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Afectados por operaciones de la vista reclaman que se les reconozca como víctimas de fraudes médicos y una mayor regulación del sector.

Mal de ojos

Fecha: 02/06/2017 Nieves Salinas ico favoritos Añadir a favoritos
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Su adiós a las gafas o las lentillas, aseguran, se convirtió en un calvario: han perdido visión, padecen dolores crónicos y se gastan unos 200 euros al mes en gotas o colirios para paliar esos efectos. Denuncian secuelas tras someterse a operaciones de la vista para corregir sus problemas de miopía o astigmatismo. Agrupados en la Asociación de Afectados por Intervenciones de Cirugía Refractiva (Asacir), piden mejoras en las normas y que se les trate como perjudicados por “fraudes médicos”. Las clínicas, por su parte, defienden la seguridad de las técnicas que usan –en España hay unas 160.000 intervenciones anuales de este tipo– y dicen que el porcentaje de complicaciones no llega al uno por ciento. | Sigue leyendo.

Hubo un antes y un después de mi cirugía. Hoy no soy la persona alegre que era. A veces no me siento capaz de sobrevivir así”. Cuando echa la vista atrás, Tatiana Verdión (Langreo, Asturias), de 39 años, administrativa, recuerda a su oftalmólogo de Gijón, el de toda la vida, recomendándole durante años que se operase de la vista para corregir su miopía y astigmatismo. Cuando mira hacia 2013, Tatiana rememora como a finales de ese año, por fin, y siguiendo esos consejos, se decidió a entrar en el quirófano de una clínica de Oviedo para acabar con sus problemas de visión. Es el antes y el después que, cuenta, ha marcado su vida. Dolor permanente, ojo seco –alteración que se produce en la superficie de la córnea y la conjuntiva por falta de lágrima o porque esta es de mala calidad–, halos, destellos, visión doble, necesidad de llevar siempre gafas de sol…
Son las secuelas que, denuncia esta asturiana, le quedaron de aquella intervención. “Desde el primer día noté que no veía bien. El médico me mandaba que me echara lágrimas artificiales. Me dijeron que las molestias eran normales en los tres primeros meses. Luego, que esas molestias eran normales en los seis primeros meses. Que me echase más gotas…”, relata.
Tatiana Verdión es la secretaria de la Asociación Española de Afectados por Intervenciones de Cirugía Refractiva (Asacir), que preside el lucense Alejandro López Vila y agrupa a pacientes descontentos con los resultados de una cirugía cuyo objetivo es corregir defectos como la miopía, la hipermetropía y el astigmatismo mediante el láser o las lentes intraoculares. “Me operaron con Lasik”, precisa Verdión aludiendo a una de las técnicas más empleadas en el mundo dentro de las intervenciones con láser. En apenas dos años, explica López Vila, el colectivo ha conseguido, a través de su web, ponerse en contacto con un millar de perjudicados. 
Los afectados acusan a las clínicas privadas de utilizar publicidad engañosa, minimizar los efectos secundarios –que aseguran afectan a más de un 30 por ciento de las personas que son intervenidas– o no informar adecuadamente al paciente. Piden que a las personas que han quedado con secuelas crónicas por las intervenciones se les reconozca como “víctimas de fraudes médicos” o que las autoridades sanitarias lleven a cabo “cambios profundos” en la regulación de este tipo de actividades. Y denuncian que el gasto medio mensual en tratamientos para un afectado es de 200 euros

