El vídeo dio la vuelta al mundo hace ahora un año. El joven barcelonés Sergi Xavier Martín agredía brutalmente a una menor ecuatoriana en un tren de cercanías ante las cámaras de seguridad. En espera de juicio, encerrado en su barrio y en paro, Sergi ha hablado con interviú: “Aún no sé por qué lo hice".
Hace un año que Sergi Xavier Martín Martínez no se sube a un tren de cercanías de los Ferrocarriles de la Generalitat de Cataluña. Lo tiene prohibido porque el 7 de octubre de 2007 protagonizó en el interior de uno de ellos una agresión racista, que quedó registrada en las cámaras de seguridad del vagón. La víctima fue una muchacha ecuatoriana de 15 años, que doce meses después de aquello sigue sufriendo angustia por lo que le hizo y le dijo Sergi Xavier, según cuenta su hermana. La joven recibió numerosos manotazos en la cabeza y una fuerte patada en un hombro mientras era insultada con improperios racistas y machistas: “¡Zorra! ¡Inmigrante de mierda!”. En un momento de la agresión, Sergi Xavier le pellizcó con fuerza el pecho izquierdo.
Hoy, un año después de aquello, y a la espera del juicio, el autor de la agresión xenófoba, al que esta revista ha localizado en su barrio de Santa Coloma de Cervelló, aún sostiene que no sabe por qué lo hizo: “Eso mismo me he preguntado yo muchas veces. Pero ni siquiera recuerdo lo que pasó. Cuando el juez me enseñó el vídeo, me quedé flipando. No me reconocía”, dice Sergi Xavier, que cumplirá 23 años el próximo mes. Habla en tono bajo, sin un ápice de la actitud desafiante que mostró hace un año, cuando se convirtió en blanco de los medios de comunicación españoles y suramericanos, sobre todo los de Ecuador, país que consideró la agresión a su compatriota como una ofensa imperdonable.
Mientras conversa, Sergi Xavier apoya las manos sobre una mesa de mármol del Ateneu Unió; es el antiguo centro social de la Colonia Güell, en Santa Coloma de Cervelló, localidad barcelonesa donde reside desde siempre. El local, fundado en 1892 para dar cobertura a los obreros textiles de este barrio modernista, fue levantado por el magnate Eusebi Güell y es uno de los pocos sitios donde a Sergi le han dado trabajo, como camarero, desde que se convirtió en noticia por su agresión. Justo antes de humillar a la niña suramericana, se despidió de la empresa de carpintería metálica donde trabajaba, y en los últimos doce meses pocos en su localidad y en los alrededores han querido emplearle.
Sergi reparte su tiempo de paro entre la casa de su abuela, Feli, con la que vive desde que nació, y los bares de la colonia. La anciana se angustia cada vez que su nieto sale a la calle, según él mismo confiesa. No ha pisado aún la cárcel por estos hechos, pero alega que lleva un año “encarcelado”: el juez le prohíbe salir de la Colonia Güell, salvo para firmar dos veces al día ante los municipales de su pueblo y dos veces al mes en su juzgado de Sant Boi, la localidad vecina. “¿Quién me va a contratar, con estas obligaciones? –se queja Sergi–. Me gustaría volver a trabajar en el aluminio, como cuando iba por toda España montando puertas y ventanas para una cadena de supermercados. Murcia, el País Vasco… pero con todo esto, teniendo que estar en comisaría por la mañana y por la tarde de lunes a lunes, no hay manera, así que vivimos de la pensión de mi abuela y gracias”.
Mientras habla, saluda a los vecinos, que lo conocen desde pequeño. Algunos le tienen cariño y perdonan –que no disculpan– la brutalidad de su agresión: “Es un capullo, un tonto. Lo que ha hecho no lo aprueba nadie; pero no es ningún nazi ni forma parte de banda alguna, qué va. Y su chulería es pura fachada, porque le metes una voz y se calla. Se asusta en seguida”. Tal vez.
Sergi confiesa que le tiene miedo a la cárcel: “Claro, porque no es lo mismo entrar por robar un banco que por una cosa como esta. Tengo miedo de que vayan a por mí, aunque me pienso defender, estaría bueno. Antes de que alguno me tire a un patio lo tiro yo a él”, advierte en tono chulesco.
