Entre las ruinas de lo que fue uno de los frontones más importantes de España, el Beti Jai, en el barrio madrileño de Chamberí, malviven cuatro ‘okupas’ rumanos y un español. El edificio, que debería tener la misma protección que la fuente de la Cibeles, ya que ambas comparten la catalogación de monumento.
Fernando CÁRDENAS
A escasos veinte metros del imponente Paseo de la Castellana de Madrid, en el número 7 de la calle Marqués de Riscal, y rodeado por las lujosas viviendas que proliferan en esa zona del barrio de Chamberí, se levanta el frontón Beti Jai, construido en 1893 y diseñado por el famoso arquitecto vasco Joaquín de Rucoba. A principios del siglo pasado fue uno de los más esplendorosos edificios deportivos de España, debido a sus dimensiones, más de 4.000 metros cuadrados. Se caracterizaba además por su extraña forma de conjugar tres estilos: una fachada neoclásica, una pared y un portón neomudéjar y la grada encuadrada dentro de la arquitectura del hierro. Hoy, sin embargo, sirve de refugio a cuatro inmigrantes rumanos y un español. “Yo soy de Madrid de toda la vida, pero he viajado muchísimo”, dice Rubén tras recibir a los periodistas con desconfianza. Pero poco a poco comienza a soltarse y cuenta a trompicones su historia: “Llevo tres meses aquí. Ahora quedamos cinco, pero hemos llegado a vivir más de 15 personas. Al final, o ha venido la policía o hemos tenido problemas entre nosotros. Hubo una época que había punkis con sus nenes y todo”. Rubén conoció en la calle a Gabi, un rumano nacido en Bucarest hace 25 años, y le ofreció instalarse con él en el antiguo frontón. Poco después llegaron el primo de Gabi, Cristian, y dos amigos, Catelin y Petro. Este último es el único de los cuatro que habla castellano con cierta fluidez. Los demás apenas se defienden con palabras sueltas y signos trazados con su manos. Todos han trabajado en la construcción pero ahora buscan chatarra para vender mientras malviven, paradójicamente, en uno de los barrios más caros de España. “Dormimos en dos partes diferentes del edificio para controlar si entra gente”, explica Rubén. Los rumanos duermen a la intemperie, en una de las antiguas graderías de hierro que se ha quedado sin fachada, y el español en lo que él llama con sorna su “suite”. Es una estancia situada junto a la entrada del frontón que tiene las puertas y ventanas tapiadas: “Están todas cerradas menos una, que es por donde se entra”. Entre sus pertenencias, Rubén cuenta con un transistor y un tablero de ajedrez: “Me gusta mucho, pero los rumanos son la ‘polla’ jugando”.
El mendigo español ha dado muchas vueltas hasta aterrizar en el Beti Jai: “He viajado por todo el mundo. En 2004 incluso llegué a jugar el mundial de fútbol de la calle en Goteborg (Suecia), y después estuve otra vez viajando hasta hace casi un año”. Rubén y los cuatro rumanos ejercen de cicerones por los recovecos más insospechados del edificio, que trasluce el abandono que ha sufrido. Y eso que oficialmente sigue catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de monumento. “Desde que dejó de utilizarse para jugar a pelota, este edificio ha servido para todo. Fue un garaje de Citroën, después se convirtió en taller y, algo que muy poca gente sabe, también sirvió de estudio cinematográfico. Hemos encontrado muchas bobinas de cine y productos para revelarlas”, explica Rubén mientras muestra una de esas enormes bobinas de película de 35 milímetros. Curiosamente, en los últimos tiempos el frontón también ha formado parte del sumario del caso Malaya, al ser uno de los edificios con los que contaba para hacer operaciones inmobiliarias Montserrat Corulla, la presunta testaferro de José Antonio Roca en Madrid.
Esta última y conflictiva etapa del Beti Jai comienza en 1998, cuando un grupo de empresarios vascos lo compra a PSA Citroën por 385 millones de las antiguas pesetas. Parecía que su intención era rehabilitarlo para devolverle su función original. Entonces entró en escena Corulla, supuestamente con la intención de despojarlo de la categoría de equipamiento deportivo. Según asegura Teresa Biehn, vocal del PSOE en Chamberí, “la abogada se presentó ante el Ayuntamiento como portavoz de los propietarios con la intención de agilizar las licencias para quitar la protección del frontón y convertirlo en un hotel de lujo. Incluso se encargó el proyecto al arquitecto Rafael Moneo”. Pero estos planes se paralizaron cuando la Asamblea de Madrid aprobó en 2006 una propuesta para evitar la descatalogación del inmueble, a lo que se sumaron las entradas en prisión de Roca y Corulla.
Después, el Beti Jai volvió a caer en el olvido, aunque el escándalo ha conseguido alzar algunas voces de protesta como la de José Miguel Rueda, miembro del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM): “Si Madrid quiere ser candidata olímpica, ¿cómo deja que se caiga su edificio deportivo más antiguo y uno de los más importantes? Sólo harían falta tres millones y medio de euros para rehabilitarlo. Además, a ojos de la ley el frontón tiene la misma protección que la Cibeles”.
Ajenos a estas maniobras, los okupas utilizan el frontón seguros de que sus propietarios conocen su existencia: “Los dueños se pasan de vez en cuando y no les importa que estemos aquí”. Sin embargo, algunos porteros de la zona aseguran a esta revista que en varias ocasiones la policía y los bomberos han tenido que acudir al inmueble por los fuegos provocados por los okupas. Miguel Ángel López, vicedecano del COAM, asegura que “en un edificio tan extremadamente degradado, un fuego puede dañar gravemente la estructura. Hay que recordar que el Beti Jai es el último de los cuatro grandes frontones que existían a principio de siglo en la capital. Su desaparición sería como la del último lince ibérico”.
A sus actuales inquilinos, sin embargo, sólo les preocupa conseguir papeles, un piso o simplemente mejorar sus vidas. “Si estamos aquí es porque no tenemos donde ir. Los rumanos esperan que se normalice su situación para trabajar y que no les engañen como otras veces, y yo… Yo ya no sé qué espero”, concluye Rubén.
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