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Secuestros a la carta

Fecha: 29/08/2005 0:00 Stéphanie Chemla ico favoritos Añadir a favoritos
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Es como en la película ‘The Game’, en la que a Michael Douglas le regalan un secuestro por su cumpleaños… La empresa norteamericana Video Games Adventure organiza secuestros a medida y a petición de sus clientes, que no dejan de crecer. Los montajes son de un tremendo realismo.

Aunque parezca un escenario real, el secuestro es falso. El cliente ha pagado 6.000 dólares por este privilegio. Conocida desde hace dos años en Estados Unidos, la empresa Video Games Adventure se especializa en secuestros para satisfacer al cliente más excéntrico.

En el subsuelo de la casita, la víctima –también llamada The Box por haber viajado desde Nueva York seis horas y media en una caja de madera–, se prepara para vivir su calvario. “¿Oyes ese ruido arriba? ¡Toda esa gente vino a verte y te aseguro que no van a ser tiernos!”, amenaza un secuestrador. “¡Contéstame y mira la pared!”, vocifera Tonka, uno de los carceleros. Amenazas, insultos, órdenes se suceden. En la misma noche la víctima es atada, desatada, desvestida, encadenada. Le hablan sin parar hasta agotarle. Al día siguiente le espera una nueva sorpresa. Dos falsos rehenes aparecen en escena: “Pero, ¿quiénes son? ¿qué hacen aquí?”, pregunta David indignado. Porque David odia la competencia hasta en el sufrimiento. Para desorientarlo aún más, sus verdugos han hecho entrar nuevos actores. “Pendejo, ¿quieres follar con la chica? ¿O quizá prefieres al gordo?”, indaga el raptor. El gordo, bajo amenazas, se baja el pantalón y pone su culo en la cabeza del cliente. Y como en una siniestra película, se alternan amenazas, alusiones sexuales y órdenes. Todo puede suceder.

El peligro es inminente. Varias horas después, alimentada con atún y mayonesa, molestada, golpeada, humillada… el desconcierto lleva a que la víctima transite del miedo a la risa nerviosa. Los verdugos se turnan con David, le duchan con agua helada, le despiertan, le interrogan. Cuando llega la última noche de cautiverio, sacan al rehén de su zulo y le invitan a una fiesta aprovechando la ausencia de Broca, el jefe, alias Connie. En medio de las cervezas, la música, las chicas desenfrenadas, David está radiante. Habla de su experiencia sin parar, toma varios whiskies. Cree que ya todo ha terminado, pero de repente Broca regresa. Medio ebrio, a David le cuelgan por los pies en el altillo antes de llevarlo de vuelta al sótano. Primera falsa liberación. La mañana siguiente Connie lo suelta y exagera en la amabilidad. De nuevo surgen comparsas con máscaras, le atan y le meten en una bolsa de viaje. Segunda falsa liberación. El rehén viajará más de siete horas en esa bolsa para regresar a Brooklyn. Cuando llega, en medio de un frío polar, le atan con candados en su coche. Para liberarse debe encontrar los códigos de esos candados. Aunque está aterrado y muerto de frío, David intenta recordar los números mencionados durante toda la estadía. Deshacerse de sus ataduras le llevará dos horas. A las doce de la noche del jueves llega el final del juego.
Empresa perversa
Los adictos al secuestro obtienen su dosis de adrenalina. Pero no es la única razón. “Quería tener sensaciones fuertes, saber hasta dónde era capaz de llegar. He aprendido mucho sobre mí –explica David–. Creo que hay que ser un poco loco para tener ganas de que a uno lo secuestren. Esta experiencia fue un poco mis cuarenta días en el desierto”, agrega, y elogia a los actores y los escenarios. Además de esos motivos muy personales, David también soñaba con participar en otro proyecto paralelo: una muestra en un museo de arte contemporáneo, el Mass Moca. Allí se proyectará un DVD de 8 horas de los hitos de su secuestro junto a la exposición de sus cadenas, esposas y otros objetos de su detención. “Un arte terrorífico que revela las peores partes del alma humana, pero que es fundamental”, explica la conservadora de la exposición. Los miembros del equipo no son unánimes en cuanto a sus propios motivos. Los actores, el artista, el pintor, el escritor, el bombero, el publicitario y el realizador intentan antes que nada divertirse. También es una manera de encontrar inspira ción para películas o libros, de vivir una experiencia, de estar entre amigos o de ganar un poco de dinero extra.
Empresa perversa
En el origen de este proyecto descabellado está Brock Enright, un artista diplomado en Columbia de 28 años, que cuenta su historia: “Cuando éramos chicos no había mucho que hacer en Virginia Beach. Nos aburríamos y no teníamos dinero para ir al cine. Yo tenía una cámara. A los 12 años inventé con mis amigos un juego cuyo objetivo era impedir el éxito de unos y otros. Manchábamos el traje del que tenía una entrevista de trabajo para que llegase tarde, le arruinábamos la cita romántica a otro haciéndole quedar como un ridículo. Hasta que un día se nos ocurrió secuestrarnos los unos a los otros y filmarnos”, explica Brock. Este juego entre amigos se convirtió en un proyecto profesional cuando mostró una de sus filmaciones en la Universidad de Columbia. Uno de sus interlocutores dijo que quería eso. Brock aceptó, no sin antes negociar una contrapartida financiera. En 1995, la serie de los secuestros empezó. Hoy el sistema funciona perfectamente. Veinte actores se turnan al lado de la víctima para lograr realismo. Pase lo que pase, la víctima debe estar satisfecha; aunque la maltraten, sigue siendo el cliente. Una parte del guión se creó en función de sus deseos expresados en entrevistas previas al secuestro. David, profesor de teatro de 40 años, había elegido un juego psicológico. Por eso sus raptores le desorientaban y jugaban con su miedo.

El guión evolucionaba en función de las reacciones del rehén. Brock y Félix, el comercial de la empresa, crearon la trama de la aventura. Brock y Video Games Adventure Services captaron una necesidad y la convirtieron en un buen negocio. Félix, uno de los tres asociados, cuenta que “al principio facturábamos 1.500 dólares (1.200 euros) por un secuestro. Hoy una aventura de cuatro días como la de David cuesta 6.000 dólares (4.600 euros). Hemos realizado hasta cinco secuestros por semana y recibimos entre una y dos llamados por día de personas interesadas, asegura. Desde su creación, la empresa ha organizado más de 350 aventuras en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia y Turquía. Y ha diversificado sus servicios. Propone hacerle pasar el mejor o peor día a alguien, revivir un momento histórico, adelgazar haciendo ejercicio encerrado en una casa... Pero el secuestro sigue siendo lo más pedido. “A mucha gente le parece raro, pero yo no encuentro que este servicio sea algo malo. Es como ir al cine... con una diferencia: aquí uno vive la aventura en primera persona”, dice Félix.

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