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Mujeres marroquíes dan de comer a menores inmigrantes que duermen en las calles de Barcelona desafiando a los servicios sociales municipales.

Las madres rebeldes de los niños de la cola

Fecha: 10/02/2017 ico favoritos Añadir a favoritos
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Una veintena de chavales deambulan por el centro de Barcelona. Duermen en descampados, algunos inhalan cola o cometen pequeños hurtos. Todos escapan a la red establecida por los servicios de protección. Otra red espontánea se acerca a ellos con comidas populares en plazas. Lideran el movimiento dos madres inmigrantes a las que se han unido vecinos que critican las rígidas políticas que permiten que haya menores sin techo. | Sigue leyendo.

La llaman Jalte Ámina (Tía Ámina), la saludan educadamente, le dan besos en la frente cuando se despiden, alaban su cuscús y le dan las gracias en árabe una y otra vez, reverenciales como manda la cultura de sus países (Marruecos, principalmente, y Argelia). Ella les mira comer, les habla suave pero firme y les vigila al marchar. Serena como una matriarca, preocupada como una madre. 

Parece una escena más de una reunión familiar. Pero esta transcurre en un rincón de una plaza de Barcelona, en un huerto urbano en el conocido como Forat de la Vergonya (Agujero de la Vergüenza). Es una zona deprimida, en el Pou de la Figuera, del centro de la ciudad, en el barrio de la Ribera. En su día albergó grandes esperanzas urbanísticas y fue rescatada en una de las primeras victorias del asociacionismo vecinal barcelonés. 

Sobre una mesa improvisada con trozos de palés y retales de encimeras de formica, se ha improvisado un banquete. Dos grandes bandejas de colorido cuscús, con verduras y cordero. Alrededor de los platos repletos pasan hasta quince chicos entre las 22 horas y la medianoche. Son chavales que viven en la calle, algunos son menas (menores no acompañados que llegaron irregularmente al país), también se les conoce mediáticamente como chicos de la cola porque algunos esnifan pegamento. “Ahora no vemos que lo hagan, delante de nosotras, no. Si están fumando, cuando nos ven, esconden el porro”, explica Jalte Ámina. 

No todos son menores, pero ninguno sobrepasan la veintena. Llevan años deambulando, pasaron tiempo en Melilla, mal cruzaron el Estrecho y llegaron llenos de ilusiones, de poder mandar dinero a sus familias, de llevar una vida mejor, formar familias, trabajar… No muy diferente a cualquier joven. 

ACOSO POLICIAL

La realidad impone otros planes. Algunos han pasado por centros de protección de menores pero o no se adaptaron o fueron expulsados al cumplir los 18 años. O acabaron relegados por el sistema, tras condenas y multas por hurtos. Cuentan situaciones de abusos policiales, de maltrato, de como son desplazados de un barrio a otro, hasta que allí se arma la protesta vecinal y vuelven a ser empujados a otras calles. 

No son los únicos que refieren el acoso. Manel (no da su apellido), miembro de la Plataforma por los Derechos de los Menores y Jóvenes Migrantes, lo corrobora. Muestra fotos en su móvil de chicos con marcas de esposas en las muñecas; de caras con golpes supuestamente producidos durante una detención.Este activista afirma que los educadores y asistentes sociales –trabajadores de empresas contratadas por el Ayuntamiento– tienen miedo a contar lo que ven. “Si lo hacen tienen que abandonar su carrera porque aquí no les vuelven a contratar. Ni siquiera tienen que echarles, basta con no renovarles el contrato, que a muchos se les amplía mes a mes,” apunta Ernest Morera. 

Habla desde su librería en el barrio de El Raval. Es un local pequeño y esquinado por el que pasan miembros de la plataforma. Tiene aroma a aquellos locales clandestinos de antes.

Justicia de barrio

“La existencia de estos chavales, mal llamados de la cola, y la labor de las madres coraje, evidencian la falla de un sistema que deja que en Barcelona, en el siglo XXI, haya niños que duerman en la calle”, sentencia Morera. Forma parte de un movimiento asociativo de barrio que ya viene engrasado de luchas a favor de los derechos de los manteros o para salvar el gimnasio social de Sant Pau, toda una institución en El Raval. El centro también abre sus puertas a estos chavales para que practiquen boxeo, aprendan disciplina y convivencia y tengan un lugar donde asearse. “Cuando decidimos intervenir con los chicos de la cola y nos acercamos al barrio de La Ribera, vimos que existía una red que funcionaba y decidimos apoyar a las madres”, añade Morera.

