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El cadáver de Nicolae Ceaucescu

Lo que queda de un tirano

Fecha: 26/08/2010 9:03 • Texto: Javier Mendoza • Fotos: Libertatea ico favoritos Añadir a favoritos

El 21 de julio se exhumaron los cuerpos de Nicolae Ceaucescu y su mujer. El yerno del caudillo comunista rumano –que hace dos años registró la marca ‘Ceaucescu’– planea rehabilitar al dictador en plena recesión y en un país donde más de la mitad de la población cree que aquel hombre, que convirtió el país en una cárcel, también hizo cosas buenas.

El cadáver de Nicolae Ceaucescu El cadáver de Nicolae Ceaucescu • Fotos: Libertatea

Todo proceso de exhumación conlleva un elemento inquietante. Y más si hay ancestrales leyendas rumanas que afirman que ciertas personas pueden salir de sus tumbas convertidas en vampiros o morois (una suerte de zombis en aquellos lares) y que la única forma de detener estas escapadas nocturnas para siempre es profanando las tumbas de los sujetos sospechosos.

Precisamente una de las razones esgrimidas por el entonces general en jefe del ejército rumano Víctor Atanasie Stanculescu para ocultar los cadáveres del matrimonio Ceaucescu en una cámara frigorífica del hospital militar de Bucarest durante cinco días y luego darles sepultura de tapadillo fue impedir una posible profanación: “Se decidió evitar que se mezclaran el pasado y el futuro, por lo que los cuerpos fueron llevados al cementerio civil. Y para que nadie profanara sus tumbas fueron sepultados bajo nombres ficticios”.

No obstante, el pasado 21 de julio, hacia las siete de la mañana, nada ni nadie pudo evitar que pasado, presente y futuro de Rumania convergieran en el cementerio de Ghencea, al oeste de Bucarest. Mircea Operan –yerno de Ceaucescu y viudo de Zoia, hija del dictador– se introdujo en el camposanto acompañado de un fotógrafo, un cámara, un fiscal y un equipo forense del Instituto de Medicina Legal con el objetivo sigiloso de comprobar mediante una prueba de ADN si, efectivamente, los cadáveres enterrados allí desde el 30 de diciembre de 1989 corresponden al matrimonio Ceaucescu.
Según el testimonio de la periodista británica Alison Mutler, presente en la exhumación, lo único que consiguió romper el silencio fue el ruido de un helicóptero de una televisión que seguía el proceso desde el aire. De hecho, este ruido mediático, que ha esparcido titulares por medio mundo, da muestra del conjunto de enigmas que todavía rodean la muerte del dictador rumano y su esposa Elena, los únicos tiranicidios llevados a cabo en el bloque socialista durante los procesos revolucionarios de finales de 1989.

No es casualidad que Mircea Operan y su hijo Valentín hayan registrado hace dos años la marca Ceaucescu con el objetivo de rehabilitar la imagen del dictador. “La exhumación tiene la intención política de presentar a Ceaucescu como víctima por haber sido procesado de manera injusta y para que la gente tenga lástima de aquel dictador y se olvide de sus crímenes”, afirma Dan Voinea, uno de los abogados que participan en el proceso de exhumación.

Después de media hora, la tumba de Ceaucescu estaba abierta y dos horas después, también la de su esposa Elena. “Mi suegro –afirma Operan– fue enterrado sobre serrín mientras que mi suegra tenía la cabeza mirando hacia el Este. Fueron sepultados en un pasillo estrecho”.
Este proceso fue iniciado por la única hija de Ceaucescu, Zoia, en 2005. Tras morir ella en 2006, su viudo decidió continuar. “Me inclino a pensar que sí son los restos de mis suegros, pero habrá que esperar a la prueba del ADN para estar seguros al cien por cien”. El sombrero y la bufanda de Ceaucescu fueron fácilmente reconocidos.
Mircea Operan no dudó al señalar a Ion Iliescu (miembro del Partido Comunista, y más tarde, presidente de Rumania en democracia) y a Petre Roman (primer ministro tras la caída del comunismo) como “responsables de este crimen y de enterrarlos como a paganos”.

Según el historiador Vladimir Tismaneanu, “fue un tiranicidio ordenado por una junta revolucionaria que organizó un simulacro de justicia. Un proceso auténtico habría significado un juicio contra la dictadura comunista, y los que estaban en el poder no podían tolerarlo”.

La fuerte recesión económica que sufre Rumanía ha disparado el número de nostálgicos. Un 52 por ciento de los rumanos piensa que Ceaucescu hizo también muchas cosas buenas por el país, el 31 por ciento afirma que fue el mejor líder de todos los tiempos y sólo un 13 por ciento sostiene que fue un dictador que acabó con el Estado y los derechos fundamentales.

