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Los funcionarios de prisiones denuncian la falta de medios para evitar que el radicalismo islámico se contagie en la cárcel. Interior dice que su plan funciona.

La yihad campa en las prisiones

Fecha: 11/09/2017 Juan José Fernández ico favoritos Añadir a favoritos
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El Plan de Desradicalización que Instituciones Penitenciarias puso en marcha hace un año aún no ha supuesto instrucciones específicas para los funcionarios, ni que haya suficientes traductores de árabe en las prisiones, ni medidas nuevas y eficaces para controlar el cada vez mayor grupo de presos relacionados con el yihadismo. Su ideología se refuerza con folletos que apenas se pueden filtrar, y con la presión que en el patio ejercen los más duros. | Sigue leyendo. 

Cuando, el pasado 11 de mayo, trascendió que Instituciones Penitenciarias estaba investigando la aparición de una pintada del Daesh en un muro de la cárcel de Estremera, a algunos presos de Soto del Real no les tuvo que sorprender la noticia. “No es que haya una o dos. En las paredes de las celdas hay muchas pintadas islamistas –relata a interviú un exrecluso de ese centro penitenciario–. Algunas las hacen los musulmanes rayando la pared con un bolígrafo, y son tan grandes que tardan una semana en terminarlas, sin que nadie les pare”.

Este tipo de grafitis contienen frases escritas en árabe como las de la pintada de Estremera: “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta”. Es el lema de la bandera negra del autodenominado Estado Islámico. También es la jaculatoria que se aconseja rezar a los terroristas suicidas antes de inmolarse. La profusión de este y otros eslóganes es síntoma del clima que viven intramuros los presos musulmanes. 

Los funcionarios no pueden hacer mucho para controlar el fenómeno. “Les oyes hablar en alto, escuchas la prédica del imán el viernes, pero, como no tienes traductor de árabe en la cabina, vete a saber qué dicen”. La ausencia de intérpretes de árabe es una de las más importantes carencias que están impidiendo, según diversos funcionarios consultados, un buen control de los yihadistas en prisión. Es también, de hecho, uno de los problemas para la aplicación del último plan del Gobierno para vigilar y desfanatizar a los islamistas radicales que cumplen condena. 

Se trata de la orden I-02/2016. La firmó el secretario general de Instituciones Penitenciarias, Ángel Yuste, el 25 de octubre de 2016. Su objetivo es “prevenir la captación para la causa radical islámica en los centros penitenciarios” mediante un “programa específico de intervención con internos ya radicalizados”.

Balance cero

En el preámbulo, la orden cuenta que la prisión es “un ambiente hostil donde el interno puede sentir la necesidad de formar parte de un grupo que le preste apoyo efectivo y seguridad (…) la formación de grupos cerrados de carácter étnico-religioso puede ser utilizada como un factor que propicie la radicalización”. La norma advierte de que “lo fraguado en el interior de una prisión puede exportarse a otros centros penitenciarios, o al exterior”

El programa de desradicalización de Interior despliega un extenso catálogo de medidas en las que la actividad central es la obtención de información sobre “el deterioro” de un preso musulmán radical. Fuentes de Instituciones Penitenciarias sostienen que el plan está funcionando, y que dan idea de su buena marcha detalles como “el escaso número de incidentes protagonizados por este tipo de internos”. En Francia, donde son numerosos, montan graves algaradas en los módulos; en España lo intentaron en la prisión de Jaén en febrero pasado, pero su plan se abortó porque internos yihadistas colaboraron con los funcionarios.

Estas fuentes de Instituciones Penitenciarias sostienen que “la eficacia del programa se puede constatar en el cambio de actitud de ciertos internos yihadistas, que han empezado a reconocer últimamente en sede judicial los hechos cometidos”. Hay ya ocho casos.

Estas fuentes admiten que la evolución de un fanático requiere tiempo. En un etarra la media estaba en ocho años de encierro; un islamista puede necesitar  más. Quizá por eso, en un año de aplicación del plan, no se ha desradicalizado aún ni un solo yihadista en las cárceles españolas. 

Los funcionarios consultados denuncian otras razones que explican el balance cero. La ausencia de traductores es una de las principales. Según lamenta CCOO-Prisiones en una carta al ministro Juan Ignacio Zoido del 30 de agosto, el 45 por ciento de las plazas de intérpretes están sin cubrir. Solo hay 17 traductores para 83 prisiones del Estado.

Y los traductores activos están  en el control de comunicaciones, lamenta un veterano penitenciario, por lo que “nunca están con nosotros en la cabina. Así que, si te quieres enterar de lo que está gritando uno, tienes que tirar del recurso pedestre del preso de confianza:  ‘A ver, Mustafá, ¿qué está diciendo ese?’  Y Mustafá te dirá lo que te quiera decir”

Aunque los mensajes de radicalización –explican fuentes penitenciarias– no se dan en la oración, ni en charlas de unos presos a otros. “La mayor parte de esos mensajes entran escritos en la prisión”, aseguran. Es el caso aún reciente del decomiso de propaganda radical en una cárcel de Andalucía. Venía en un libro escrito en árabe editado en Alemania, uno de los centros editoriales del Daesh para Europa. Pero los funcionarios de prisiones lamentan: “No contamos con un catálogo de editoriales o títulos peligrosos, y no sabemos cómo filtrar”.

No basta además con saber árabe: hay que saber de qué se habla. La reivindicación sobre Al Andalus, o sobre Ceuta y Melilla, figuraba  en una veintena de incautaciones de este tipo de material, aseguran fuentes no oficiales penitenciarias.

Dispersión

Los presos relacionados con el yihadismo están dispersos en 53 de los 83 centros penitenciarios del Estado. Eso “evita la influencia negativa que unos pueden ejercer sobre otros y propicia una mejor intervención frente a eventuales incidentes”, explican fuentes de Instituciones Penitenciarias. Ninguno de ellos está en cárceles catalanas, por las transferencias que en materia penitenciaria tiene la Generalitat.

“No tenemos presos yihadistas, pero sí presos musulmanes susceptibles de serlo, o en conversión”, dice un veterano funcionario de las cárceles barcelonesas. Los funcionarios catalanes de prisiones no han dispuesto de ninguna indicación del gobierno catalán para la vigilancia de este fenómeno, “ni protocolos, ni gente especializada. Sí la hay en los Mossos, pero no entre nosotros”, lamenta el vigilante. A algunas cárceles catalanas acaba de llegar un formulario, de una docena de preguntas sobre signos de fanatización, “pero las preguntas las tiene que rellenar un funcionario raso, y sin formación específica. Si queremos formación sobre yihadismo, tenemos que buscárnosla y pagárnosla nosotros –se lamenta el vigilante catalán–. Y eso que Cataluña es el principal territorio de radicalización en España, después de Melilla”. La carencia de traductores de árabe, indica la misma fuente, es igualmente acuciante en las cárceles dependientes de la Generalitat

El yihadismo crece intramuros. Y Fuentes de Instituciones Penitenciarias señalan que el número de internos en seguimiento especial por su posible vinculación con el extremismo islamista ha pasado de 87 en julio de 2014 a 271 en julio pasado, fecha del último recuento. | Sigue leyendo. 

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