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Presos de ETA

Fecha: 14/07/2008 0:00 Alberto GAYO ico favoritos Añadir a favoritos
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Entre España, Francia y Canadá hay más de 750 presos acusados o condenados por terrorismo etarra. Es la cifra más alta de las últimas décadas y una muestra más de la debilidad de ETA.

Era papel cebolla, con una gramaje tan bajo que parecía un prospecto farmacéutico. Además, estaba doblado varias veces. Al abrirlo se veía que estaba escrito por las dos caras con una letra diminuta. Finales de 2007. ETA logra colar en las cárceles su último boletín destinado al Euskal Preso Politikoen Kolektiboa (EPPK), Colectivo de Presos Políticos Vascos en sus siglas en euskera. Con ese boletín interno –que fuentes antiterroristas calculan que fue introducido en un vis a vis a finales de 2007– la dirección de la banda quería demostrar que sigue contando con el frente de makos, con sus presos. Pero la realidad es bien distinta.

A 1 de julio, el EPPK lo componen 733 personas encarceladas en prisiones de tres estados: España, Francia y Canadá. Los datos de Etxerat, la asociación de familiares más activa, difieren de los del Ministerio del Interior en 17 personas, que serían los presos expulsados de la banda al no seguir sus directrices. Así, Instituciones Penitenciarias contabiliza un total de 586 encarcelados en España acusados o condenados por terrorismo etarra en todos sus niveles –una de las cifras más elevadas de las últimas décadas–, mientras que Etxerat sólo suma 569.

De los 586 presos etarras en España, 498 son hombres y 88 mujeres. En prisiones galas hay 163 activistas de ETA (incluidos los cabecillas del aparato militar detenidos en mayo en Burdeos), y uno está preso en Canadá.

Entre 2008 y 2009 quedarán en libertad algunos condenados a penas que no superan los diez años, pero los presos más emblemáticos y sanguinarios, aquellos que fueron detenidos a mediados de los 80, no empezarán a pisar la calle hasta 2014, cuando hayan cumplido los 30 años de cárcel establecidos tras la aplicación de la denominada doctrina Parot. Entre éstos destacan Jesús María Zabarte Arregui, conocido como el carnicero de Mondragón, cuya salida está prevista para el 2014, y José Antonio López Ruiz (Kubati), Inés del Río Prada (Nieves), Santiago Arrospide Sarasola (Santi Potros) y Domingo Troitiño Arranz, que no serán excarcelados antes del año 2017.

En la clandestinidad, ETA se maneja cada vez con más dificultad y la cifra de militantes presos apoya la tesis de que la banda está en su peor momento: nunca ha habido tantos encarcelados como ahora. Si hace un par de décadas los recluidos aquí apenas pasaban de 400 (419 en 1989); a finales del año 1999, justo al acabar la tregua estando Aznar de presidente del Gobierno, los encarcelados eran 381. “Están muy desilusionados por el final de la última tregua, y esa debilidad se nota en que apenas se mueven dentro de las prisiones, ni para bien ni para mal”, comentan fuentes penitenciarias. El texto introducido por ETA en las prisiones era una consulta a los presos sobre una decisión que el grupo terrorista tenía tomada ya: volver a los atentados. Según sus plazos, la dirección etarra habría recibido en mayo pasado las aportaciones hechas por el EPPK. “Esta consulta con los presos es una pantomima, la decisión de volver a la violencia ya la tenían tomada, pero tienen que hacer ver que siguen contando con los presos, sobre todo ahora, cuando en prisión hay el mayor número de internos de ETA de la historia”, explican fuentes antiterroristas.

Los 17 expulsados del colectivo de presos por la organización, entre los que hay históricos miembros de ETA como José Luis Álvarez Santacristina, alias Txelis, son la disidencia más clara. “Hay otros que opinan como ellos, que cuestionan los métodos de ETA, pero que no se atreven a salirse de la disciplina por miedo, por miedo a ser excluidos socialmente, ellos y sus familias”, explican fuentes antiterroristas. La expulsión del colectivo de presos es el último escalón –antes se les ha echado de ETA– y siempre se produce por discrepancias, por romper con la doctrina de la organización o por criticar el uso de la violencia. “Internamente significa no recibir asignación mensual ni tener abogados a su disposición. En el exterior las familias son las más afectadas, además de que des- miliaparece su foto de las herriko tabernas”, comentan las mismas fuentes.

Estos expulsados son el único despunte o voz dispar “en un colectivo sólido, pero muy desmotivado y desmovilizado, sobre todo tras la ruptura de la tregua”, dicen fuentes penitenciarias, que añaden: “Los presos ya sólo son importantes para movilizar fuera, para sensibilizar a parte de la ciudadanía con el tema de la dispersión, como revulsivo social para atraer adhesiones. Es una bandera que no les preocupa, pero que deben mantener encendida”. Cada vez les cuesta más pasar consignas, cada vez les visitan menos abogados, cada vez tienen menos dinero. Sólo las familias mantienen el tipo. Además, la doctrina Parot, iniciada por el Tribunal Supremo, que en la práctica supone un endurecimiento de las penas, ha impedido la excarcelación de más de veinte etarras. En abril de este año el boletín de Etxerat aseguraba que “son 44 los presos políticos vascos que llevan entre 20 y 28 años encerrados”. La desesperación de las familias es tal que en los últimos boletines de Etxerat se percibe agotamiento: “Tenemos que hacer más (…) pedimos a todos aquellos agentes, responsables políticos o institucionales, así como ciudadanos que todavía no han adoptado ningún compromiso que los adopten”. El colectivo de presos tiene como interlocutores a dos históricos: Juan Lorenzo Lasa Mitxelena, alias Txikierdi, y Ana Belén Egües Gurrutxaga. A mediados de 2005 se reunieron con un alto cargo de Instituciones Penitenciarias al que plantearon una tabla de reivindicaciones y reclamaron el reconocimiento de su estatus político para negociar directamente sobre su situación.

