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Una cofradía religiosa de Llodio donde están importantes políticos vascos, decide de nuevo esta semana si admite que las mujeres participen en sus comidas

Mujeres solo en la cocina

Fecha: 20/04/2010 10:34 Danilo ALBIN ico favoritos Añadir a favoritos
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Una cofradía católica de Álava no deja que las mujeres participen en su comida. O mejor dicho, solo las dejan entrar para cocinar. Entre sus ‘hermanos’ están el ex lendakari Juan José Ibarretxe, el popular Carlos Urquijo y el batasuno Pablo Gorostiaga. No muy lejos, en Pamplona, un club deportivo también veta la entrada a las mujeres. Son los últimos bastiones de una polémica tradición.

Juan José Ibarretxe, ex lendakari y dirigente del PNV; Carlos Urquijo, parlamentario vasco del PP; Pablo Gorostiaga, antiguo dirigente de HB y hoy en prisión, y Txema Urquijo, director adjunto de la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco, tienen al menos dos cosas en común: los cuatro nacieron en la localidad alavesa de Llodio y los cuatro forman parte de la Cofradía del Señor Sant-Roque, ligada a la Iglesia católica. A día de hoy, este selecto grupo de cofrades continúa impidiendo que la mujer se siente junto a ellos en la comida anual, que se celebra cada 30 de agosto y en la que el cura y el alcalde siguen teniendo puestos preferentes en la mesa.
El 10 de abril sus cerca de 400 integrantes están convocados para decidir en asamblea general si por fin cambian los estatutos y se acaba con esta discriminación. Para ello se necesita que un 75 por ciento de los votos sean favorables a dejar entrar a las mujeres. En ocasiones anteriores, los votos no fueron suficientes para abrir esa pesada puerta que daría acceso a las mujeres a la comida de hermandad. Ahora parece que tampoco.
Dos paradojas: esta cofradía sí admite la figura de las cofradesas, pero las féminas solo tienen derecho a participar en la preparación de la comida que degustarán los comensales –hombres– bajo el pórtico de la iglesia. Y lo más curioso, las pocas asociaciones de mujeres de la localidad alavesa no se animan a hablar públicamente del asunto. Por lo bajo, dicen que se trata de una tradición muy arraigada en el pueblo y que muchas de ellas ni se lo plantean.
La Defensoría de Igualdad del anterior Gobierno vasco, presidido por Ibarretxe –a su vez socio de la cofradía–, emitió un informe en el que sostenía que “la no participación de las mujeres cofrades en la Comida de Hermandad vulnera los derechos fundamentales de igualdad de trato y de asociación”. El dictamen apuntaba también que “la discriminación por razón de sexo”, más que basarse en los estatutos vigentes, tiene su origen “en la persistencia, por parte de la Cofradía, en aplicar la costumbre y tradición que prevalece en el Reglamento de Régimen Interno”.
El documento presentado por la Defensoría de la Igualdad había estado precedido por otro informe del Ararteko –Defensor del Pueblo en Euskadi– que también instaba a la organización a cambiar sus estatutos. Ante esto, la cofradía contraatacó con otro informe, elaborado por el abogado vizcaíno Ricardo de Ángel, que considera que se trata de una “asociación pública de fieles” y que, por tanto, “no es una asociación civil” ni está obligada a cambiar de funcionamiento.
En efecto, esta organización está subordinada al Obispado de Álava, donde figura inscrita como una de las asociaciones seglares de adultos. A día de hoy, es la patrona y fundadora de la Fundación Amalur, en la que participan las entidades bancarias Kutxa y La Caixa; la empresa Vidrala, dedicada al cristal y afincada en Llodio, y el Ayuntamiento de esta localidad. En el consejo asesor de Amalur figura el capítulo español del aristocrático Club de Roma –compuesto, según su propia definición, por “científicos, economistas, hombres de negocio, funcionarios internacionales y jefes de Estado de los cinco continentes”–, la institución Eusko Ikaskuntza –dedicada a los estudios vascos, que profesa su “amor por Vasconia”– y el Instituto Europa de los Pueblos, también cercano a los nacionalistas.
