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Presas políticas del franquismo y sus descendientes pelean contra el olvido

La memoria enterrada de la cárcel de Ventas

Fecha: 09/01/2018 • Ana María Pascual ico favoritos Añadir a favoritos

El Ayuntamiento de Madrid ha puesto en marcha un proyecto para recordar la prisión femenina de Ventas, la más poblada de España en los 36 años que funcionó. Ideada en la República como una cárcel hospitalaria, en la dictadura se convirtió en un almacén de presas de izquierdas, hacinadas en condiciones insalubres bajo las normas del nacionalcatolicismo. Sufrieron trabajo esclavo para redimir penas, la ausencia de los hijos mayores de tres años, un rancho deplorable... Una web municipal difunde testimonios y documentos inéditos sobre la prisión de la que salieron las `Trece Rosas´ hacia el paredón. | Sigue leyendo. 

El mayor símbolo de la represión franquista contra las mujeres republicanas, demócratas y militantes contra la dictadura desapareció sin dejar rastro hace 45 años, cuando el edificio de la madrileña cárcel de Ventas fue derribado. Cerca de la Plaza de Manuel Becerra, al lado de la autovía de la M-30 y próxima a la Plaza de Toros de las Ventas, la prisión femenina más poblada de España, escenario de salvajes sacas durante la Guerra Civil –entre julio de 1936 y marzo de 1937 fue cárcel masculina– y los primeros años de la posguerra, se convirtió en un complejo de viviendas a finales de los años 70. 

Hoy pocos vecinos saben que, en vez de viviendas de lujo y de un pequeño parque público, en la calle Marqués de Mondejar se alzaba la cárcel de donde salieron hacia el paredón las llamadas Trece Rosas en 1939.

Para recuperar la memoria de las presas políticas que se hacinaron entre los muros de la prisión de Ventas en los años 40 y de las que lucharon contra el franquismo en los 60, el Ayuntamiento de Madrid ha puesto en marcha un proyecto del que acaba de inaugurar su primera fase: la página web carceldeventas.madrid.es.  El portal, de una manera gráfica y ágil, explica la historia de la prisión, desde su inauguración, en 1933, hasta su clausura, en 1969. Difunde los nombres de las presas fusiladas en las tapias del Cementerio de la Almudena, los testimonios de algunas de las primeras y de las últimas reclusas del franquismo. Unas 400 fotografías ilustran el paso por Ventas de mujeres que pagaron con largas condenas su compromiso democrático. 

La evolución de la prisión de Ventas primero como una cárcel modelo, ideada por Victoria Kent –la primera mujer que dirigió Prisiones en España–, y más tarde, en la postguerra, como un almacén de reclusas refleja la mismísima historia de España desde la II República hasta la Transición. 

El arquitecto Manuel Sainz de Vicuña diseñó un edificio de corte racionalista donde imperaban la entrada de luz, las paredes blancas y las terrazas para que tomasen el sol las presas y sus hijos. Su nieto ha colaborado en el proyecto municipal aportando los planos del edificio y fotografías inéditas de la cárcel en los primeros años de funcionamiento. 

Celdas como jaulas

Natividad Camacho García-Moreno (Ciudad Real, 1947) no encontró en la cárcel de Ventas la armonía arquitectónica plasmada por Sainz de Vicuña. Más bien halló algo parecido a un zoológico entre los muros de la prisión. Corría 1968. La cárcel se estaba cayendo, acuciada por las humedades, los desconchones y grietas en las paredes. “Se caía como el régimen”, dice Natividad, por entonces trabajadora del sector textil y que desde las Juventudes de Comisiones Obreras había luchado desde muy jovencita para mejorar las condiciones laborales de las aprendizas. Una nueva oleada de presas políticas llegó a Ventas en los estertores del franquismo, que con virulencia reprimió a los oponentes democráticos, incluidas a muchas mujeres.

En la causa abierta contra Natividad Camacho, otras 17 mujeres fueron procesadas por el Tribunal de Orden Público.  La Policía detuvo a 94 personas que se habían reunido en la localidad madrileña de Zarzalejo para asistir a una asamblea ilegal –como todas entonces– de Comisiones Obreras, el 31 de marzo de 1968. 

El relato de Natividad sobre lo que encontró en la prisión de Ventas es sobrecogedor. “ Me metieron en una especie de jaula. Se llamaban celdas de período. Estuve allí, en aislamiento, cuatro días. Estaban cubiertas con tela metálica, de esa de gallinero, en la mitad superior, y la otra mitad, con ladrillo. Daban la sensación de ser jaulas de zoológico”

Natividad coincidió en Ventas con Pilar Brabo, dirigente del PCE en la Universidad, y con Encarnación Formentí y Pilar Pérez Benito, conocidas como Cani y Pili, militantes del PCE Marxista-Leninista.  “Cada una estaba en una celda individual que daba a un patio. La inmensa mayoría de presas entonces eran las llamadas comunes: ladronas, prostitutas, a las que en el argot carcelario llamaban piculinas, que entraban y salían de la cárcel continuamente; también había matronas que habían practicado abortos clandestinos. Era un submundo de miseria”, explica Natividad. 