Desafió a la URSS
Nicolae Ceaucescu (1918-1989) consiguió abrirse paso desde su humilde puesto de ayudante de zapatería hasta la secretaría general del PCR en 1965. Su política de marcado carácter nacionalista fue tan independiente que le llevó a desafiar a la propia URSS al condenar abiertamente la ocupación soviética de Checoslovaquia en 1968.

El 21 de agosto de 1968, en la llamada plaza del Comité Central, donde años después el propio dictador construyó el Palacio más grande del mundo, Ceaucescu pronunció el discurso más importante de su vida.
A partir de su desafío a la Unión Soviética, el autoproclamado Conducator (conductor) rumano se convirtió en una celebridad y fue percibido por Occidente como una pequeña grieta en el inquebrantable telón de acero. De ahí la visita de Richard Nixon en 1969 y el recibimiento con todos los honores por parte de la Reina británica un año después. Durante un tiempo, Ceaucescu consiguió mantener la farsa de sus logros económicos bajo el culto a su personalidad, al estilo albanés o norcoreano, lanzando el mensaje inequívoco de que, por fin, los rumanos tendrían su propia voz en el mundo y no volverían a verse pisoteados por potencias extranjeras.


Pero, como en todo régimen comunista, la realidad era diametralmente opuesta a la propaganda del partido. El proceso de industrialización forzosa llevado a cabo por Ceaucescu y que despojó a miles de campesinos de sus tierras para hacinarlos en bloques de infraviviendas en las ciudades había resultado un fracaso. No solo no se produjo la prometida industrialización sino que en el camino arrasó la agricultura, generando una serie de hambrunas en un pueblo que, por otro lado, sabía perfectamente que las cartillas de racionamiento eran inútiles ya que, por ejemplo, era imposible encontrar carne o fruta en los supermercados.
Cuando el 21 de diciembre de 1989, recién llegado de una visita a Irán, Ceaucescu congregó por última vez a las multitudes frente a la plaza del Comité Central, ya se habían producido serios altercados en la ciudad de Timisoara, donde se dio orden de disparar contra la muchedumbre que gritaba “¡Abajo el comunismo!” y “¡Muerte al dictador!”, mientras él y su esposa todavía seguían viviendo el sueño comunista del culto a la personalidad.

Nada más empezar su discurso, en vez de escuchar los habituales aplausos, se oyó un intenso abucheo que dejó desconcertado a Ceaucescu. De nada servían los esfuerzos de los cámaras por mostrar gentes pacíficas y de la propia Elena por susurrarle consignas a su marido (“dales tres kilos de carne más’”). El pueblo rumano ya había tenido bastante y decidió asaltar el palacio presidencial mientras el matrimonio escapaba en helicóptero. Su hija, Zoia, fue detenida por el ejército en un piso de Bucarest donde se hallaron joyas y dinero. Más rocambolesca fue la detención de la suegra del dictador, Elena Petrescu, de casi 100 años, descubierta “deshidratada y en precario estado” bajo la cama del palacio donde había permanecido escondida.
En medio del caos y de la confusión del momento, con partidarios de la revolución y de Ceaucescu peleándose en las calles, el general Stanculescu, jefe del ejército, decidió hacerse cargo de la situación. Obligó al piloto del helicóptero en el que viajaba el matrimonio Ceaucescu a aterrizar bajo el pretexto de un posible ataque y luego los capturó en un control de carretera trasladándolos hasta una zona militar. El día de Navidad de 1989, el soldado Dorin Marian Carlan dio un paso al frente cuando pidieron voluntarios para una misión de grado cero, es decir, las más peligrosas. No podía imaginar que iba a ser testigo de las últimas lágrimas del dictador rumano. Stanculescu reunió a ocho soldados y les explicó que los Ceaucescu iban a ser juzgados y condenados por orden de la nueva autoridad. Eligió a tres para llevar a cabo el fusilamiento. Carlan estuvo entre ellos.

El tribunal militar no tuvo ninguna garantía ya que su propio abogado les acusó de genocidio, de la hambruna del pueblo y del derrumbamiento de la quinta parte de las construcciones del país. En menos de dos horas se decidió su condena a muerte. “Plazo de recurso, diez días. La sentencia se ejecuta de inmediato”, escuchó Carlan al final del juicio.
Ataron las manos del matrimonio. “Camino del paredón –recuerda Carlan– Ceaucescu se volvió hacia mí. Vi lágrimas en sus ojos”. “¡Viva la Rumanía socialista, libre e independiente! ¡La historia me vengará!”, gritó Ceaucescu antes de empezar a cantar La Internacional.

Elena no murió inmediatamente. Carlan tuvo que rematarla. La imagen del dictador y su esposa dio la vuelta al mundo. Sin embargo, el secretismo originó todo tipo de leyendas urbanas como que, en realidad, habían logrado escapar a Cuba. Ahora sólo habrá que esperar seis meses para saber si los huesos desenterrados son lo que queda del dictador.

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