Los cabos Antonio Bonilla y Francisco Javier Roldán murieron en accidente de tráfico en Kosovo una noche de octubre de 2007, según Defensa mientras estaban de patrulla. Pero la familia de Bonilla no se cree que estuvieran patrullando, sino que volvían a gran velocidad de un cumpleaños.
"Han pasado diez meses. Dijeron que era una patrulla, que murió cumpliendo su deber. Ya sé que no fue así, que es mentira, pero es que ni siquiera nos han dado la autopsia”. A Bárbara Serrano le ha tocado bailar con la más fea. Su novio, Antonio Jesús Bonilla, dejó de ser un anónimo cabo de misión en Kosovo para ser portada de diarios: había muerto en acto de servicio. Bárbara pasó el mal trago de la noticia, un entierro con autoridades, recibir los efectos personales de Antonio y, sobre todo, luchar casi sola para saber qué le pasó realmente. “Me he llevado grandes decepciones”, dice. La decepción es el pacto de silencio que ha detectado entre los que fueron compañeros de su novio en la Agrupación Córdoba. Bárbara acusa a Defensa: “No han dicho nunca la verdad”. Paqui Bonilla, la madre del cabo muerto, añade: “Nadie quiere hablar”.
Los hechos cuentan que los cabos Antonio Jesús Bonilla, de 24 años, y Francisco Javier Roldán, de 34, fallecieron en la carretera entre Istok y Osojane (Kosovo) a las diez de la noche del 17 de octubre de 2007. Iban en un Aníbal (un todoterreno ligero) con otros cuatro compañeros. El coche volcó y tronchó un pilar de una gasolinera. Según Defensa, los militares hacían una patrulla nocturna cuando un vehículo civil invadió su carril y provocó el accidente. Bárbara ríe con una mueca triste cuando oye esta historia, “una historia para no dormir”, dice. Poco a poco, los hechos, confidencias telefónicas que ha recibido, mensajes misteriosos y las revelaciones de interviú sobre la vida en Base España, principal cuartel español en Kosovo, van abriendo los ojos a esta chica cordobesa y a Paqui Bonilla.
No entienden que Defensa no les dé información de lo que pasó aquella noche: ni la autopsia del chico ni el atestado de la Guardia Civil sobre el accidente. Aunque el ministerio ha manifestado a esta revista que sí han dado información a los representantes de la familia. Los hechos no cuadran: “Se habían ido a un cumpleaños”, explica Bárbara. Ni el número de militares que viajaba esa noche –seis–, ni el vehículo –un todoterreno sin blindaje, y no un BMR o un VAMTAC–, ni que Roldán fuera de logística y no de una compañía de fusiles apuntalan la versión de Defensa. Además, (ver interviú, número 1.676), en el primer atestado del accidente no se hizo prueba de alcoholemia al conductor.
El cumpleaños se celebró de noche en el restaurante Toro, a la puerta de Base España. Bárbara explica que “les llamaron para que volvieran urgentemente a su destacamento, en Osojane”, algo distante de Istok, donde está Base España. Fue en ese viaje en el que el vehículo –que debía circular, según las normas de la misión, a 30 por hora– impactó violentamente contra un pilar de una gasolinera. El rescate de los cuerpos fue bastante laborioso, lo que hace para la familia más increíble aún que el convoy viajara a la velocidad adecuada.
El shock y el jaleo del funeral con autoridades hizo que la familia de Bonilla no percibiera un detalle: la autopsia no se hizo hasta 36 horas después de la muerte, ya en territorio nacional, y unas horas después el cuerpo ya estaba incinerado. La familia no sabía entonces que podían necesitar más pruebas en el futuro. “Esa autopsia ya no tiene marcha atrás, porque el cuerpo ya es ceniza”, dice Bárbara con amargura.
“Los compañeros dicen que están muy compungidos, pero cuando terminaron la misión no querían ni vernos ni contarnos nada”, explica la joven cordobesa. Paqui, la madre de Antonio, corrobora que “al volver a Córdoba, los compañeros de su unidad pasaron por casa de compromiso. Ya no quieren ni vernos ni decirnos nada”. Tampoco los otros cuatro soldados que viajaban con Bonilla y Roldán, heridos en el accidente, han querido dar más información. La familia de Roldán, el otro cabo muerto, no mantiene contacto con los Bonilla.
Defensa tardó dos meses en dar el certificado de defunción del chico. La madre no ha podido cobrar el seguro hasta casi nueve meses después de la muerte de Antonio.
“Reiteramos lo dicho en su día –argumenta un portavoz de Defensa–: el vehículo volcó tras un movimiento brusco del conductor. Y estaban de patrulla”. Sobre la falta de información que denuncian Paqui y Bárbara, Defensa responde: “El sumario está declarado secreto por el juez, pero las partes personadas en el caso tienen acceso a la documentación. La novia no, porque el juez no le permitió personarse en el caso al no reconocerla como familiar. Pero el abogado de la madre tiene acceso”. Paqui y Bárbara insisten en que no tienen la autopsia ni el atestado. El “acceso a la documentación” al que se refiere Defensa se produjo hace cuatro semanas, en una vista del caso. Al abogado de los Bonilla se le leyó la autopsia, sin más, según Paqui.
