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60 años después del último conflicto bélico colonial librado por España, sus soldados pelean contra el olvido y para que se reconozca su sufrimiento

La guerra tapada de Ifni

Fecha: 27/11/2017 •Juan José Fernández ico favoritos Añadir a favoritos
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La censura franquista la tapó bajo el eufemismo de “operaciones militares”, y la democracia la ha olvidado incumpliendo una ley que obliga al reconocimiento de quienes lucharon. La guerra en el enclave de Ifni, entonces provincia española, sigue siendo tan tabú que sus partes y documentos continúan clasificados como secretos en un archivo militar. Acaban de cumplirse seis décadas de aquel conflicto. Lo reviven excombatientes que se jugaron la vida y jubilados que hicieron allí una mili extremadamente dura.  | Sigue leyendo.

Pese a que ha cumplido ya 82 años, pocas noches hay tan terribles en la biografía de Ángel Ruiz García como la del 3 de diciembre de 1957, que pasó en vela en una montaña de la provincia marroquí de Mesti, a 1.758 kilómetros de su casa del Grau de Valencia. Prohibido dormir: con otros soldados como él, debía vigilar los cadáveres aún tibios de decenas de paracaidistas. “Los habían colocado juntos, como troncos; en una fila larguísima –recuerda–. De noche rondan jabalíes y chacales; allí hay muchos, y huelen la sangre. No podíamos dejar que se acercaran...”

El episodio que Ruiz rememora 60 años después es de los más negros de la guerra de Ifni. Aquel 3 de diciembre, dos tabores de Tiradores, la unidad de Infantería en la que Ángel Ruiz hacía la mili, tenían orden de tomar el monte, plagado de guerrilleros del Ejército de Liberación marroquí. “Fue una batalla cruel –cuenta Ruiz–. No había forma de subir. Los moros nos veían. Había que pegarse al suelo. Si levantabas la cabeza, estabas muerto”. Tras muchos intentos de avance, una bandera de paracaidistas atacó a la carrera, monte arriba. “Y nosotros detrás, a cien metros, con las ametralladoras tableteando. Cuando los paracaidistas tomaron el alto, aparecieron los aviones”. Ruiz se refiere a dos viejos Junker de la II Guerra Mundial que tenía el Ejército. Uno arrojó quince bombas. “Y, cuando acabó la pasada, el otro tiró otras quince –relata–. No teníamos radio. Mi capitán corría levantando las manos y gritando: ‘¡Que son los nuestros!’. Vi botar cuerpos humanos como si fueran astillas. Allí quedó una compañía entera; que yo sepa, no se salvó ninguno. Cuando llegamos, estaban achicharrados”.

Buena parte de los 198 muertos españoles que oficialmente se cobró el último y más olvidado conflicto bélico colonial librado por España (noviembre de 1957 – junio de 1959) cayeron aquel día por error. Ángel Ruiz lo desveló hace cuatro años. Él, mecánico jubilado de los autobuses de Valencia, osó interrumpir la conferencia de un historiador. “Antes no tenía opción, ni soy persona de letras, pero me irrita que estas cosas no se sepan”, se excusa. Comparten su indignación ante el olvido unos pocos miles de ancianos, los veteranos de Ifni, un club al que, cada año, la ley de vida va restando socios.  

Calaveras al sol

Organizados en hermandades locales, los veteranos de Ifni no deploran solo la ignorancia de nuestra historia; también el incumplimiento de una ley que insta al Estado a reconocer e indemnizar las penalidades que sufrieron los combatientes; y la ausencia de una investigación sobre las bajas de una guerra que, primero, tapó el franquismo y, después, olvidó la democracia. El recuento oficial de la dictadura fue de 198 muertos y 574 heridos, pero las asociaciones de veteranos sostienen que los muertos fueron 386, pues en la provincia de Ifni, al norte de lo que entonces se llamaba Sáhara Español, no solo se moría en el frente: también en patéticos accidentes o por lastimosas enfermedades. Es clave, además, la redonda cifra de 80 desaparecidos. Algunos pudieron ser desertores, pero numerosos veteranos sospechan que la mayoría fueron soldados muertos en territorio enemigo y prisioneros que el Ejército de Liberación no devolvió. Pero no hay fosas comunes. Apuntala esa creencia el hallazgo, en 1961, de restos esqueléticos abandonados al inclemente sol, en las montañas que rodean la ciudad de Sidi Ifni. El escritor e investigador histórico Manuel Jorques, que hizo allí la mili entre 1961 y 1962 en la Policía Indígena, recuerda cómo un oficial médico decoraba su mesa con una de aquellas calaveras. “Los moros entierran a los suyos, pero no suelen tocar el cadáver de un infiel”, explica. Sería la razón por la que un número aún no determinado de españoles quedaron sin enterrar. La censura impuesta por la dictadura impidió investigar a las familias. Y, pasadas seis décadas, siguen clasificados como secretos 15.000 documentos de la guerra, guardados en el Archivo Militar de Ávila. 

Contra el olvido pelea el excombatiente y exdirector de sucursal bancaria de Montblanch (Tarragona) Josep Maria Contijoc, que hacía la mili en el Grupo 1 de Policía Territorial cuando la guerra se le cruzó en el camino. La noche del 23 de noviembre de 1957, las fuerzas españolas estaban avisadas de que la insurgencia marroquí planeaba exterminar a los oficiales en un rápido golpe. Contijoc pasó la noche patrullando por las azoteas planas de Sidi Ifni, a las que llegaba el sonido de los primeros tiros de la guerra. “Me agarré fuerte al fusil”, cuenta. Tenía 22 años. La alarma le había obligado a cambiar un puesto de escribiente en el Estado Mayor por el de centinela en los tejados con un Mauser del 7,92 entre las manos. “Menos mal que un moro avisó. Si llegan a pillarnos durmiendo, nos echan al mar. Habría sido un Pearl Harbor”, dice.

Tiene Contijoc tres recuerdos muy vivos de la guerra. Uno es la visión de los cruceros Canarias y Méndez Núñez, el 10 de diciembre de 1957, cañoneando desde el mar los montes ocupados por la guerrilla. Los proyectiles ululaban por encima de unos reclutas recién desembarcados en la playa. “Estaban muy asustados. Aquello parecía Guadalcanal”, cuenta. Otro de sus recuerdos le lleva a la tarde que lo tirotearon cuando iba en ambulancia a socorrer heridos. Fuera sonaban los balazos en la chapa del vehículo; dentro, los gritos de los soldados. “Les habían arrojado una granada. No habían perdido el conocimiento, pero iban muy mal, y no llevábamos botiquín. Solo podíamos hablarles: ‘Chaval, para ti se ha acabado la guerra…’”, rememora. Su tercer recuerdo es el de una función de Carmen Sevilla en la nochevieja del 57, “tan guapa. ¡Y vino Gila también!”.   | Sigue leyendo.

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