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La peor cogorza del alcalde de Trujillo

Fecha: 19/05/2008 2:00 Alberto GAYO ico favoritos Añadir a favoritos

El último güisqui con gas le ha costado muy caro a José Antonio Redondo, alcalde de Trujillo (Cáceres) desde hace doce años. Este socialista desde su juventud no hizo caso de los guardias civiles cuando le dieron el alto. Iba ebrio en el coche oficial y hablando por el móvil.

Ramón MOURELLE

“Dios de vez en cuando se cae del altar. Y este alcalde, que siempre se ha creído Dios, se ha dado un buen tortazo”. Un comerciante de la plaza mayor de Trujillo –municipio cacereño que ronda los 10.000 habitantes– no esconde su alegría. Hace cinco minutos le acaban de dar la noticia, que ya corre como la pólvora por el empedrado de la histórica ciudad cacereña cuna del conquistador Pizarro: José Antonio Redondo Rodríguez, socialista desde la juventud y alcalde de Trujillo desde 1996, acaba de dimitir. O le han obligado a hacerlo.

Aunque en el pueblo muchos vecinos –oposición y comerciantes de la zona turística incluidos– llevan tiempo acusándole de “autoritario”, “visceral”, “engreído” o “prepotente”, su final político ha sido una borrachera cerca de la medianoche, una cogorza que tiene mucho que ver con los calificativos nada cariñosos que le brindan algunos de sus convecinos.

El pasado 16 de abril, el alcalde había estado comiendo con unos empresarios y después viendo en un bar la final de la Copa del Rey entre el Valencia y el Getafe. Reconoció haber tomado vino, güisqui y cerveza. Para volver a casa utilizó el vehículo oficial del Ayuntamiento y se puso a hablar por el teléfono móvil. En la sentencia del juzgado de Cáceres se da por probado que conducía “después de haber ingerido alcohol en la cantidad suficiente para incapacitarle física y psíquicamente para conducir”. Con el volante en una mano y el móvil en la otra se quedó parado ante una señal de stop tanto tiempo que dos agentes de la Guardia Civil debieron pensar: “Ése conduce borracho”. Cuando inició la marcha, le ordenaron detenerse haciéndole señales luminosas. El alcalde no se dio por aludido y siguió –luego explicaría que pensaba que al ser la autoridad municipal los agentes le estaban saludando–. Los guardias le siguieron hasta su casa dándole ráfagas. En la puerta del domicilio, los agentes notaron que el alcalde olía a alcohol, tenía el habla pastosa y no mantenía la verticalidad, “presentaba además rojeces en mejillas y nariz, ojos brillantes y pupilas dilatadas”. Le dijeron que de inmediato vendría un equipo de atestados para practicarle la prueba de la alcoholemia, pero José Antonio Redondo se metió en su casa. Los guardias llamaban a la puerta, pero no les hizo caso. Al salir se excusó diciendo que había entrado a tomarse una copita para subirse la tensión, ya que sufre bajadas bruscas. En las pruebas dio 0,79 y 0,64 miligramos de alcohol por litro de aire.

El delito contra la seguridad del tráfico y la falta por desobedecer a los guardias le han costado al hoy ya ex alcalde una multa de 3.225 euros, 18 meses de privación del carné de conducir y 40 días de trabajos para la comunidad. Pero sobre todo, el puesto y su carrera política. José Antonio Redondo –conocido en el pueblo, por su corpulencia, como El Choto– dice ahora que la decisión de dejar el Ayuntamiento la tenía tomada desde los pasados comicios locales, y esgrime sin cesar que su vida privada –aunque sea a bordo del coche oficial– no le interesa a nadie. “No me arrepiento de nada, a cualquier persona le puede pasar”, dijo a esta revista minutos después de anunciar su retirada. Lo cierto es que los excesos con el alcohol del edil eran conocidos por todos en Trujillo. Amigos suyos del PSOE y otros partidos han admitido que en muchas ocasiones le habían aconsejado moderar su consumo, “pero él está por encima del bien y del mal”, dice un cliente cerca del mesón Beato, el local del que salió aquella noche.

“La condena ha sido ejemplarizante. El alcalde, que conducía borracho pero iba despacio y dentro del pueblo, ha sido el cabeza de turco, y el partido tampoco se ha portado muy bien”, dice un militante socialista. A pesar de que Redondo sostiene que la decisión de dimitir ha sido personal, en Cáceres se comenta que sus jefes en el PSOE tuvieron que hacer muchas llamadas para obligarle a dejar el cargo.

A sus 50 años, separado y con tres hijos, este doctor en Historia Antigua (da clase dos veces por semana en la Universidad extremeña), aficionado al baloncesto y experto catador de quesos llegó a la alcaldía en 1996 tras una moción de censura. Amigos y enemigos salvan su gestión y valoran que tenga las manos limpias. “Cogí el Ayuntamiento con más de siete millones de euros de deuda y lo dejo con casi tres de superávit, y he tenido dos mayorías absolutas, no lo olvide”, le dice al periodista como despedida. Sus formas son las que reciben duras críticas.

De testigo, el capitán

“Lleva doce años usando el coche municipal como si fuese suyo, lo aparca hasta en su casa y luego dice que un alcalde tiene que serlo las 24 horas del día. En cambio, ahora dice que es su vida privada. Es un cacique del siglo XXI. Había veces que pensábamos que habían robado el vehículo municipal porque la gente lo veía a horas intempestivas y en lugares alejados”, comenta un simpatizante del Partido Popular y trabajador de un comercio en el centro.