Agujas en los ojos

 
Desde las clínicas oftalmológicas consultadas por interviú –la mayoría rechaza figurar con su nombre en este reportaje– defienden la seguridad de este tipo de técnicas. Algunas aluden al más de un millón de procedimientos quirúrgicos que han llevado a cabo en las dos últimas décadas e indican que las complicaciones no llegan al uno por ciento. “El 80 por ciento de nuestros pacientes vienen por otros pacientes contentos por los resultados”, indican desde una compañía oftalmológica con más de cincuenta centros repartidos por España.
Como Tatiana, Alejandro se operó hace tres años con Lasik. Precisamente en la sucursal lucense de una de las cadenas que se sitúa como referente en cirugía láser, la Clínica Baviera. “Tenía 6,25 dioptrías en cada ojo. Se me acababan de romper las gafas y vi el anuncio de una clínica. Me lo pintaron todo muy bien. Como una operación sencilla, de cirugía menor, rápida –al poco tiempo me podía ir a casa– y ambulatoria”, señala. Hasta le dieron un tratamiento para no sufrir halos ni deslumbramientos. Pero, recuerda, desde el primer momento tuvo precisamente ese tipo de efectos secundarios: halos, deslumbramientos. “Me dijeron que con el tiempo se solucionaría. Luego, que era un caso aislado. Después, rompí relaciones”, añade.
Relata que tuvo que dejar sus estudios de Psicología –a falta de dos asignaturas y el trabajo de fin de grado– y que sufre “graves trastornos psicológicos e, incluso, he llegado a la ideación suicida”. Es una constante, asegura, entre quienes padecen este tipo de secuelas. Él siente un dolor persistente, que no se va nunca: “Son como agujas clavadas en mis ojos 24 horas al día”.
Las secuelas, insisten desde Asacir, son numerosas: más de un 30 por ciento de los pacientes ven halos a los tres meses de operarse; el 16 por ciento deslumbramientos y el 30 por ciento tiene ojo seco. “Es un problema de salud pública por el alto número de damnificados –explica López Vila–, con la peculiaridad de que es una cirugía no justificada médicamente. Es un sector que mueve mucho dinero. En España se hacen muchas más intervenciones que en otros países”. El presidente de la asociación aporta datos: en España hay 3,38 veces más cirugías que en Alemania; 2,17 veces más que en Portugal (donde lo cubre la sanidad pública); 2,2 veces más que en Italia; 3,7 más que Bélgica; 2,54 que Francia; 4,46 que Países Bajos y 1,93 que Reino Unido. “La media es de 3,82. Es decir, casi cuadruplicamos, de media, al resto de los países europeos”, indica. interviú ha querido contrastar estos datos con la Sociedad Española de Cirugía Ocular Implanto-Refractiva que, sin embargo, no ha respondido a las cuestiones planteadas por esta revista. 

Sin marcha atrás

Ismael de Lope, informático de 34 años, defiende el trabajo de la asociación de afectados. Lo que empezó como una operación con láser en 2001 para corregir su miopía acabó convirtiéndose en un periplo médico. “A finales de ese año tuvieron que retocarme otra vez. En 2006 sigo sin ver bien. Mi oftalmólogo dice que ya no puedo volver a utilizar el Lasik y que me haga un PRK (otro tipo de cirugía con láser). Al poco, empiezo a tener problemas de visión. Me recomienda lentes de contacto rígidas. Estoy un tiempo de prueba, pero todas se me caían al parpadear. Voy a otro centro, me revisan las córneas, y resulta que se habían pasado con el Lasik la barrera de seguridad. Me recomiendan lentes esclerales. Al principio, muy bien, pero se empañaban muy rápido y su coste era muy elevado. Cada año me costaba renovarlas unos 800 euros”. Ismael, que vive en Torrejón de Ardoz (Madrid), estuvo tres años así. “Voy a otra clínica, y al tener las córneas en este estado, me recomiendan realizarme un trasplante de córnea. Después de tres años de lista de espera, acabaron haciéndome un trasplante de córnea lamelar en el ojo izquierdo”, concluye.
Si Melisa Castelo, de A Coruña, da un paso adelante y habla públicamente es para que “la gente sepa lo que hay. Y para que no decidan por nosotros”, advierte esta joven que en noviembre de 2015, y con problemas de miopía elevada y astigmatismo, decidió hacer caso a su oftalmólogo y colocarse unas lentes intraoculares. Asegura que, en todo momento, le dijeron que, si había algún problema, “no pasaba nada, que se quitaban y punto. Me lo vendieron como un proceso sencillo y reversible”. La realidad, explica, fue diferente. Melisa, entonces 25 años, gastó 6.000 euros en una primera operación. Cuando comenzó a sentir las primeras molestias –“veía distorsionado, doble, me di cuenta de que si no era a la luz natural, no enfocaba...”–. Melisa  pensó que sus molestias eran parte “del proceso de curación”. Se lo explicó al especialista y éste “se hizo el sorprendido. Me dijo que fuera a la consulta y lo miraban y que el problema es que yo tenía unas pupilas enormes”. La joven coruñesa le planteó entonces una segunda intervención, pero el oftalmólogo se la desaconsejó pese a ser un procedimiento que, insiste, siempre le dijeron que era reversible. 
A partir de ahí, relata, sus problemas de visión fueron de mal en peor. Se sometió a una segunda intervención, por la que pagó otros mil euros. “Gané en agudeza visual, pero perdí en calidad visual. Recorrí otras clínicas donde me decían que la solución era que me cambiara las lentes y acabé en un hospital público de Santiago, donde me dijeron que me habían estafado, que tengo el cristalino dañado y que no se hacen cargo porque la intervención fue en una clínica privada”. | Sigue leyendo.

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