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La Toja: se llevan el jabón

Fecha: 15/10/2007 2:00 Mariola MORENO ico favoritos Añadir a favoritos

Los trabajadores de La Toja sentían la marca como una familia. Por eso ahora se sienten huérfanos. El fenómeno de la deslocalización ha arrasado en A Coruña un modelo de relaciones laborales que integraba a padres, hermanos, hijos, tíos, abuelos.

Juan VARELA

“Nuestro sudor se ha quedado en La Toja. Para nosotros, la fábrica era más que un trabajo. Fuimos muchos los que entramos en la empresa siendo muy niños y ahora salimos siendo abuelos, sin tener adónde ir”. Chelo López habla presa del abatimiento. Tiene 56 años y casi cuarenta de dedicación exclusiva a la factoría de jabones, sales de baño, geles, dentífricos, perfumes y espumas de afeitar que la multinacional alemana Schwarzkopf & Henkel posee en Culleredo (A Coruña). “En el 69, cuando entré en La Toja, la mayoría de los empleados éramos adolescentes; crecimos en la fábrica. Pasamos de realizar un trabajo rudimentario y artesanal, que consistía en envolver pastillas de jabón con las manos, a contar con las líneas de producción más sofisticadas, manteniendo lo que siempre caracterizó a la marca: el trato familiar. Desde luego, no nos esperábamos el cierre. No ahora; no así”.

Ni Chelo ni ninguno de sus 152 compañeros de trabajo (con una edad media de 46 años) podían imaginar que la firma alemana dueña de la centenaria marca anunciaría que cerraba de manera “irrevocable” sus instalaciones de Galicia para llevarse la producción a Eslovenia, aduciendo una cuestión logística. Y es que, según sus actuales propietarios, la fábrica de Culleredo, “está muy lejos del centro de Europa, lo que encarece los costes de transporte”. Sin embargo, a los empleados no les cabe duda de que lo que mueve a la empresa es abaratar los gastos de personal. “En esos países, con cien euros resuelven el sueldo de un mes, sin que nadie caiga en la cuenta de que para nosotros esto era mucho más que un trabajo”, insiste Chelo, sindicalista “de toda la vida”, a quien, pese a todo, no le duelen prendas en reconocer la sensibilidad que Henkel manifestó con las reivindicaciones de los trabajadores antes de tomar la decisión de echar el cierre: “Conseguimos unos beneficios sociales que no hay en otras empresas en Galicia, es cierto; pero también es verdad que éramos un personal muy comprometido con nuestro cometido”.

Han pasado 102 años desde que nació en el centro de A Coruña la primera factoría que transformaba en cosméticos las sales minerales curativas de la isla de A Toxa (O Grove, Pontevedra). Hasta 1986 permaneció en manos españolas. Ahora seguirá habiendo productos de La Toja, pero las sales gallegas serán transportadas a la antigua Yugoslavia, donde las tratarán manos más baratas. “Es como si La Toja hubiese sido nuestro propio negocio. Era como una empresa familiar. No teníamos la sensación de ser asalariados. Fuimos _ exibles cuando lo pidieron, trabajamos los _ nes de semana que fueron precisos. Por eso, el cierre es aún más doloroso. Es como si se acabase de romper una familia”, dice con voz quebrada Montse Losada. Tiene 39 años y ha pasado los 13 últimos en una línea de envasado de pasta dental. “En mi familia, el cierre ha sido un mazazo que aún estamos asimilando”, añade. No es para menos. Los dos sueldos que entraban en la casa han volado. Su marido –Ricardo Balay, de 45 años, 30 de antigüedad– también era empleado de la factoría.