Matilde Muro, leonesa afincada aquí desde hace más de 20 años y enamorada hasta las cejas de Trujillo, también califica de “impecable” su gestión económica, aunque “sus formas han sido lamentables”. “Una figura pública como el alcalde no debería beber sin control y creerse que este pueblo es su cortijo. José Antonio se ha constituido en alcalde, iluminador, interiorista, arquitecto e ingeniero de Trujillo. Su prepotencia ha sido tal que me creo perfectamente que cuando los guardias le dieron el alto él pensase que le decían adiós. Eso es lo peor, que se le subió el cargo a la cabeza y ostentaba un poder omnímodo. ¿Cómo puede ser que llevase de testigo a su favor al propio capitán de la Guardia Civil? Eso roza la prevaricación”.

Alberto Casero, líder del PP, incide en que sus mandatos han sido un ordeno y mando, que en doce años no ha delegado casi nada importante. “Él ha llevado personalmente Patrimonio, Vivienda, Hacienda, ¡hasta Festejos! Han sido siempre decisiones unilaterales. No puede ser que el 80 por ciento del presupuesto se vaya en gasto de personal”.

Matilde, una peleona que se ha enfrentado a todos los alcaldes, recuerda cuando Redondo retiró las acacias y naranjos de la Plaza Mayor argumentando que cuando se construyó en la antigüedad allí no había árboles, o cuando se dedicó a quitar escudos de monumentos sin atender a la opinión de los expertos, cuando retiró “porque sí” unos toldos en los arcos de la zona monumental que salvaguardaban del calor los escaparates, o cuando les decía a los hoteles la hora de cierre. “Se ha acabado una época y se ha acabado una política basada en «esto se hace por mis cojones»”, sentencia Matilde. Portavoces de la asociación de comerciantes del centro histórico coinciden: “Cuando quitó los toldos teníamos que tener casi cerrados los comercios porque el calor era horrible. Cerró la plaza mayor para hacer obras, prohibió a coches y autocares subir pero no dio alternativas para el aparcamiento a una ciudad que vive de los servicios y el turismo. Un grupo de empresarios hicimos una inversión importantísima, la adquisición de 20.000 metros cuadrados para hacer un aparcamiento, y todavía no hemos podido hacer nada porque él se sacó de la manga otro ‘parking’ quitando la única zona verde de Trujillo”, explican Juanma, Amparo y Antonio. “Por la plaza no viene porque es persona ‘non grata’”, apostillan.

Hasta la policía municipal tiene quejas: “Nuestra situación es penosa. Y la dejadez ha sido la principal apuesta de la corporación. En los últimos cuatro meses de 2007 se produjeron más delitos que en todo el año anterior, antes é ramos una ciudad segura, ahora no tanto”. Marcos, representante sindical de la policía local, admite que los problemas vienen de lejos, que se necesitan al menos 20 agentes “y somos la mitad. Nos deben muchos días de descanso y encima hemos rebajado nuestras pretensiones”. Otro agente municipal se ríe por no llorar. En el 2007, después de movilizaciones y amenazas de huelga, sólo se le ocurre a la corporación dirigida por Redondo proponer que una buena solución sería que los policías fuesen en bicicleta: “Fue una mofa, todo el mundo sabe que Trujillo está lleno de cuestas y empedrado”.

El exceso de confianza ha terminado por cavar su tumba política. Eran muchos años de mayorías absolutas. “Iba sobrado. No es la primera vez que conducía ebrio y le veía la Guardia Civil, hasta delante del cuartel ha pasado en ese estado. Está claro que pensaba: «¿A qué no tienen huevos de parar al alcalde?». Al final, le pararon”, comenta un trujillano.

Su situación emocional tampoco le ha acompañado. Separado y con hijos, José Antonio empezó una relación con la que fue esposa de un cargo en la Junta de Extremadura. “Y por lo que veíamos no le iban muy bien las cosas con ella”, chismorrea el mismo vecino.

En su comparecencia para despedirse, dejó una frase para la posteridad: “Soy un viejo yunque socialista, pero los yunques también tienen fisuras y puntos flacos”. Según explicó, ese punto flaco son sus hijos, y por eso dejaba la política. Otras versiones hablan de que el PSOE extremeño ha dejado que caiga. “No pertenece a ninguna familia socialista y no hace vida de partido”, dicen fuentes socialistas.

Reproches y acusaciones

Enchufismo, puestos municipales hechos a medida, desprecio hacia ciudadanos que acudían a su despacho… todas las acusaciones las niega José Antonio, que siempre responde con las mayorías absolutas logradas. “Hasta el 2007 se creía invencible pero en las elecciones ganó sólo por 31 votos, igualado a concejales con el PP, y todo cambió. El día que fue al juicio rápido por conducir ebrio había vecinos en los balcones haciéndole fotos”, comenta Alberto Casero. Aurelio Moreno, único concejal de IU en Trujillo, ha tenido muchos desencuentros con el alcalde: “Muchos le habían reprochado su actitud y se lo habían advertido. Ahora hay que agradecerle los servicios prestados y mirar al futuro”.

Hay en Trujillo quien cree que José Antonio seguirá influyendo, y otros que esperan que siga el ejemplo de Luis de Ansúrez, el ermitaño, uno de los personajes que aparecen en Leyendas trujillanas, el último libro que ha publicado el ya ex alcalde: “Pues bien, galán, bravucón, jugador y bebedor impenitente era nuestro valiente soldado, hasta que un buen día, sin encomendarse a nadie, dejó esa vida de libertinaje y depravación, y se recluyó en la cueva de los frailes. Allí se pasó el resto de su vida sin ver, ni hablar con nadie, y allí se entregó a Dios”.

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