Hasta la casa familiar en Córdoba llegan llamadas misteriosas, voces masculinas al otro lado del teléfono y correos electrónicos que, en más de tres ocasiones, “contaban que todo era mentira, que la verdad no es ésa. Pero cuando les pido explicaciones a sus compañeros, ni me miran a la cara”. Aunque le duela, Bárbara –que lleva el nombre de Antonio tatuado en la piel– dice: “Antonio no murió como un héroe; la medalla que le dieron no sirve. Fue a Kosovo porque quiso, porque amaba el Ejército y su trabajo y es donde quería estar, pero no debía morir de esa manera”.
Bárbara, una chica universitaria, ha conseguido desentrañar aspectos de la vida de su novio y del resto del contingente de la Agrupación Córdoba. Entre los efectos personales que recibieron los allegados está la tarjeta de memoria de la cámara del cabo Bonilla. Y lo que en ella aparece le sorprende a la familia y a Bárbara, que ha reconstruido la vida de Antonio y sus compañeros en la zona de operaciones. Una vida plácida. “Antonio engordó siete kilos en tres meses. Cuando no había patrulla, todo el día en el gimnasio. Seguía una alimentación especial, con esas proteínas que toman los gimnastas. Y las fiestas…”, cuenta Bárbara. Las imágenes son elocuentes. Soldados de patrulla, un blackhawk americano y comidas y cenas regadas con cerveza y lo que parece sangría. Y las fiestas de los sábados en la base –“los mandos dejaban que las hicieran ahí dentro para que se desfogaran”, cuenta la novia– regadas con botellas de vodka y limón, como se aprecia en las imágenes.
El alcohol fue asunto controvertido en la Agrupación Córdoba, como ya informó interviú. Informes de los guardias civiles adscritos a la agrupación alertaron al mando de descontrol en la venta en la tienda de la base (tienda PX en jerga militar) y consumo de alcohol (donde está prohibido beber licores de alta graduación). El coronel jefe, Federico Fernández del Barrio, respondió a los guardias y a sus informes asegurando que “con unos hielos baja la graduación del alcohol”, según diligencias a las que ha tenido acceso esta revista. La tensión entre el coronel y los guardias subió cuando una noche pidieron controles de alcoholemia. Una de las fotos de fiestas de Bonilla es de esa noche, en la que parece que la disciplina castrense estaba muy relajada. Al poco, los guardias civiles fueron repatriados a España por orden del coronel.
Recurrente protagonista de las fotos del cabo fallecido es el suboficial V., que controlaba las mercancías que llegaban como suministro a Base España. En vez de ser transportado directamente a la base, este suministro se llevaba sin vigilancia española a una nave cuyo propietario está relacionado con el bar Toro, uno de los locales situados a la puerta de Base España. El suboficial V., conocido por los soldados como “primo”, aparece en las fotos de las fiestas con botellas de vodka Smirnoff ice, bromeando con una peluca, bailando y, en una de las fotos, en camaradería con los regentes del bar Toro. La Guardia Civil hizo una diligencia alertando de posibles irregularidades con los alimentos que se enviaban bajo paraguas KFOR (la misión de la OTAN) y que quedaban en manos kosovares.
No pocos componentes de la Agrupación Córdoba fueron repatriados por problemas de disciplina. Su coronel, Fernández del Barrio, aseguró al juez togado militar que era “normal”. Fernández del Barrio no ha ascendido a general –es habitual en quienes mandan una misión en el extranjero– y está destinado como agregado militar de la embajada en Túnez. Los guardias civiles no han recibido ninguna explicación ni compensación, ni tampoco castigo –uno ha ingresado en el CNI–, por su repatriación precipitada.
Bonilla y Roldán murieron por causas aún no bien esclarecidas. Pero quedan testimonios. El de la cámara de Antonio, los atestados de la Guardia Civil y una muestra de amor. Bárbara había convencido a Antonio de que dejara el Ejército. Él accedió a cambio de ir antes a Kosovo, su sueño. Esta historia de amor truncada una extraña noche de Kosovo se plasma en el blog www.antoniojesusbonilla.blogspot.com. Lo que allí escribe Bárbara atrae decenas de mensajes de internautas: “De verdad de patrulla, nada de nada, pues los de Osojane no hacían patrullas en Istok, y cuando las hacían eran con BMR. De cualquier manera, ¿dónde están los conductores del segundo vehículo para testificar? No hay segundo vehículo. Estaba ordenado que para salir de la base los vehículos ligeros debían ir acompañados de un segundo (...). Lo del vehículo que venía de frente, vaya cuento”, le dice un comunicante anónimo del blog. En la web, alguien, quizá con mala conciencia, ha dejado más pistas para que Bárbara pueda seguir investigando qué llevó a la muerte a su novio, de sólo 24 años, una de esas extrañas noches de Kosovo.
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