El actual presidente de Amalur es Juan José Salazar Olabarría, ex mayordomo de la cofradía. En febrero de 2009, Salazar envió una carta al Diario de Noticias de Álava en la que dejaba claro que la fundación estaba abocada a la tarea de recuperar la “memoria colectiva” de los vecinos de Llodio y, ante todo, la desligaba de la cofradía y su polémica con las mujeres.
Hace algunas semanas, el actual mayordomo de los cofrades, José Luis Navarro Lecanda, aseguró que estaban inmersos en un debate interno sobre esta situación. El último precedente data de febrero de 2009, cuando una asamblea general votó sobre el posible cambio de estatutos: 122 socios lo hicieron a favor (51 por ciento) y 106 en contra (44 por ciento). Al no lograrse el 75 por ciento requerido, todo sigue igual.
En el último número de su boletín, la cofradía se queja de los tiempos que le tocan vivir y deja claro que el grupo goza de un “muy profundo arraigo en Llodio y que ha sido capaz de sobrevivir a avatares y circunstancias tan complejas y dramáticas como se hayan podido presentar a lo largo de cuatrocientos diez años de dura historia, guerras civiles incluidas”. Por ello –advierte–, que nadie albergue la menor duda: “Va a seguir existiendo y desarrollando sus actividades ordinarias –comida de hermandad incluida– por muchos años más”. No obstante, prometían funcionar con actitud tolerante y respetuosa, a la par que abierta a los nuevos tiempos “y a los valores que nos unen a una sociedad moderna, democrática, diversa e igualitaria al mismo tiempo”.
A una hora y media de distancia por autopista de la localidad alavesa, los vestuarios del Club Larraina, con cerca de 4.500 socios y famoso por su equipo de waterpolo, también siguen anclados en las mismas tradiciones que imperaban en el momento de su fundación, hace 77 años. Aquí tampoco pueden entrar mujeres, al menos a hacer deporte. La única ocasión del año en que las féminas pueden atravesar sus murallas es durante la verbena de Sanfermines, una de las más famosas de las fiestas locales y por cuyo escenario han desfilado artistas como Rudy Ventura, El Consorcio y Azúcar Moreno. “Está claro que esos días no iban a bailar ni a ligar solos”, dice la feminista Tere Sáez, del colectivo pamplonés Andrea. Asimismo, el servicio de bar y las tareas de limpieza han estado habitualmente a cargo de chicas.
Hace tres años, un transexual logró colarse revolucionando la vida de la institución deportiva. Tenía DNI masculino, pero su bikini lo delataba. El portero lo dejó entrar. Al fin de cuentas, él, aunque vistiese de mujer, tenía carné de socio. La junta directiva terminó expulsando al transexual y, de esa manera, sentó un claro precedente: para entrar a sus instalaciones no solo basta con ser hombre, sino que hay que vestir y sentirse como tal.
La polémica había sido impulsada por un sector minoritario de socios que, de manera infructuosa, han pretendido cambiar los estatutos del club. Además de levantar el veto a las mujeres, los reformistas reclaman que se permita la inscripción como socios de niños menores de seis años, algo que tampoco está permitido. interviú se ha puesto en contacto con representantes de este sector crítico, pero nadie ha querido hablar.
Quien no tiene pelos en la lengua es Tere Sáez. “La actitud de Larraina es propia de una sociedad rancia, que se agarra a unas ideas que, según la Ley de Igualdad, ni siquiera son legales”, afirma. Sus principales críticas apuntan hacia las administraciones que han financiado sus actividades con dinero público. En julio de 2006, la alcaldesa de Pamplona, Yolanda Barcina (UPN), concedió a Larraina una subvención de 3.617 euros para su equipo de la división de honor de Pelota.
El Gobierno de Navarra, también de UPN, se negó a entregarles una subvención por colocar paneles solares, pero el Tribunal Superior de Navarra echó por tierra sus argumentos sobre la discriminación sexual.

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