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Entrevistamos al cantante de Linares, que publica disco a los 74 años.

Raphael: "No actuaré para Trump en la Casa Blanca"

Fecha: 15/05/2017 Vanesa Lozano / Fotos: Pablo Vázquez ico favoritos Añadir a favoritos
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Tiene algo de rey Midas de la música: cada vez que saca nuevo álbum lo convierte en disco de oro. El niño de Linares es, a los 74 años, 55 en los escenarios, un mito vivo. Ha vivido en todas las Españas, “menos en la de los Reyes Católicos”, pero siempre mira al futuro porque su gran noche, asegura, “está por venir”. La hija de Donald Trump, Ivanka, entró en su camerino para conocerle con solo 11 años. Pero él no actuaría ahora en la Casa Blanca “porque el percal que hay allí no es interesante”.  | Sigue leyendo.

Su nuevo trabajo, Infinitos bailes, vio la luz en noviembre y es ya disco de oro con más de 20.000 unidades vendidas. ¿Le sigue ilusionando el éxito?
Cuando era jovencillo, llevaba la cuenta de los discos de oro, pero eso se me pasó. Ahora me ilusiona más el reconocimiento de la gente, porque cada vez es más difícil todo.
Bunbury, Dani Martín, Manuel Carrasco o Rozalén, entre una lista de catorce artistas, han escrito para usted. ¿Cómo los eligió?
Era evidente que tenían que ser ellos, aunque quizás podía haberse metido alguno más. Esto lo trabajó mi hijo Manuel, que es quien se ocupa de las producciones de mis discos de un tiempo a esta parte y me trae ya la comida cocinada para que yo le meta el bocado.
¿Cuál es el tema más Raphael del disco?
Loco por cantar. Y los que han compuesto Vanesa Martín y Manuel Carrasco son muy Raphael también. Pero de todos modos las canciones que no son tan Raphael yo las convierto en mías por arte de birlibirloque. Tú me puedes regalar un misal, que yo al momento te lo transformo.
Empezó a cantar en el coro de San Antonio de Padua, en Madrid, con los padres franciscanos. ¿Alguna vez se sintió tentado de vestir los hábitos?
Solo me he puesto el hábito para rodar una película de curas. Ahí quedó todo.
¿Cree en Dios?
Sí, rotundamente sí. Soy de los que opina que si no existiera habría que inventarlo.
Su talento salvó a su familia de apuros económicos. ¿Tuvo que madurar demasiado pronto?
Siempre he sido quien ha mandado y tomado decisiones en mi casa. Y sigue siendo así. De niño era, junto a mi madre, quien hacía y deshacía en esa casa, yo era su paño de lágrimas y su bastón. Pero fui muy feliz.
Actúa en Linares, su ciudad natal, el próximo 16 de junio. Es una parada obligatoria en todas sus giras. ¿Se ha convertido en un talismán?
Le estoy devolviendo a mi pueblo lo que no le di de jovencillo, porque a mí mis padres me sacaron de allí con nueve meses. La primera vez que fui a Linares fue con 14 años y ya fui a cantar. Me sentí tan bien que me propuse ir a mi pueblo todos los años para resarcirlos del tiempo que no pasé allí.
Desde que inició gira en Almería con una doble función el mes pasado, ha colgado el cartel de “entradas agotadas” varias veces. ¿Nunca ha estado en la cuerda floja?
Alguno de mis espectáculos ha gustado menos a la gente y lo que ha ocurrido es que ha habido cierta lentitud a la hora de acogerlos, pero han acabado haciéndolo y el final siempre ha sido el mismo: teatro lleno, sold out y el público en pie.
¿Qué edad tiene su fan más joven?
Siempre he tenido mucho gancho con los niños y las niñas de siete u ocho años. De ahí nació El tamborilero.
La hija de Donald Trump, Ivanka, es fan suya.
