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Los payos vigilan a los gitanos

Fecha: 17/11/2008 0:00 Danilo ALBIN ico favoritos Añadir a favoritos
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En uno de los barrios de Sestao (Vizcaya) más deprimidos y azotados por el paro, vecinos payos patrullan por la noche intentando sorprender a vecinos gitanos con las manos en la masa. Hay una media de 30 delitos al mes, dicen los payos.

Ala una de la madrugada, 20 personas, en su mayoría hombres, se reúnen en una esquina de la calle Txabarri. Preparados con paraguas, chaquetas y gorras, se alistan para iniciar una nueva patrulla vecinal nocturna por la zona más pobre de Sestao. La mayoría son extremeños, andaluces y gallegos que hace décadas se instalaron aquí para trabajar en la entonces pujante industria de la margen izquierda del Nervión. Otros son hosteleros y comerciantes que mañana tendrán que madrugar. El más joven tiene 32 años; el veterano del grupo, que camina con bastón, 82.

Un coche de la Policía Municipal y otro de la Ertzaintza pasan junto a la patrulla ciudadana. Les miran, hacen un rápido recuento y, sin bajar la ventanilla, se pierden por las húmedas calles. “Sólo vienen a controlarnos a nosotros”, afirma Manuel Fernández, presidente de Txabarri Garbi (Txabarri Limpio), la asociación vecinal que promueve las patrullas ciudadanas. Quince minutos más tarde, la veintena de guardianes nocturnos arranca su peregrinaje por las calles desiertas. Caminan despacio, se meten por callejuelas, comprueban que está todo en orden. Entran en los portales de la zona caliente, el área donde sospechan que algunos gitanos del barrio pudieran robar, alumbran con la linterna y reanudan la marcha. Las ventanas de las casas habitadas por gitanos están cerradas.

Manuel Fernández es gaditano. Como cientos de andaluces de la localidad vizcaína, lleva años afincado en Sestao. Asegura que en su barrio se registran unos treinta delitos mensuales, “pero muchas veces los vecinos no denuncian por miedo”. Hace algunas semanas, los padres de un menor que había sido agredido en la calle retiraron su denuncia. “Los que pegaron a su hijo les dijeron que si seguían adelante, les cortaban el cuello”, asegura Fernández. En las últimas semanas ha habido robos en un supermercado, una ferretería y una tienda de música. Detrás de estos hechos, dicen los vecinos payos, están “determinados gitanos” españoles y algunos inmigrantes rumanos recién llegados al barrio.

José Manuel Laje, propietario de un bar que lleva 25 años en el corazón de la calle Txabarri, mira a la carretera, mueve su cabeza y se resigna. “Antes abríamos a las cinco de la mañana y esto se llenaba de trabajadores”, recuerda. Hace unas semanas alguien forzó el cierre de su bar. Era la octava vez que le intentaban robar. Algunas calles más adelante, el joven hostelero Borja Quintás relata que este mes entraron a su comercio dos veces en tres días. La segunda vez fue tras los ladrones, pero le amenazaron. “Sé que fueron gitanos”, asegura. A José Luis Lagüera, dueño de otro bar, la policía le despertó hace veinte noches para avisarle de que habían intentado abrir la persiana de su establecimiento. Su alarma, conectada al cuartelillo de la Ertzaintza, lo impidió.

La tensión reina justo detrás de dos de las principales fábricas que tuvo el País Vasco: Altos Hornos de Vizcaya y La Naval. La primera cerró en 1996; la segunda sufre una crisis permanente. Las familias gitanas afincadas en la zona malviven desde hace años en antiguas casas de madera que antaño se construyeron para los obreros. “Tras la caída de la industria y la pérdida de empleo los precios de los pisos bajaron, y empezó a venir gente que no era aceptada en otros municipios de por aquí por su forma de vivir. Mucha de esa gente se instala en los portales, no paga luz ni agua y vive de las ayudas sociales –sostiene el presidente de Txabarri Garbi–. Había viviendas por las que se pagaron 180.000 euros y hoy se pueden comprar por 24.000”.

En las 15 salidas nocturnas que ha hecho hasta ahora, la patrulla vecinal sólo ha tenido que intervenir en una ocasión, cuando dos desconocidos rompieron un cristal del portal número 23 de la calle Los Baños para meterse dentro. La brigada vecinal llamó a la policía y los sospechosos acabaron en comisaría. Poco antes de terminar la ronda, vecinos y comerciantes admiten que el cansancio es cada vez mayor, que quizá paren tres o cuatro días, aunque seguirán clamando a las autoridades hasta que sea necesario.