Las madres comenzaron su labor hace tres años de una forma espontánea: veían a niños deambulando por las calles y durmiendo en rincones. Empezaron a hablar con ellos en su idioma, a escucharles. Poco a poco ellos se acercaron, iniciándose una relación que es lo más parecido a lazos familiares que ellos tienen aquí. “Me lloran, me dicen que echan de menos a sus madres. A nosotras nos respetan, nos quieren y yo me he encariñado con ellos y lo siento de verdad cuando dejo de ver a uno. Se van muchos a Francia”, dice Ámina. Ella les sube a casa para que se duchen, lo hace a escondidas de su marido.

Ámina llegó hace 37 años a Barcelona, con apenas 18, ya casada. Ha pasado toda su vida adulta aquí y aquí nacieron sus cinco hijos. “Veo a estos niños tan solos y pienso en los míos. No puedo dejar de preocuparme por ellos y de ayudarles”, dice.

Khadeja es otra de la madres que preparan comida para la veintena de chicos que se acercan cada viernes a la plaza. “Han pasado muchos, más de 50”, asegura. No llevan la cuenta de los que en tres años se han sentado a su mesa. Es una mujer activa, echada para delante Los servicios sociales les han pedido que no ayuden a los menores, de los que tiene la tutela la Generalitat, porque al recibir apoyo dejan de ir a los centros. Las madres desafían esa petición convencidas de que no son parte del problema, sino de la solución. 

Khadeja se inquieta porque los chicos no llegan y el cuscús se enfría. “Tienen que comer caliente, al menos hoy”, repite. No oculta su enfado: “aquí viene gente que nos mira desde el otro lado de la valla, periodistas que nos dicen que lo hacemos muy bien… pero aquí las que cocinamos, las que nos lo echamos todo a la espalda somos Ámina y yo, y esta gente”. Señala a los voluntarios de la plataforma que esa noche se han acercado a acompañar la cena: Esteban Yanischevsky., Paula Rossi y dos chicas jóvenes, Fátima Zouiri e Imen Laantit, otras dos almas del movimiento. 

La árida arenga de Khadeja se suaviza cuando pasas un rato a su lado. Su historia debe esconder, como tantas otras, muchos momentos difíciles y eso le ha llevado a ser desconfiada pero sobre todo a ser solidaria. Ha cargado con su plato de cuscús que ha cocinado en su casa, cerca de la plaza. Se sienta a abanicarse en la cálida noche veraniega mientras espera inquieta a los muchachos. “Me dicen que los han visto por l’Arc de Triomf (a 500 metros del Pou de la Figuera)”, lee Fátima Zouiri en un mensaje de WhatsApp. “Alguna vez ha habido alguna chica, pero ellas encuentran más salidas —explica Auatif Laantit (21 años), otra de las activistas–. Las adoptan o se casan o…”. No acaba la frase, deja el interrogante en el aire el incierto destino de esas niñas que nadie reclama y que pueden acabar en redes de trata. Ellas son una de las facetas más invisibles de la lacra de chicos de la calle.

Por la noche, los muchachos se acercan el improvisado comedor colectivo. “Comedor rebelde”, lo llama una de las voluntarias. Paula Rossi llegó hace un año de Argentina, venía con una experiencia de activismo social que pronto actualizó en la Ciudad Condal. Al mes estaba enrolada con las madres y otras luchas de barrio. Es psicóloga y también hace cierta labor ambulante con los muchachos. 

Este movimiento, subraya Fátima Zouiri, tiene un género y es el femenino. “Aquí, tanto las madres, como las ‘hijas’, somos mujeres, aunque pertenecemos a una cultura que se tiene por machista, que presenta a mujeres musulmanas como sumisas. Aquí se ve que no, se percibe como somos respetadas por esos chicos”, explica la joven.. 

Ha estudiado Integración Social y, ahora, Trabajo Social. Ejerce desde una fundación que trabaja con cuestiones de salud mental. Supo pronto que no quería “ser cómplice” de servicios sociales que, considera, son dirigidos con perspectivas empresariales y dejan por el camino la visión más humana. Por eso milita desde la calle en movimientos contra la marginación. “Establecemos con ellos una relación horizontal, no de caridad, no les damos dinero, les ofrecemos acompañamiento, apoyo. Aprendemos de ellos, hay algunos que hablan árabe, francés, alemán y español”, afirma. A sus 23 años, tiene las cosas bien claras. “No somos una institución, les vemos en la plaza, pasamos días, noches, con ellos, les ayudamos con palabras, escuchándoles, sin volverles la cara al pasar como hace la mayoría. Les ofrecemos un contacto humano cuando parecen ser invisibles, peor, parecen tener la peste”, declara Fátima. Habla rápido, su discurso se va encendiendo. “A ninguno de nosotros, inmigrantes, nos es desconocido el sufrimiento de estos chicos. Todos hemos sufrido o tenemos cerca el problema de los papeles, la segregación, racismo, deportaciones… y no podemos estarnos quietos”, explica. | Sigue leyendo.

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