Conozco a Trump porque fue empresario mío cuando él era dueño de Atlantic City, hace veinticuatro años. Hice dos conciertos allí, me acompañó mi hijo Jacobo. Y la niña, Ivanka, que entonces tenía once años, quiso conocerme, era una fanática mía, le encantaba todo lo español.
¿Se ve actuando en la Casa Blanca?
No, el percal que hay allí ahora mismo no es interesante (risas).
Lleva 55 años sobre el escenario. ¿Se siente un Rolling Stone?
(Risas). Un poco, tenemos cosas en común, entre ellas la edad.
¿Cómo consigue un artista convertirse en un clásico persiguiendo siempre lo moderno?
Quizás sea ese el camino. Siempre digo que es bueno tener historia, pero no se puede vivir de las rentas. Y eso que yo tengo muchas canciones de las que podría vivir, pero creo que hay que enseñar el culo de vez en cuando para que la gente diga: ah, todavía le preocupa.
¿Hay que ser un poco Peter Pan para conectar con generaciones tan distintas durante tanto tiempo?
Claro, a mí no me gusta estancarme y tengo la suerte de que no soy nada nostálgico. No hablo del ayer si no me preguntan, siempre estoy pensando en lo que voy a hacer mañana. Mi gran noche siempre está por venir.
Aparcó el traje de payaso con el que cantaba Balada triste de trompeta y ahora está expuesto en el museo de Linares. ¿Ha tenido que eliminar alguno de sus temas del repertorio para bajar el ritmo?
No, ni siquiera he bajado los tonos. Pero a eso ha ayudado mucho mi trasplante. A mí me han puesto un motor nuevo y claro, juego con ventaja.
Su salto a Eurovisión le pilló haciendo la mili. ¿Se libró de algún marrón?
Al contrario, me vinieron los marrones. Cuando llegó el momento de ir a Eurovisión, me dijeron: “Vete, canta y vuelve”. Pero, claro, en aquella época era todo un caos y nadie te firmaba un permiso. Así que cuando aterricé en España tras el festival, además de miles de fans, me estaba esperando la policía militar, preguntando por qué me había ido. Yo pensaba que era una broma de mal gusto y les respondí: “¡Pero bueno! ¿No sabían todos ustedes que yo estaba en Eurovisión cantando? ¿No me estaban viendo por la tele?”. Creí que me iba para el calabozo, pero todo se arregló.
Salió de la España franquista en 1969 para actuar por primera vez en la URSS. Usted ha dicho que fue como romper el Telón de Acero, junto con el Real Madrid y Antonio, el bailarín.
Sí, porque el día que debuté en el Palacio de los Deportes de Moscú, el Real Madrid estaba jugando en un estadio que había enfrente. También era su primera vez en Rusia. Entonces España no tenía relaciones diplomáticas con Rusia y yo tuve que ir a través de Francia, desplazarme hasta París a que me cambiaran el pasaporte y me dieran uno con visa para Rusia, para cuarenta días.
¿Es verdad que su llegada a la URSS incrementó el número de estudiantes de español en el país?
Tengo un pergamino escrito en ruso que dice que desde que yo empecé a existir para ellos hay un 60 por ciento más de rusos que estudian español. Desde hace treinta años, todas las generaciones de rusos que trabajan en nuestro país, gente de hostelería, profesores, guías de museos… todos son Raphael, han aprendido con mis canciones. Y son muy aplicados porque yo soy muy dado a inventarme cosas en el escenario cuando me quedo en blanco y, si me pasa allí, siempre hay alguien que dice: “Raphael, hoy se confundió”.
En una ocasión, al periodista Tico Medina le pidieron un autógrafo en calidad de amigo de Raphael en la capital rusa.
Sí. Tengo anécdotas muy divertidas. En Rusia los fans querían comprarme la ropa que llevaba puesta. Yo no les cobraba, por supuesto, pero como regalaba todas las chaquetillas que llevaba, siempre tenía que llevar un suplemento de ropa, porque sabía que volvía sin la que llevaba encima.