“Me hundí por completo, intenté encontrarle una lógica al cierre, pero no la tenía. Creímos poder contar con dos sueldos para siempre y en torno a ello habíamos organizado nuestras vidas”, explica Montse. La casa, los estudios de sus dos hijos adolescentes, incluso un más que probable futuro laboral de sus vástagos en Henkel... todos los planes vitales de esta familia llevaban la marca La Toja. Ahora sus esperanzas están puestas en una empresa de recolocación que se ha hecho cargo de los currículos de los 83 trabajadores no prejubilados. “El problema de A Coruña es que no hay industria. Es una ciudad casi en exclusiva de servicios. ¿Adónde vamos si sólo hay tres o cuatro fábricas y la mayoría ya tienen sus plantillas hechas?”, se pregunta José Antonio Varela, quien ha llegado a planear irse a vivir a Murcia, donde tiene una hermana, a buscar un empleo con el que pagar la hipoteca. “Mi mujer se había quedado en el paro, tenemos una casa por pagar y con los sueldos tan bajos que hay en Galicia no veíamos otra salida”.

Al final, después de 36 años y 12 de vida laboral en la fábrica, han optado por quedarse y buscarse la vida. Igual que su hermano gemelo, también empleado en La Toja, y su padre y su tío, ya jubilados. Hasta diez miembros de la familia de José Antonio dependieron económicamente de la multinacional alemana. “Sólo somos números para ellos, y cuando han tenido que dejar en la calle a 153 familias para obtener 1.000 millones de beneficios en vez de 800, pues las han dejado”, protesta José Antonio. “Es el capitalismo salvaje, la globalización del mercado que pisotea los derechos adquiridos de los trabajadores para explotar a los más pobres”, argumenta Chelo, la sindicalista.

“Lo peor de todo es que reconocen que la empresa es rentable, que somos muy competitivos y que habían invertido millones en maquinaria hace dos días, y todo para nada”, cuenta Miguel Aguión, de 46 años, presidente del comité de empresa e hijo de uno de los últimos jaboneros de La Toja. Su compañera de comité Carolina López apenas ha asimilado aún lo que le está pasando: “Durante las negociaciones, preocupados por informar a nuestros compañeros, no pensaba. Ahora se me hace raro no ir a trabajar”. Acaba de cumplir 35 años. Once los pasó vinculada a Henkel. “Te amoldas a un salario, construyes una vida en función de la seguridad de una empresa fuerte y, de repente, todo se trunca”. Carolina ha perdido al hijo que esperaba, “por tantos nervios”.

Estos días sólo 50 trabajadores acuden a diario a la fábrica, pero a desmantelarla para que las máquinas viajen a Eslovenia. Ni Carolina ni Miguel han logrado impedir la fuga de la empresa, pero al menos los empleados de la marca han obtenido buenas condiciones económicas. Todo el personal mayor de 51 años ha sido prejubilado con indemnizaciones de 60 días por año trabajado. Además, Henkel ha prometido no obstaculizar la continuidad industrial del edi_ cio si viene otro inversor. La fábrica ocupa 72.000 metros cuadrados cerca del aeropuerto de A Coruña y aledaños de la autopista que cruza Galicia de norte a sur. Una delicia para los especuladores. “Lo primero que sospechamos cuando nos dijeron que cerraban la empresa es que iban a edificar”, reconoce Carolina López. Salvada la incertidumbre inicial, el alcalde coruñés, Julio Sacristán (PSOE), se ha comprometido “a no recali_ car los terrenos, mantenerlos como suelo industrial y no parcelarlos”.

“El capitalismo es así, no conoce de sentimientos. Las leyes están pensadas para las empresas y siempre perjudican al trabajador”, opina Javier Louro, de 57 años, y oficialmente, como a su mujer de 54, prejubilado de La Toja. “No hemos salido mal parados, pero me hubiera gustado terminar de otra manera –explica Javier–. Estos cierres precarizan cada vez más el empleo, porque los productos de La Toja seguirán vendiéndose, las sales minerales se transportarán hasta Eslovenia, Marruecos o donde sea, pero ¿qué va a pasar con nuestros hijos?”.

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