Vitaminas, complementos alimentarios, pastillas de cafeína... En época de exámenes todo vale. Pero hay quien pide más. La medicación para los niños hiperactivos o la indicada para dolencias como el alzheimer o la demencia senil también están entre las sustancias que buscan los estudiantes en el mercado negro.
Fernando CÁRDENAS
Complejos vitamínicos, suplementos nutricionales, jalea real, pastillas de cafeína o bebidas energéticas. Si se les pregunta a los estudiantes españoles qué consumen en época de exámenes, la respuesta pasa por la enumeración de productos que, sin receta, pueden adquirirse en farmacias o herbolarios. Otra cosa es lo que, de forma anónima, cuentan sobre los fármacos que buscan en época de exámenes para mantenerse despiertos o mejorar su concentración. Son sustancias cuyo uso está empezando a extenderse entre una generación de estudiantes que presumen de ser más sanos que los que los precedieron. Atrás quedarían las anfetaminas ampliamente consumidas por los universitarios de los 70 y los 80, o los estimulantes, como el prolintano, tan de moda en los 90. Los estudiantes del siglo XXI, explican los expertos, tienen más información sobre los riesgos de ciertas sustancias, pero también más poder adquisitivo para conseguirlas en un mercado negro, presidido por internet, en el que se puede encontrar casi todo.
Por ejemplo, fármacos sólo accesibles por prescripción facultativa e indicados para trastornos como la hiperactividad, el alzheimer o la demencia senil. En ellos los estudiantes buscan lo de siempre: mantenerse despiertos más horas y aumentar su concentración. Así lo explica Juan Carlos Ruiz Franco, profesor de Filosofía, monitor de ajedrez y autor del libro Drogas inteligentes, plantas, nutrientes y fármacos para potenciar el intelecto (Editorial Paidotribo): “Va por modas. El estudiante tipo se va a la farmacia y pide algún suplemento o vitamina. Como la jalea real, el ginseng o el fósforo. Otros buscan cosas más fuertes, y hay quien, incluso, busca información sobre el uso inteligente de determinados productos”.
Entre lo más consumido están los complementos alimenticios, los polivitamínicos a base de minerales, los productos de plantas naturales y las bebidas energéticas, todos ellos recomendados para el cansancio o los estados carenciales y muy publicitados en época de exámenes. Muy conocidos por los estudiantes e inocuos, explica Eusebio Megías, psiquiatra y director técnico de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD). En la misma línea, pero en un escalón superior, las pastillas de cafeína (300 miligramos por unidad), capaces de mantenerlos despiertos durante horas y de fácil acceso, porque se venden sin receta y su precio es bajo.
Uso inadecuado
Pero cuando ni las horas de estudio, ni las técnicas de relajación, ni las vitaminas o la cafeína funcionan, hay estudiantes que van más allá. “Son consumos muy concretos, que no se registran en las encuestas oficiales, sobre todo a la hora de hablar de adicciones, pero no quiere decir que no existan”, señala Eusebio Megías. Cuando Jorge Calabrés, presidente de la Asociación de Estudiantes Independientes de la Universidad de Salamanca (AEUS), comenzó sus estudios, el Katovit –nombre comercial de unas pastillas de prolintano, un estimulante– acababa de pasar a mejor vida. Ahora, dice Jorge, los estudiantes apuestan por consumos más sanos y menos peligrosos, pero todos han oído hablar de un medicamento retirado del mercado en 2001 por los laboratorios que lo producían (ver recuadro) que podía adquirirse sin receta y por poco dinero. “Me he hecho la carrera con el Katovit. Gracias a él, aprobé Derecho”. “¿Alguien sabe de algún producto parecido al Katovit? Tengo exámenes y necesito concentrarme”. Son algunos de los mensajes que, todavía hoy, pueden leerse en los foros de universitarios en internet sobre un fármaco entre cuyos efectos secundarios figuraban las taquicardias, el insomnio y los estados de agitación. Y que, además, creaba una adicción más psíquica que física y un bajón posterior tras un consumo continuado, según explica Juan Carlos Ruiz Franco.
“Ahora el control sanitario sobre este tipo de sustancias es mucho más férreo, pero los estudiantes siguen buscando el echar mano de estimulantes, puros o mixtos, y otros productos cuyos metabolitos son parecidos a la anfetamina. Piensan que, como te quitan el sueño, te permiten más horas de estudio, pero no se dan cuenta de que la atención que favorecen es muy dispersa y los rendimientos pueden ser menos de los que esperan. He conocido casos de gente que, en momentos de hiperactividad, era capaz de estudiar varios libros a la vez, pero que eran incapaces de responder una sola línea cuando llegaban al examen”, dice el director técnico de la FAD.
El metilfenidato (MFD) es el principio activo de uno de los fármacos más buscados hoy por algunos estudiantes españoles en los foros de internet. En el mercado negro, claro, y sólo para enterados, a entre 15 y 60 euros. Su uso está indicado para niños con trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Los estudiantes buscan en el MFD que les mantenga despiertos, como antes lo hacía la anfetamina. Fuera del ámbito estudiantil es uno de los 27 medicamentos que, según el Observatorio de los Medicamentos de Abuso, creado por el Colegio de Farmacéuticos de Barcelona, más se utilizan como estupefacientes sin finalidad terapéutica. Aunque en España no se ha llegado a ese extremo, en Estados Unidos el uso de este fármaco ha creado un auténtico mercado negro. Consultado por esta revista, el presidente de la Federación Española de Asociaciones de Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad (FEAADAH), Fulgencio Madrid, dice no tener constancia de que los estudiantes españoles usen esta medicación. “Es la primera noticia que tengo. De ser así, sería un claro uso indebido de un medicamento que sólo se puede adquirir con receta y presentando el DNI. Nuestra lucha es precisamente que los niños tomen su medicación porque, en contra de lo que se diga, se ha comprobado que los chicos que toman este tipo de fármacos tienen un riesgo menor de consumir otras sustancias”.
Drogas inteligentes
Estudiantes, opositores y ajedrecistas son algunas de las personas que consultan a Juan Carlos Ruiz Franco sobre una serie de fármacos, alimentos y suplementos nutricionales con características comunes: aumentan el rendimiento, no son adictivos, prácticamente carecen de efectos adversos y “pueden adquirirse, más o menos, fácilmente”. Es lo que este profesor ha bautizado como drogas inteligentes o nootropos –del griego noús (mente) y trópos (movimiento)–, fármacos cerebroactivos que contribuyen a desarrollar funciones cognitivas como la memoria, el aprendizaje o la sociabilidad. Ruiz Franco cita principios activos como el piracetam, la dihidroergotoxina, el deanol, la fosfatidilserina o el pirisudanol. Productos poco conocidos que, en su mayoría, explica Eusebio Megías, se han utilizado, “con no demasiada fortuna”, para tratar el déficit de las funciones instrumentales, como en la demencia senil o el alzheimer, pero que, según de_ ende el autor del libro Drogas inteligentes…, tienen innumerables ventajas si se utilizan “inteligentemente”. Además, apunta, se pueden adquirir más o menos fácilmente con receta en farmacia o a través de internet (a 5,20 euros la caja de fosfatildiserina), en smart-shops o tiendas relacionadas con el cultivo de cannabis. Junto a estos fármacos, cita otro tipo de sustancias, como la acetil L-carnitina o el ginkgo biloba, que también mejoran las funciones cerebrales y que, con un uso adecuado, explica, son de eficacia probada para estudiantes.
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