Pero es consciente de que lo tiene muy difícil para librarse de la prisión. Su ataque del tren fue tan escandaloso que obligó a intervenir a la propia cancillería de Ecuador, cuyo Gobierno se personó como acusación particular en la causa, junto con la Generalitat y la ONG catalana SOS Racisme. Para entonces ya tenía antecedentes por robo, y no ha dejado de sumar en su historial: el pasado abril fue detenido por conducir borracho un ciclomotor: “Di sólo unas décimas más de la cuenta, pero la verdad es que sí que me había tomado unos cuantos cubatas –reconoce–. Y así se lo dije a los Mossos. Me quitaron el carné diez meses”. En cuanto al robo, en cambio, no está tan convencido: “Fue una chiquillada. Le pedimos dinero a un chaval, que empezó a gritar que le robábamos. Apareció la policía y nos detuvo a todos, pero no le habíamos quitado nada”.
Ha pasado un año y todavía no hay fecha para el juicio contra Sergi Xavier, para el que la acusación particular pide nueve años de prisión. César Sanz, su abogado, opina que no se celebrará este año. Que en la agresión a la ecuatoriana –que hoy tiene 16 años– hubo un componente de xenofobia pocos lo dudan. Sergi Xavier sí: “No fue un acto racista, fue algo que hice sin pensar”. No lo creyeron así algunos colectivos de inmigrantes: Sergi recibió amenazas de bandas de suramericanos, como los Latin Kings, y de algún grupo de marroquíes de la zona de Santa Coloma de Cervelló. En foros de internet relacionados con los Latin algunos difundieron consignas y la dirección del domicilio de Sergi: “No solamente hay que darle prisión, sino hay que fusilarlo de un balazo, pero antes hacerle sufrir y chicanearle los cojones, a ver si tiene bolas para volver a atacar a una niña ecuatoriana”. Sergi dice que no tuvo miedo de esas amenazas. También recibió insultos el joven argentino Jesús Prieto, testigo de la agresión, que iba en el vagón y que no hizo nada por ayudar a la ecuatoriana. “Sé que ese joven ha sido insultado por la calle. Le han llamado cobarde”, dice César Sanz. El letrado de Sergi considera que los hechos protagonizados por su cliente son “lamentables”, pero los califica como falta y no como delito: “Su repercusión mediática ha engordado el asunto. Incluso se le quiere condenar por un delito de agresión sexual”, añade Sanz. El fiscal pide tres años por un delito de denigración moral con agravante de xenofobia y otro de lesiones psíquicas. La acusación le imputa también un delito de agresión sexual, argumentando que pellizcó un pecho a la muchacha.
El abogado de Sergi considera que en el proceso se han cometido irregularidades, y por eso ha pedido su nulidad: “El fiscal tardó sesenta días en calificar los hechos, superando con creces los diez días preceptivos”, explica Sanz. Otra de las cuestiones por las que el letrado de Sergi Xavier Martín pide la nulidad del proceso es la personación en el mismo de la Consejería de Integración e Inmigración de la Generalitat de Cataluña: “No tiene sentido. La consejería que es competente en este asunto es la de Interior, porque se trata de preservar la seguridad de los ciudadanos en los trenes. No pinta nada la Consejería de Inmigración”. El letrado achaca el violento comportamiento de Sergi Xavier a su pasado y a su salud mental: “Me parece incoherente que primero la Generalitat y luego el resto de las instituciones le hayan dado la espalda a este muchacho, víctima de una familia desestructurada y que ha tenido problemas psicológicos durante la infancia y la adolescencia. Y que ahora le quieran castigar con todo el peso de le ley”.
La cara violenta de Sergi Xavier no se aprecia cuando se le oye conversar con los vecinos, y menos cuando habla de su familia. Criado desde niño por sus abuelos paternos, Feli y Enric, a su madre, Ana, sólo la conoce por fotos; cree que vive en Vic, pero no quiere buscarla. Rápidamente cambia de tema. De su padre, Jaime, parece haber heredado su afición a las motos y los coches. Hace poco, su padre tuvo otro hijo con su nueva pareja. Sergi está ilusionado con su nuevo hermano, Enric, que ahora tiene tres años. “Le quiero mucho –dice, y en esto coinciden sus vecinos, en que se lleva muy bien con los críos–. Mi hermanito tiene mi misma cara y se llama como mi abuelo. Pero desde que pasó lo que pasó no lo he vuelto a ver. Ni a él ni a mi padre. A veces llama a casa; pero si cojo yo el teléfono, ni siquiera me habla. Cuando me detuvieron, sólo dijo: «Así espabilará»”.
Sergi asegura que quiere trabajar: “Me gustaría un trabajo como mecánico de motos o volver al aluminio, que es lo que mejor sé hacer”. Mientras espera el trabajo y el juicio, que le puede llevar directamente a la cárcel, el agresor del tren hace lo único que le dejan desde hace un año: pasear por su barrio, recorrer la veintena de callejas de la Colonia Güell, saludar a sus vecinos, esperar la llamada de su padre y personarse dos veces al día en la comisaría.
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