¿Conoce a Putin?
No, aunque imagino que sabrá quién soy porque siempre que voy a Rusia canto al lado de donde él trabaja, en el teatro del Kremlin. El último dirigente ruso que vino a uno de mis conciertos fue Brézhnev.
¿Cuál es el sitio más raro en el que ha actuado?
Al principio de mi carrera, tendría yo 15 o 16 años, actué en un local de los de antaño. No era un burdel, pero había chicas de alterne y recuerdo que ellas obligaban a los clientes a aplaudir. Decían: “Aplaude. Si no, tú conmigo no vas a tener nada”.
Julio Iglesias ironiza con haberse acostado con 3.000 mujeres. ¿Usted no se ha prodigado tanto?
(Risas). Es que, de verdad… Así los demás no nos comemos una rosca. A Julio hay que decirle: “Felicidades”.
¿Sigue pensando que en el sexo, si es sentido, todo cabe, todo vale?
Sí, y puede ser muy simpático también. Es que siempre la gente lo tira por el drama. Y el sexo debe ser divertido.
¿Qué error no volvería a cometer?
Hay varias cosas, pero ya las he remediado. Al principio de mi carrera iba mucho a París a ver a los grandes de Francia. Yo soy fanático de Piaf, de Bécaud y toda esta gente. Yo siempre iba al teatro a ver qué cosas hacían ellos mal, para aprender de lo que no se debe hacer, fíjate si soy retorcido.
¿Alguna vez se ha publicado la noticia de su muerte?
La primera vez que se me mató fue en Portugal hace muchísimos años. Volé en avión privado desde México a Faro para dar un concierto. Yo tenía que volver al día siguiente, pero como hacía seis o siete meses que no veía a mi familia, le pedí al chófer que me llevara a Madrid a ver a mi madre. Cuando entré en mi casa, ella se encontraba en la cocina escuchando el Diario hablado y en aquel momento estaban dando la noticia de que yo había muerto de un infarto la noche anterior. Yo estaba detrás de ella, pero la mujer no me había oído entrar. Recuerdo su cara cuando se dio la vuelta y me vio. Yo dije: “Nunca haga caso de lo que dice la televisión”. Si llego a irme a México sin verla, a la que le hubiera dado el infarto es a ella.
¿Ha temido por su vida?
La época negra de mi vida es cuando me puse enfermo, claro, porque no sabía de dónde venía aquello ni quería saberlo. Yo prefería seguir en mi ignorancia, esperando que el problema se arreglara solo, porque a veces hay cosas que se arreglan solas, con el tiempo. Hasta que tiré la toalla y me pregunté: “¿Qué tengo?”.
¿Es aprensivo?
No, pero entonces pensaba en toda la gente que me rodeaba. Ahora no solo no me importa hablar de ello, sino que me he propuesto mencionarlo en todas mis entrevistas. Cuando me sometí al trasplante de hígado, mis médicos me pidieron que saliera más en televisión. Me dijeron: “Enseña la carita que se te ha quedado, ni siquiera tienes que cantar, solo deja que te vean y verás el bien que haces”.
¿Sigue teniendo problemas para dormir?
A veces, tengo rachas en las que me duermo en la lanza de un indio y otras en que si estoy preparando algo y le estoy dando vueltas… Pero por lo general descanso bien.
¿A qué tiene miedo?
Antes, a la muerte. Ya no.
¿Qué consigue apagar su mítica sonrisa?
¿Sonrío siempre? No, hombre, si me cabreo no.
¿Y qué le cabrea?
Cuando alguien hace una putada, aunque no sea a mí, me amarga el día. | Sigue leyendo.

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Comentarios recientes

  • vicente 15/05/2017 10:15

    No te preocupes,si no te van a llamar,entre otras cosas,porque no saben quien eres...

    Comentario fuera de tono

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