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Rodrigo, concejal de día, juerguista de noche

Fecha: 24/03/2008 Pedro PALS ico favoritos Añadir a favoritos
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Su nombre de guerra es Mirko y se dedica a lo que se dedica, la prostitución masculina; es lo que vulgarmente se conoce como un chapero.

Juanjo VEGA

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Conmigo se encaprichó, por llamarlo de alguna manera. Le conocí al poco de llegar a Mallorca y estuvimos juntos mucho tiempo, hasta hace pocos meses”. Mirko es un joven (24 años) suramericano de origen italiano que apenas lleva 30 meses en España. Mirko es sólo su nombre de guerra, porque en su oficio, la prostitución masculina, nadie usa su nombre verdadero. Sería una indiscreción en un mundo de por sí marginal y secreto. Así pueden anunciarse en los periódicos –como él mismo y sus amigos hacen en los diarios de las Baleares–, darse a conocer en los locales de ambiente o pasarse clientes de unos a otros de forma discreta mientras, por ejemplo, hacen al margen vida normal.

Como normal –aparentemente– era la vida en Palma de Mallorca de Javier Rodrigo de Santos. Concejal del PP en el Ayuntamiento de la anterior legislatura, cuando era alcaldesa su compañera de partido Catalina Cirer, De Santos, de 42 años, era un joven valor en alza en el Partido Popular en las islas. Casado, con cinco hijos y católico convencido, fue coordinador de la campaña autonómica del PP en 2003, director general del Insalud en Baleares y teniente de alcalde –número dos del Ayuntamiento– con Cirer hasta mayo de 2007. Ese cargo lo compaginaba con el de concejal responsable de la poderosa delegación de Urbanismo, y, al tiempo, presidía la EMOP (Empresa Municipal de Obras y Proyectos). Es precisamente el puesto que ocupaba cuando, entre 2005 y 2007, se gastó los alrededor de 50.000 euros con cargo a una Visa Plata del Ayuntamiento en su otra vida, aparentemente no tan normal: consumir cocaína y contratar a chaperos. Ahora, en los círculos políticos palmesanos se censura la doble moral del concejal, cómo en su vida privada se negaba a casar a parejas de homosexuales.

“Tenía obsesión con el sexo y la droga –cuenta Mirko–. A veces llegaba a la una de la tarde al piso y no se iba hasta el día siguiente a la misma hora. Nos agotaba a todos; siempre quería más”. Ese “todos” se refiere a otros prostitutos gais, como Niño, porque, según dice, a Rodrigo le gustaba estar con varios a la vez. “Un día, incluso se lo hizo con siete –dice el joven Mirko–. Y eso era un dineral. Porque yo mismo, por ejemplo, cobro 200 euros la hora… aparte los servicios especiales, claro. Pero él siempre decía que por dinero no era problema. Y era verdad, porque llamaba al banco y le reponían la Visa”. Según Mirko, la ya famosa Visa Plata municipal de De Santos tenía un límite diario de 1.200 euros, pero eso no era obstáculo para que el ex concejal se gastase “hasta casi 8.000 euros en un día –dice Mirko–, porque se empeñó en hacérselo con un chaval. Y luego, además, le dio un montón de dinero y le dijo que se fuera, así, sin más. Hacía esas cosas de no estar bien de la cabeza, como cuando presumía de su cargo: a mí me decía que estuviera tranquilo, que todo me iba a ir bien porque era un político de peso”. Ésa es, tal vez, la parte más extraña de la historia.

Según Mirko, Rodrigo de Santos no se escondía como cabía prever: “Una noche que estábamos de juerga fuimos siete chavales con él a la playa, pero a la de aquí mismo, junto al puerto de Palma –cuenta–. Y él, tan tranquilo, paseándose desnudo por la arena. Nosotros le decíamos que tuviese cuidado, que cualquiera le podía reconocer… Pero a él le daba igual. Decía: «No me cortéis el rollo»”. Pero a Rodrigo no parecía importarle. De hecho, Mirko cuenta que algunos de sus amigos chaperos sabían de él incluso en Madrid, por las fiestas que se montaba, y que el concejal era conocido en los ambientes gais por el apodo de la Pepera, en alusión a su partido. Mirko está seguro de que había más políticos que sabían de sus andanzas, pero que “lo tapaban”. Corrobora sus palabras con las imágenes que aparecen en este reportaje y que tomó con su teléfono móvil, hace un par de años, en una de las muchas visitas que Rodrigo de Santos hizo al piso donde se veía con los gais.

Las imágenes fueron tomadas con un móvil Nokia de gama media, con conocimiento del concejal. “Nos pedía que le grabáramos con los móviles porque le gustaba verse después en acción”, recuerda Mirko, que la noche a la que corresponden estas imágenes hizo de camarógrafo improvisado. El escenario, el piso donde tenían lugar estos encuentros, es un picadero junto a la plaza Gomila –en la zona gay de Palma de Mallorca– en el que los prostitutos llevaban a cabo su comercio sexual con los clientes. Precisamente a escasos metros, en la calle Ramón Servera Moyà, se encuentra Casa Alfredo, un clásico de ambiente de la capital balear, con más de veinticinco años de actividad, que también era frecuentado por el ex concejal y de donde proceden la mayoría de los justificantes de su tarjeta de crédito. Según fuentes de la Fiscalía citadas por el diario balear Última Hora –el periódico que descubrió el escándalo– otras veces estos cargos se hacían a nombre de Lavandería Miele, una tapadera cuyo propietario es Alfredo Gómez, el dueño de Casa Alfredo. Las imágenes, de fuerte impacto, dan idea de los gustos del ex concejal. “Rodrigo traía un maletín en el que había metido diferentes artilugios para practicar sexo –relata Mirko–. Algunos de aquellos juguetes eran tan especiales que no se pueden encontrar en Palma de Mallorca. Lo lleva- ba muchas veces, tanto al piso donde nos veíamos como a los locales gais. Yo creo que estaba enfermo por la cocaína –dice–. De hecho, siempre presumía de saber dónde encontrar la mejor. Y la verdad es que no paraba. Una vez llegó con 24 gramos”.

Tanto la adicción al sexo como a la cocaína de Rodrigo de Santos se aprecian claramente en las imágenes, de una crudeza difícil de describir, como cuando están jugando con un enorme consolador mientras el político mira la pantalla de un ordenador donde Mirko asegura que se estaba reproduciendo una película de un hombre que se lo montaba con un caballo. “No sé por qué, pero ésta era una de sus fantasías –dice el joven chapero–. Un día me llevó a una finca muy grande que tiene, según él de 800 hectáreas, para jugar con unos caballos”.

A Javier Rodrigo de Santos se le ha venido abajo, de golpe, todo ese mundo. Ha tenido que salir de Palma de Mallorca, abandonar su puesto como segundo cargo en la Delegación de Hacienda de Baleares y trasladarse a Madrid para someterse a una severa cura de desintoxicación. El ex concejal ha reconocido que, en efecto, era un adicto a la cocaína y que sí gastó 50.800 euros públicos en sus aficiones gais, dinero que puso a disposición de la Fiscalía el pasado 14 de marzo, según han difundido desde el Ayuntamiento de Palma. Ahora la joven promesa ascendente del PP insular tiene un juicio pendiente que empezará a correr, salvo complicaciones, el próximo 11 de abril a las 10.30 horas, cuando está citado a declarar en el Juzgado de Instrucción número 5 de Palma de Mallorca por, de momento, malversación de caudales públicos.

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