El Aaiún fue la capital de la provincia española del Sahara Occidental hasta que, en noviembre de 1975, Hassan II desencadenó una avalancha de 350.000 personas que ayudó para colocar 25.000 militares en los territorios ocupados. La Marcha Verde impuso la soberanía marroquí y abrió un conflicto armado que aún perdura.
Ramón Mourelle
07/11/05 El Aaiún es una ciudad caótica en la que se respira una calma tensa. Los guardias gritan en francés, los imanes rezan en árabe y los taxistas trabajan en inglés. Pero en la arena de sus calles se escucha todavía el leve murmullo del castellano. Es por boca de los mayores, aquellos que nacieron con el franquismo o se educaron bajo la ocupación española. Han pasado 30 años desde la salida española de El Aaiún, pero ellos mantienen vivas costumbres grabadas a fuego. Les han quedado el idioma y sus casas como legado y 30 años de conflicto bélico de penitencia.
La huella española de El Aaiún se deja ver en los centros de negocios y en los barrios más deprimidos de la ciudad. Es en ellos donde se concentra la mayoría de la población saharaui, que fue desplazada por los colonos marroquíes tras el éxito de la Marcha Verde. La ciudad fue capital administrativa de la colonia española desde 1883, y de la provincia del Sahara Occidental con la llegada del franquismo. Tres decenios después, sólo las palabras y las piedras perduran. Miles de saharauis mantienen vivo el castellano que aprendieron en el colegio, y las viviendas y los edificios de la Administración franquista todavía están erguidos. Barrios como La Colomina Roja o El Mercado de Camellos recuerdan en múltiples detalles su origen español. “Nosotros estamos muy agradecidos a los españoles por todo lo que hicieron, pero no podemos olvidar que nos abandonaron en manos de los marroquíes”, recuerda Aminatu, una anciana aaiuní que, al poco tiempo, entona una frase vetusta y reaccionaria en España, pero que en El Aaiún es casi un lema: “Con Franco se vivía mejor”.
Aminatu vive en una casa construida por españoles. La Administración franquista se la regaló hace cuarenta años y la vivienda sigue hoy en día en el mismo estado que entonces. No ha sufrido reformas, no tiene luz ni agua corriente, y un boquete en el techo deja salir los hedores y entrar la luz. A su lado descansa su hijo, golpeado por la policía marroquí en las últimas manifestaciones de los saharauis contra Mohamed VI. “Muchos de los nuestros salieron de la ciudad antes de que llegaran los marroquíes. Nuestros familiares llevan años en el desierto y no hemos podido verlos”, se lamenta.
La ciudad lleva meses convulsa. Desde mayo, las manifestaciones saharauis se suceden en las calles y los presos políticos encadenan huelgas de hambre. Muchos han pasado ya por el hospital y las reyertas públicas se han cobrado su primera víctima. Lembarki Hamdi Salek Mahayub, de 31 años, falleció en plena calle por los golpes policiales. Su delito: ondear una bandera saharaui en las calles de El Aaiún. Sobre su muerte pesa una promesa, la libre determinación de los saharauis.
España fue la primera en poner sobre la mesa la propuesta de un referéndum para la región. Su historia es tan antigua como la Marcha Verde, pero ha perdurado hasta nuestros días. Marruecos ha evitado la consulta en numerosas ocasiones al requerir que los colonos de su país tengan también derecho al voto, ya que en la actualidad sus ciudadanos son mayoría en los territorios ocupados. Con la llegada de las tropas marroquíes, miles de saharauis abandonaron sus tierras para adentrarse en el desierto. Fueron acogidos por Argelia y viven, desde entonces, en campamentos de refugiados. La onomástica de la Marcha Verde es también la de su exilio, y sus familias recuerdan a cada paso que hace tres decenios que no pueden ver sus ojos.
La comunidad saharaui mantiene a España con agrado en la memoria y utiliza los nombres castellanos de sus barrios, pese a que los marroquíes los cambiaron a su llegada. Tras el adiós español, el ejército marroquí adaptó todos los acuartelamientos abandonados. El cuartel de Artillería se convirtió en la Cárcel Negra, un temido penal mantenido en secreto por las autoridades marroquíes, pero famoso entre los presos saharauis por su extrema dureza.
Otros edificios han sido destinados a usos más lúdicos. El Parador se mantiene como el mejor hotel de El Aaiún y en el casino, la ruleta no ha dejado de rodar. En la calle, los saharauis sonríen al encontrar un español en sus aceras. Saludan en castellano oxidado, y ya con calma, claman al cielo: “Si fueron tan buenos, ¿por qué no hacen nada para ayudarnos?”.
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