuperar las fuerzas”.

La tularemia aún colea en algunos pacientes que desde entonces no han podido rehacer sus vidas. Anastasio Antolín vive aún con los síntomas que le han impedido hacer una vida normal desde hace dos años. “La tularemia me ha quitado media vida”, asegura este obrero de 59 años de Paredes de Nava (Palencia). Los primeros síntomas le llevaron a pensar en una gripe, pero la fiebre alta y un dolor muscular agudo que no cesaba le hicieron acudir al centro de salud. “Ahí me dijeron que era tularemia –cuenta Anastasio–. Por la picadura de una mosca me salió una erupción en la piel. Los médicos me dijeron que esa había sido la vía de entrada y me dieron un antibiótico. Aún hoy sigo con dolor de cabeza y de piernas, y apenas duermo”.

Julio Ordax es el médico de atención primaria de la vecina ciudad palentina de Dueñas. Ordax recuerda los dos brotes más importantes de Castilla y León. “En la epidemia del 97 había más mujeres que hombres infectados por la manipulación de animales. En este último brote podemos hablar de una coincidencia en el tiempo y en el espacio de topillos –explica Ordax–. El veneno y la bacteria de la tularemia han sido los dos determinantes. Siempre hemos manejado la hipótesis de que los cadáveres de los topillos tuvieron que ver con la epidemia. Además, muchos de los infectados contrajeron la bacteria por vía respiratoria, cuando lo habitual es el contagio por contacto con el animal infectado”. Ordax achaca el miedo de los médicos a hablar a que están asustados por lo gigantesco del daño ambiental del envenenamiento masivo: “El daño a la fauna es enorme, sin precedente. Alguien tendría que estar en la cárcel por eso. Se han gastado millones para nada, porque otra vez tenemos topillos, es algo cíclico”.

Incógnitas que perduran

El mismo manto de temeroso silencio que cubre a los profesionales sanitarios de la región recae ahora sobre cómo la Junta de Castilla y León se gastó 24 millones de euros en la campaña de envenenamiento. Jesús María Gómez Sanz, director del Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (Itacyl) y responsable de la logística en el reparto del rodenticida, afirma que “el procedimiento que se ha llevado a cabo ha sido inmaculado”. Sin embargo, ese procedimiento millonario sigue siendo una incógnita. Ningún informe público desglosa la inversión. Gómez Sanz explica que “al haber sido una situación de emergencia, no hubo subasta pública y por lo tanto no existe un pliego de contrataciones de las empresas que repartieron el rodenticida”. Lo único que ha trascendido hasta ahora es que fueron dos las empresas contratadas por el Gobierno castellano: Tragsa e Itacyl. La primera es una empresa dependiente del Estado; la segunda es un ente público de la Consejería de Agricultura y Ganadería de la Junta de Castilla y León. El Gobierno autónomo ha facilitado una lita de 12 empresas a las que se compró el veneno –Quimunsa, Ibysan, Novartis, Abiomed...–, de las que cuatro son castellanas, tres catalanas, una vasca, una navarra y dos de Madrid, pero no informa de cuánto se pagó a cada una, cuánto a Tragsa e Itacyl por repartir el veneno, cuánto a las más de 700 personas que Gómez Sanz asegura que participaron en la logística.

La distribución del total de 7,5 millones de euros de indemnizaciones para los agricultores también levanta polémica en Castilla. Es un conjunto de datos, según la Junta, personales y protegidos por ley. Sin embargo, Agricultura y Ganadería publicó el 12 de mayo de 2008 en el Boletín Oficial de Castilla y León la relación de beneficiarios de ayudas para paliar las pérdidas en el cereal presuntamente ocasionadas por la plaga de topillos. Son pérdidas puestas en duda por los ecologistas, pues en 2007 la cosecha de cereal en la zona fue de nueve millones de toneladas, la más alta en diez años.

Jesús María Gómez asegura que la Junta ya no reparte la bromadiolona ni la clorofacinona. “Los agricultores pueden seguir utilizando el veneno –explica Gómez–, pero lo tienen que comprar ellos. Nosotros ya no lo repartimos desde la plaga”. Sin embargo, el secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA), Julio López, asegura que en febrero pasado camiones de Tragsa estuvieron en algunos pueblos de la provincia de Valladolid. “En febrero me dirigí a Agricultura porque por Fuente de Sol había de nuevo más topillos de lo normal, tanto en cunetas como en campos de alfalfa. Los técnicos visitaron la zona y ellos mismos hicieron el tratamiento. Con rodenticida llevado por ellos”.

López también denuncia la mala gestión de las indemnizaciones a agricultores. “Fue catastrófico –asegura –. Para indemnizar se aprobó una franquicia de un 30 por ciento en cereales y el 15 por ciento en regadío. ¡Para poder recibir el dinero, los ratones se tendrían que haber comido casi toda la cosecha!”. En el listado oficial abundan los nombres de agricultores indemnizados con 100 euros, 30, 20... incluso con unos céntimos. “La orden para la tasación de los cultivos afectados se publicó en los primeros días del mes de julio, justo cuando en Ávila y el sur de Valladolid ya tenían la cosecha recogida. Así los peritos no pudieron hacer las tasaciones porque ya no quedaba nada. Una manera de ahorrarse indemnizaciones”, afirma Julio López

En la UPA también se quejan de falta de información. Sólo ha trascendido la cuantía global de indemnizaciones, y que las valoraciones de los peritos costaron 1,5 millones de euros. “Todavía no nos han dado ni un dato de cuánta superficie estaba afectada y cuánta se quedó sin indemnizar –protesta Julio–. Sólo sabemos la cantidad de personas porque está en el ‘Boletín’, pero en la consejería hay un hermetismo total. Hubo que limpiar cunetas, contratar maquinaria y personal, y todo eso es una incógnita”.

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