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Los cuentos eróticos de Juan José Millás

Nueva versión sobre Caín y Abel

Fecha: 28/07/2014 Juan José Millás / Ilustración: Gabriel Moreno ico favoritos Añadir a favoritos
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"Cuando Silencio y Silencia follaban, de entre sus labios no salía un grito, ni siquiera un suspiro. Disfrutaban, claro, porque follar es follar, pero daba la impresión de que lo hacían debajo del agua, quizá dentro de una campana de cristal". Cuarto relato erótico del escritor Juan José Millás para interviú. Aquí podrás leer el cuento completo. | Descarga la revista en PDF.

En el principio fue el Silencio. Y dijo Dios: démosle una compañera para que no esté solo. Y creó a Silencia. Lucifer, por su parte, fundó el Ruido en la otra esquina del Paraíso. Luego, creó la Ruida para darle una compañera. Silencio y Silencia llevaban una vida sencilla y callada. Todo a su alrededor era mutismo. Había hermosos pájaros que no cantaban, ranas multicolores que no croaban, viento que no silbaba entre las ramas de los árboles, etc. Ellos paseaban sin hablar y masticaban sin producir sonido alguno. Ni siquiera el agua de las cataratas, muy abundantes en aquella zona del Paraíso, provocaba el rumor característico del agua al romperse y convertirse en espuma. Cuando Silencio y Silencia follaban, de entre sus labios no salía un grito, ni siquiera un suspiro. Disfrutaban, claro, porque follar es follar, pero daba la impresión de que lo hacían debajo del agua, quizá dentro de una campana de cristal.

Silencio y Silencia eran muy bellos. Tanto el cuerpo de ella como el de él resultaban perfectos, armónicos. Los pechos de Silencia tenían el tamaño y la elasticidad que solo se dan en el mundo de la ideas. Sus piernas, muy largas, iban abriéndose desde los diminutos pies hasta los anchos muslos para formar un abanico perfecto en cada nalga. Las partes externas que rodeaban la entrada a su vagina permanecían protegidas por un bello áureo cuyo contacto provocaba en Silencio una excitación inmediata. Pero si la vagina, también dorada, se abría, dejando escapar entre sus bordes un jugo semejante a la miel, la enajenación muda de Silencio alcanzaba el grado del delirio. Este delirio se reflejaba en ella como en un espejo y Silencia entraba también en un trance sigiloso, atónico, bajo el peso de los pectorales perfectos de Silencio.

El miembro de él, muy rico asimismo en caldos lubricantes, tenía el tamaño perfecto para hundirse en los penetrales de Silencia y alcanzar los lugares de su vientre donde mayor era la sensibilidad de ella. Y estaban sincronizados de tal modo que se corrían a la vez entre gestos de placer que semejaban a los del dolor y viceversa. Pero mientras ardían cada uno en el cuerpo del otro, no se escuchaba un solo crepitar, un solo gimoteo, un sollozo, un suspiro, un llanto, una lamentación. No, nada.

Entretanto, en la otra esquina del Paraíso, donde Ruido y Ruida se pasaban las horas muertas escuchando el canto de los pájaros creados por Lucifer, y el del viento en las ramas, creado por Lucifer, y el del zumbido de los insectos, creado por Lucifer, en esa esquina, decíamos, apareció también el reclamo del sexo. Ni Ruido ni Ruida gozaban de la perfección corporal de la que gozaban Silencio y Silencia. Tenían pequeños defectos de los que no eran conscientes y que provocaban en ellos una exaltación venérea tan grande o mayor que la existente entre Silencio y Silencia. Era cierto, por ejemplo, que la vagina de ella y el pene de él producían menos abundancia de néctares que los de Silencio y Silencia. Pero ellos lo solucionaban empapándose mutuamente de sus respectivas salivas antes de acometer la penetración. Y aunque los pechos de ella eran grandes también en relación a su tórax, a Ruido le volvían loco precisamente por eso, por su enormidad. En cuanto a él, quizá por estar menos musculado que Silencio, se entregaba al amor con la violencia de un tísico, muriendo casi en cada acometida. Pero había algo, sobre las demás cosas, que los distinguía de sus vecinos, y era que follaban con gran aparato acústico. Ruido y Ruida gritaban y gemían de tal modo que sus alaridos lograron alcanzar la zona del Paraíso en la que habitaban Silencio y Silencia.

Tenemos que probar eso, se dijeron Silencio y Silencia al modo en que Eva se empeñó en probar la manzana del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Y se pusieron en marcha hacia la esquina del Paraíso donde vivían Ruido y Ruida. Y al poco de llegar Silencio se lanzó sobre Ruida y Silencia sobre Ruido y los cuatro comenzaron a follar como locos alternando los gritos adúlteros de los unos con el silencio infiel de los otros. De uno de los encuentros nació Abel y del otro Caín, pero no sabríamos decir a qué pareja pertenecía cada cual.

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