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En las noches de Madrid, 524 sintecho no saben qué es la recuperación económica. Su número ha disminuido pero no la soledad, el desamparo y el desarraigo. Hemos estado con ellos.

Los rostros invisibles

Fecha: 09/10/2017 Guillermo Martínez / Fotos: Victoria Iglesias ico favoritos Añadir a favoritos
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Las cifras aseguran que los sintecho en la ciudad de Madrid son menos que antes, pero lo que no ha desaparecido para el medio millar de personas que duermen en las calles de la capital son la soledad, el desarraigo y la crudeza del desamparo. “Yo ya no sé qué es la esperanza”, dice José Fernando. | Sigue leyendo.

Historias de la calle, de la maldita calle. Cuenta José Fernando Álvarez López que, cuando su madre murió, en 2006, él estaba en la cárcel. Y que poco después prestó dinero de la herencia a su hermano para ayudarle a pagar una hipoteca, y nunca se lo devolvió. Ahora se ve obligado a dormir, noche tras noche, a la intemperie. Sus pocas pertenencias siempre están a su lado cuando cae el sol en la céntrica plaza de Tirso de Molina (Madrid).

Según el último recuento del Samur Social de Madrid, correspondiente a diciembre de 2016, José Fernando es una de las 524 personas que pernoctan en las calles de la ciudad de Madrid. Aunque la cifra es bastante desalentadora, serían 200 menos si la comparamos con 2014. La estadística disminuye pero la crudeza, el desarraigo, la precariedad y la soledad no desaparecen.

“En muchos casos, hay problemas añadidos como el alcoholismo, otras adicciones y los trastornos mentales”, según aclara la memoria del servicio municipal de asistencia. La mayoría de los indigentes de Madrid son hombres (80 por ciento) y la media de edad se encuentra en los 42 años. 

SIN RECUERDOS

Antonio Arias Muñoz duerme en la Plaza Mayor. Allí están los más vulnerables, los más veteranos de los sin hogar. Asegura que después de haber trabajado como taxista y “confidente del Estado” durante 30 años y haber montado una cafetería en el municipio de Fuenlabrada, duerme en la calle circunstancialmente. Antonio supera los 70 años y explica: “He perdido las llaves y mi mujer no está en casa, así que he decidido venir a dormir a la plaza con dos cartones que me han dejado”

Muy cerca de este hombre duerme el angoleño José Manuel Conceicao, de 61 años. Al ser preguntado por cuánto tiempo lleva en esta situación, contesta rotundo: “Llevo así tanto tiempo y de forma tan itinerante, que ni me acuerdo del año en que empecé a dormir en la calle”. Conceicao explica que denunció en Estrasburgo a España, donde llegó después de huir del comunismo en su país. La Fundación RAIS, que se encarga de dar cobertura y ayudar a las personas sin hogar, le consiguió una pequeña aportación económica. Se le terminó esa ayuda, y con lo ahorrado recarga el saldo del móvil que le regaló la dueña del último hostal en el que se alojó. 

Alguno de los problemas crónicos que el Samur Social ha detectado tienen que ver con la dificultad que tienen los sintecho de encontrar un trabajo. Eso es lo que le ocurre a José Fernando Álvarez, que con 47 años ve muy complicado insertarse en el mercado laboral. En su pequeño rincón de Tirso de Molina hace su vida: desde que se levanta, cuando vienen los barrenderos a regar la plaza, hasta que se duerme. Como ha estado en prisión unos trece años y medio, cuando salió empezó a cobrar el paro, que solo le duró 18 meses. “Poco después, el Samur me consiguió la Renta Mínima de Inserción (ReMI), pero al no ser compatible cobrar dos ayudas simultáneamente, alguien decidió, sin decirme a mí nada, quitarme la renta mínima, cuando hubiera preferido que me quitaran el paro, que dura mucho menos”, aclara sentado junto a sus enseres. 

La historia de José Fernando viene de lejos. Su hermano le debe alrededor de 12.000 euros de la venta del piso en el que vivía su madre. Ahora ni siquiera hablan entre ellos, pues es su propio hermano el que no hace nada por apoyarle, “después de que le prestara el dinero para ayudarle a pagar su hipoteca”, comenta.

La meta es un trabajo

A la mayoría el aspecto les delata y lo que es más injusto, les cierra puertas laborales.  “Casi no tengo dientes en la boca, ¿qué quieres que yo le haga? No lo cubre la Seguridad Social y no puedo hacer nada para remediarlo”, comenta cabreado. Admite que las drogas que tomó durante bastante tiempo le han pasado factura. Ahora es el alcohol, “lo necesito para no estar todo el día dándole vueltas a la cabeza, sobre todo antes de dormir”, apostilla.

También ha tenido algún que otro encontronazo con los guardias de seguridad de los supermercados. Cuando tiene mucha hambre y no tiene dinero para comprar comida, se ve obligado a robar. “Joder, a mí me pillan con unos trozos de salchichón y parece que he matado a alguien, luego todos los políticos que son unos cabrones corruptos roban millones y aquí no pasa nada”. La asociación Casa Solidaria se encarga de repartir cenas en la misma plaza todos los días hacia las 20,30 horas. Raúl Vincenzo Giglio ayuda en la entrega de estas cenas. Han decidido hacerlo siempre en el mismo sitio y a la misma hora para que la gente que lo necesite se asegure llenar el estómago, “evitando que alguien se quede sin comer, ya que algunas ayudas son ambulantes y no saben bien dónde encontrarlas”, remarca.

Esto es lo que los viandantes del centro de Madrid se encuentran por la noche, personas en la calle, que se utilizan unas a otras como refugio, que parecen invisibles, ya no solo ante las instituciones, sino ante la sociedad. “El tema de los sintecho es una espina en el ojo –agrega Raúl–, nadie quiere verlo”. La situación la resume José Fernando con lágrimas y voz entrecortada cuando es él el que da por terminada la entrevista: “Yo ya no sé lo que es la esperanza”| Sigue leyendo.

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