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Pagar con la vida

Fecha: 14/11/2005 0:00 ico favoritos Añadir a favoritos

Ediciones B publica esta semana ‘La vida es el precio’, las memorias de la actriz Amparo Muñoz, elegida ‘Miss Universo’ en 1974. En el repaso a su vida, escrito con la ayuda de Miguel Fernández, Amparo Muñoz recuerda su primer certamen de belleza, la enfermedad que casi termina con su vida, sus relaciones sentimentales...

14/11/05 Cuando me iba a casar con Patxi Andión, lo llamé [al primer novio que tuvo]. Toda su preocupación era si sabía lo que hacía. Volvió a hablarme como un padre: “Amparo, ten mucho cuidado. Piénsalo bien”.

No le hice caso. Y me equivoqué, claro. A Patxi lo había conocido en el rodaje de La otra alcoba. Era muy atractivo, vestía como muy de pueblo, con el pantalón de pana y la camisa a cuadros. Yo quería un compañero, un hombre bueno, como Antonio o mi padre. De Patxi, en cambio, sólo tengo malos recuerdos. Lo pisoteó todo: mis ilusiones, mis inquietudes, mis anhelos, mi amor. Me anuló. (…) El embarazo no llegó al cuarto mes. Los primeros dolores se presentaron una noche. Como estábamos enfadados, no le dije nada. Cuando a mediodía no pude aguantar más, nadie me hizo caso. Al tercer día, no había forma de controlar la hemorragia. Intentaba no quejarme. Pensaba que si me hacía la fuerte, tal vez podría salvar al niño. Patxi, por supuesto, no estaba en casa (…).

Máximo [Valverde] fue muy buen amante, muy cariñoso, y era tan guapo… Cuando me miraba o me tocaba, lo hacía limpiamente (…).

Patxi convirtió la convivencia en un infierno. Después repetí la torpeza con Flavio Labarca, un chileno que vino persiguiéndome desde México y con el que me deslicé por el precipicio de la droga (…). Mi tercer marido fue Víctor Rubio. Estábamos pasando por un momento económico muy difícil. Mayka Vergara y su marido pensaron que la venta del reportaje sobre la boda podría proporcionarnos algo de dinero. Aceptamos, aunque luego me arrepentí muchísimo. Mientras estuvo conmigo no dio golpe. En cuanto pudo trabajar, Víctor se marchó. A Daniel Tortajada, mi último compañero, lo conocí porque vino a hacerme un reportaje. Era muy joven, nos llevamos 17 años (…).

Breve reinado de belleza

Después de treinta años, todavía recuerdo con terror mi experiencia como Miss Universo. Muchas noches tengo que volver a dormir sentada. Daba una cabezada durante una o dos horas y enseguida volvía el pánico a todo lo que me estaba ocurriendo, a todo lo que veía en sueños. Pasaba las noches sin pegar ojo. Aprendí a conciliar el sueño en esa postura por miedo, el mismo desasosiego que se ha apoderado de mí ahora, durante la enfermedad. Esa angustia me persiguió durante todo el reinado hasta que renuncié (…).

Se decía, no obstante, que Miss Madrid y Miss Castilla, dos mujeres mucho más despiertas que el resto de las participantes, estaban entre las que tenían más posibilidades de conseguir la corona. Aunque todo el mundo daba por hecho que venían enchufadas, ninguna de las dos consiguió ser ni siquiera Dama de Honor. Con el tiempo una de ellas sería conocida como Norma Duval (…) La Duval iba a por todas. Hoy habrían dicho de ella que era un travestí. Nos sacaba la cabeza a todas las concursantes, era muy alta y tenía las manos y los pies grandes (…).

Tuve muchas proposiciones para salir con unos y con otros. O, para decirlo más directamente, para entrar en la prostitución. No se anduvieron con muchos rodeos. Los argumentos eran sencillos y directos: “Ganarás mucho dinero, nadie tiene por qué enterarse…”. La propuesta partió de una mujer muy conocida en las altas esferas de la sociedad madrileña” (…).

Guadalupe Cuerva Sánchez, la miss filipina, tenía mucho desparpajo. Demasiado. Una noche me invitó a una fiesta en un piso superior del hotel (...). Al llegar a la sala, me encontré con que la fiesta era verdaderamente especial. Hombres y mujeres bailaban en el centro de la pista. Alrededor, en divanes, grupos de dos, tres y hasta más personas se abrazaban y besaban. Era una auténtica bacanal (…).

En la primera oportunidad que tuvimos, planeamos un viaje a Venecia. Durante un paseo al atardecer por el puerto, se detuvo junto a un barco. Ceremoniosamente, extendió una mezcla de heroína y cocaína sobre la lona que lo cubría. “No seas tonta, pruébala –me dijo–. No te va a pasar nada. Verás lo bien que te sientes” (…).

Lo cierto es que el idilio con la droga duró mucho más que mi relación con Flavio (…). Poco a poco abandoné la heroína por la cocaína, con el aliciente añadido de que Víctor, el que sería mi segundo marido, también la consumía (…).

Durante el rodaje, Galiardo [Juan Luis] tuvo serios problemas con su mujer. Como hacíamos una vida muy hogareña no tardamos en darnos cuenta del alcance de las discusiones. El ambiente era muy familiar. Veíamos cosas, el trato que se tenían, sobre todo el que Galiardo dispensaba a su mujer, las voces, los insultos. En ese contexto, es difícil diferenciar al actor del hombre y no podía evitar cierta aversión hacia él (…).

Enseguida, la belleza se compadeció de mí y acudió en mi auxilio. La revista interviú me ofreció que posara desnuda. (…).

Pastora Vega, por ejemplo, se presentaba a diario durante el rodaje y casi se escondía para observar de lejos a Imanol Arias (…). En Marbella, presencié las angustias de Isabel Preysler y Miguel Boyer al comienzo de su relación (…).

Antonio González Flores, el único hijo varón de Antonio González el Pescaílla y Lola Flores, y yo mantuvimos un contacto espiritual, fraternal, sincero, incluso sentimental en algún momento (…).

Mi relación con la prensa, la rosa, la amarilla y la que no tiene color, ha sido en líneas generales buena. Aunque Karmele Marchante repita machaconamente que he vivido de las exclusivas, por sacarme en el papel cuché con o sin novios nadie ha pagado un euro. Que yo recuerde, sólo he cobrado en contadas ocasiones. Las más sonadas fueron el reportaje sobre mi boda en Bali y el desmentido a las informaciones que aseguraban que tenía sida (…).

Me han robado muchos papeles, algunos fueron a parar a manos de Ángela Molina (…) Con Blanca Marsillach, a la que, siendo las dos mucho más jóvenes, tuve que explicarle que no me sentía atraída por las mujeres y que era preferible que saliera de mi habitación (…).

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