El rancho era lo peor. “Para desayunar nos daban achicoria y galletas. Pasábamos hambre. La comida consistía casi siempre en una especie de acelgas con pimentón por encima y algún pescado destrozado, de muy mala calidad, como jureles o caballas”. No todas las presas políticas comían lo mismo. A Isabel Álvarez de Toledo, la duquesa de Medina-Sidonia, conocida popularmente como la duquesa roja, le traían a diario la comida de un prestigioso restaurante madrileño hasta la cárcel de Ventas, donde ingresó encausada por manifestación ilegal.

El espíritu del 39

Entre los muros de Ventas, a finales de los 60 seguía vivo el espíritu de las primeras presas que hizo el franquismo, según recuerda Natividad Camacho: “Metafóricamente las presas políticas del último período enlazamos con las presas precursoras, con el espíritu de las mujeres de la Institución Libre de Enseñanza. Los muros nos hablaban de Matilde Landa y de otras tantas”.Se refiere a luchadoras antifranquistas que defendieron Madrid de los golpistas como Manolita del Arco Palacio (Bilbao, 1920), fallecida en 2006. Su único hijo, Miguel Ángel Martínez del Arco, mantiene viva la memoria de la mujer a la que la dictadura encerró durante más tiempo en la cárcel. En Ventas, estuvo Manolita entre 1942 y 1946. Fue condenada a muerte y pasó seis meses en la galería de penadas de la cárcel, esperando a que fueran a buscarla para ejecutar la fatal sentencia. Se la conmutaron finalmente por treinta años de prisión.Ventas en los 40 fue un infierno. “Hubo en aquella época algo más de 3.000 reclusas, cuando la capacidad de la prisión era para 500”, cuenta el historiador Fernando Hernández Holgado, impulsor del proyecto municipal y especialista en la Cárcel de Ventas y otras prisiones femeninas de la dictadura. Entre 1939 y 1942, ochenta presas de Ventas y de la prisión provisional de la calle Claudio Coello fueron fusiladas en las tapias del cementerio de La Almudena. Los niños mayores de tres años no podían seguir con sus madres en la cárcel. Las presas trabajaban largas jornadas cosiendo o empaquetando sobres para redimir tiempo de sus condenas.

“Pese a todo, El régimen no pudo evitar que los relatos de resistencia, dignidad y solidaridad calaran hondo en el colectivo de presas políticas, contagiadas por la oficina de penadas que puso en marcha la dirigente comunista Matilde Landa durante el año que estuvo en Ventas”, dice Hernández, que recuerda que el germen de este proyecto fue una asamblea del 15-M, en 2012, donde se colocó una placa en el parque donde estuvo la cárcel.

Tres visitas al año

Manolita del Arco quedó libre en 1960. La mayor parte de su condena la cumplió en la prisión de Alcalá de Henares. Una vez en libertad, se casó y tuvo un niño, Miguel Ángel. De niño lo tuvo que llevar al penal de Burgos para que viera a su padre, al que, al poco de recobrar la libertad, le habían vuelto a condenar por su militancia antifranquista. “Los hijos de los presos podíamos ir tres veces al año a ver a nuestros padres: el día de Reyes, el de la Virgen del Carmen y el de la Virgen de la Merced”, cuenta Miguel Ángel Martínez. “El proyecto del Ayuntamiento de Madrid me parece extraordinario. El movimiento feminista no conoce a mi madre. Durante décadas se ha enterrado la memoria colectiva de las presas políticas”, reclama el hijo de Manolita del Arco.

Fue esta un mujer cultivada. Criada en Madrid por su tía abuela, que la matriculó en la Institución Libre de Enseñanza. “Tras la victoria de los nacionales, mi madre estuvo detenida durante un mes en una checa falangista. Al quedar en libertad vigilada, logró un billete de tren y se fue a Bilbao, donde trabajó, con un nombre falso, dando apoyo a los camaradas que huían de España”, explica Miguel Ángel Martínez.

Debido a un chivatazo, Manolita tuvo que huir y se instaló en A Coruña, donde acabó detenida junto a la familia que la acogía. Era 1942, los años más duros de la represión. “En la Dirección General de Seguridad estuvo tres meses sufriendo torturas. Las mujeres sufrieron mucho en aquellos calabozos. Cuando llegó a Ventas fue una liberación para ella”, cuenta su hijo. | Sigue leyendo.

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