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Mudanza a ninguna parte

Fecha: 27/08/2007 Aurora ECHEVARRÍA ico favoritos Añadir a favoritos
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Días después del dramático seísmo de 7,9 grados en la escala de Richter que asoló, el día 15 de agosto, el sur costero de Perú, el país andino aún no vislumbra signo alguno de normalidad. Al contrario, lo habitual en estos momentos es ver a personas viviendo en la calle, entre las ruinas donde antes se erigían las ciudades.

Se mire donde se mire, en Pisco sólo hay destrucción. El terremoto ha derribado más de 16.000 viviendas. Sin un techo en el que guarecerse de los fríos invernales –en el hemisferio sur ahora es invierno–, cientos de personas vagan por las calles con la mirada perdida. La mayoría carga a hombros o sobre sus cabezas las escasas pertenencias que ha podido rescatar de entre las ruinas de sus hogares. Algunos improvisan campamentos en el desierto o en el mismo lugar en el que se emplazaban sus casas, como si un hilo invisible aún les uniera a ellas. Ellos al menos pueden sentirse dichosos en medio de la inmensa tragedia. Conservan la vida, a diferencia de los 513 ciudadanos que murieron por culpa de los seísmos. Los temblores se cebaron sobre todo en Pisco, donde segaron 335 vidas. Más del 70 por ciento de la ciudad ha desaparecido; sólo hay ruinas y cascotes. Una semana después la tierra no se había calmado, y cada nuevo temblor, aunque de escasa intensidad, revive el horror y redobla el pánico. Los cortes en las carreteras, retorcidas y agrietadas por el seísmo, han dificultado la llegada de la ayuda a algunas zonas afectadas. El ejército peruano se ocupa de las labores de vigilancia para que la ayuda llegue a todos los afectados y evitar pillajes como los de los primeros días.

En la capital, Lima, la situación se tranquilizó mucho antes, a pesar de sufrir también continuos pequeños temblores que hacen saltar una y otra vez las alarmas. Sin embargo, la mayor calidad de las construcciones evitó que después del primer gran terremoto se vivieran momentos como los Pisco, Chincha e Ica. Aún así, han tenido que enterrar a cinco personas.

La respuesta internacional ante la catástrofe fue rápida: España, Estados Unidos, Italia, Bélgica, Holanda y Francia son sólo algunos de los 27 países que se han volcado con el pueblo de Perú, enviando comida, carpas, mantas, medicinas y equipos de rescate.

La prioridad es devolver la normalidad a las zonas más afectadas y que todos los que se han mudado a los campamentos improvisados o deambulan en medio de las ruinas de las ciudades puedan al menos encontrar un techo en el que guarecerse y volver cuanto antes a una vida lo más parecida posible a la que llevaban antes del fatal terremoto. Todo el país tendrá que hacer un gran esfuerzo para ayudarles a comenzar de cero, reconstruir sus hogares y devolverles la esperanza. La tarea puede durar meses, quizá años.

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