La policía cierra de noche

El alcalde de Sestao, José Luis Merino (PSOE), ha declinado hacer declaraciones, mientras que desde la oposición, PNV y PP dicen “entender, pero no apoyar” las medidas de los vecinos. “Lo triste es que sean los propios vecinos quienes tienen que salir a la calle para garantizar la seguridad, cuando es obligación de los servicios municipales hacerlo”, lamenta Eduardo Andrés, portavoz popular en el Ayuntamiento.

En el barrio hay una oficina de la Policía Local, pero sólo abre de día. La dependencia policial no escapa a la realidad de Txabarri: como muchos locales comerciales, el local está protegido con alarmas. La pasada semana, el portavoz del Partido Nacionalista Vasco en el Ayuntamiento, Josu Bergara, exigió que esa oficina abra las 24 horas del día, y propuso la colocación de cámaras.

En la actualidad, el Gobierno vasco y el Ayuntamiento de Sestao impulsan un plan de regeneración urbanística para la zona, con posibles realojos de las denominadas “familias conflictivas”. Pero el concejal del PP, Eduardo Andrés, asegura que el compromiso se ha incumplido porque familias que habitaban un edificio abandonado conocido como La Casa Grande “han sido trasladadas a la calle Txabarri”.

Entre los gitanos afincados en Sestao reina el hermetismo. Por las grises calles de su barrio casi ninguno quiere hablar de las denuncias de los payos, y mucho menos de las patrullas vecinales. Casimiro Amaya, miembro de la asociación socio-cultural Kale Dor Kayiko (Gitanos y Gitanas del Mañana) y vecino de Sestao desde 1989, acepta hablar “siempre y cuando se resalte lo bueno, y no lo malo”. Rechaza los tópicos que rodean a los gitanos y asegura que los miembros conflictivos de su comunidad “no son más que aproximadamente el 22 por ciento. El resto somos gente que hace una vida normal”.

Amaya admite que en Sestao hay problemas de convivencia y apunta a la falta de aceptación “por parte de los no gitanos. Nosotros buscamos acercarnos e integrarnos más, pero notamos rechazo”, afirma. “Hay gitanos viviendo en otras partes del pueblo, en casas nuevas, pero son los que menos se notan. Donde hay ruido es donde hay pobreza”, sentencia el coordinador de Kale Dor Kayiko, Juanjo Lozano.

Paulino Amaya, gitano de 18 años que vive en un piso de la calle Txabarri, rechaza los estereotipos. “Soy un chico normal. Voy al instituto, estoy haciendo segundo de bachiller y paso mucho tiempo con payos y con gitanos. Me relaciono bien con todos”. Paulino lleva siete años jugando en el San Pedro, un histórico club de fútbol de la localidad fabril. Es, de momento, el único gitano del plantel.

Sestao no es el único punto de fricción étnica en Euskadi. Según el Plan para la Promoción Integral y Participación Social del Pueblo Gitano elaborado por el Gobierno Vasco en 2005, en esa región hay “numerosas situaciones de hacinamiento, infravivienda, chabolismo, que en algunos casos están unidas a casos de conflictividad social”. El informe advierte sobre “la escolarización mayoritaria en escuelas en proceso de guetización”. No aclara el informe si se refiere a la escuela Vista Alegre de Sestao, que dispone del modelo educativo A, impartido íntegramente en castellano. Es una de las poquísimas del País Vasco con más de un 95 por ciento de alumnado gitano. Apenas hay unos pocos inmigrantes suramericanos y marroquíes. Los payos brillan por su ausencia.

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Comentarios recientes

  • Alfredo 01/07/2014 12:22

    Ya se que es un poco malsonante, yo afortunadamente no vivo alli pero no teneis ni puta idea de lo que mi pareja que trabaja en un Supermercado de la zona tiene que soportar, amenazas, continuas miradas de odio, comentarios fuera de lugar...Yo, cuando la voy a buscar con el coche, como vigilan todo el rato quien va y quien viene, te dan toquecitos al coche cuando pasan al lado andando para ver si saltas les dices algo. Vamos que la tensión en ese barrio es como una olla a presión pero a lo bestia. No sabia que existiera ""JARCIA"" semejante de la que hay en Sestao, de las formas de hablar, del odio que tienen dentro, de las maneras y formas que tiene esa gentuza de convivir, y es algo tan grave tanto por parte de las autoridades policiales y las autoridad de la alcaldia correspondiente que es el ayuntamiento de Sestao, que no hagan absolutamente nada, que al final alguna desgracia ocurrira y seguiran las autoridades sin hacer nada y eso es penalizable por que un problema de este tipo se supone que hay que arraglarlo y no dar la espalda o como hace el alcalde decir o comentar algo con la boca pequeña pero el proble esta hay y se esta haciendo mas grande, al final explotara y alguien tendra que asumir responsabilidades.

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