No les sirvió de nada. En realidad, la capacidad de organización de Txikierdi dentro de las prisiones es muy limitada. “Su posición es una mera formalidad para mantener alta la moral, para dar la idea de que están organizados, cuando realmente están muy aislados”, señalan fuentes antiterroristas. La vida de los reclusos etarras viene determinada por su clasificación. Están integrados en el Fichero de Internos de Especial Seguimiento (FIES)-Banda Armada, un régimen con una limitación de movimientos importante. Fuentes sindicales explicaron a esta revista que más o menos la mitad de los 586 presos etarras se encuentran en aislamiento, “tienen una hora de patio al día, suelen bajar solos o acompañados por otro preso por terrorismo. El resto del día lo pasan en su celda leyendo, viendo la tele, escribiendo o escuchando música. Su participación en la vida penitenciaria es cero, tan sólo hacen algo en temas deportivos y universitarios”. En las prisiones galas el régimen es similar. En el balance mensual que hacen los familiares de Etxerat, se cita el caso de Oier González y José Ramón Subijana en el centro de Muret Seysses: “Están aislados bajo llave, 22 horas al día en la celda; el exterior de la celda ni siquiera se ve pues además de los barrotes la ventana tiene una red por fuera; apenas les conceden permiso de visitas a amigos…”. Tres rasgos definen el día a día de estos presos: el hartazgo, el sustento de los símbolos y su creencia de que son presos distintos a los demás. Nada más entrar en prisión “quieren hacer ver que son diferentes y no quieren mezclarse con los que ellos llaman presos sociales”, explica un funcionario que ha trabajado en una decena de centros donde había miembros de ETA. Un ejemplo: en el informe de abril de Etxerat se destaca como agresión hacia sus presos que Gaizka Gañán –detenido en dos ocasiones y con una condena de siete años y seis meses– fuese obligado a compartir celda con un preso común en la prisión madrileña de Valdemoro. “Ante ello, Gaizka Gañán se puso en huelga de sed y hambre. Estando en esta extrema situación durante seis días, los responsables de la cárcel le dijeron que buscarían una solución (…); su exigencia: que le lleven a un módulo donde haya más presos políticos vascos, estar solo en una celda o en caso de fuerza mayor si tiene que compartir que sea con otro preso político vasco”. Fuentes de otra prisión madrileña confirmaron que “aunque van de solidarios no quieren mezclarse con el resto de presos. No cooperan. Alguna vez hemos intentado de forma experimental su colaboración en algún taller y pasan de todo. Dentro van de señoritos y son bastante clasistas”.

A pesar de la dispersión, los etarras siguen siendo privilegiados en comparación con otros vascos encarcelados por delitos comunes: las familias tienen subvenciones para los viajes a las prisiones, abogados a su disposición, suscripción gratuita a periódicos como Gara…; los comunes, no. Lo bueno de los presos etarras es que no suelen dar problemas –apenas son sancionados–, son disciplinados y su potencial movilizador es casi nulo. Hace meses, en otra cárcel madrileña hubo un pequeño conato de rebeldía que quedó en nada y que muestra la gran diferencia entre los presos etarras de hace veinte años y los de ahora. “Cuatro etarras dijeron que no subían del patio a la celda. Los funcionarios se lo comunicaron al director y luego les dijeron: «Pues ahí os quedáis toda la noche». A los pocos minutos estaban todos arriba”, comenta un funcionario. Entre mediados de los 80 y principios de los 90 sí existió movilización colectiva. Hoy sólo queda el ayuno del último viernes de cada mes. “Y no todos lo cumplen. Eso es permanente, hacer ver que son presos políticos, pero con iniciativas de poca resonancia”, explica un responsable de una prisión andaluza. Fuentes penitenciarias destacan la disciplina de este colectivo. “Suelen elegir en cada centro un portavoz, que traslada a la dirección las peticiones”. Desde los sindicatos explican que aunque suelen hablar con el subdirector de seguridad o con el jefe de servicio, “si quieren llegar hasta el director, lo suelen lograr sin problemas. El director suele acceder a hablar con ellos, pero se nota que sus peticiones de unos años para acá son de poca monta: permiso para abrir la ventana de la celda a partir de las doce de la noche, no comer determinados productos, etcétera”.

Con los funcionarios de a pie, los que más horas los tratan al día, la relación se resume en una sola frase dicha por un trabajador de un prisión andaluza: “Yo no me meto contigo, tú no te metes conmigo”.

Si algo mantienen a rajatabla los etarras presos es la liturgia independentista. Sus celdas suelen estar decoradas con elementos identitarios vascos: no falta una ikurriña, un lauburu –que en euskera significa cuatro cabezas y que es una especie de esvástica curva–, un mapa de la “nación vasca” y camisetas reclamando el derecho de los presos de ETA a estar en prisiones vascas. Hace más de dos años, cuando se suicidó en la prisión de Cuenca el etarra Igor Mikel Angulo Iturrate, los que accedieron a su celda encontraron la bandera de la comunidad autónoma, una chapela colgada en la cama y varios ejemplares del diario Gara ordenados en su mesilla. El apoyo de los familiares es la otra pata de sustento para los presos. No faltan en sus chabolos fotos de sus allegados y amigos, así como de las fiestas patronales de sus pueblos de nacimiento o residencia.

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