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Trabajadores de la principal fábrica española de encimeras de cocina denuncian que se ocultan 35 muertes y medio centenar de enfermos de silicosis

Silicosis: Dinero a cambio de silencio

Fecha: 11/09/2017 Inma Muro ico favoritos Añadir a favoritos
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Oficialmente no hay un censo de enfermos ni de muertos. Pero los afectados sacan sus cuentas y aseguran que la silicosis causa estragos en el entorno de Cosentino, la mayor factoría de aglomerado de cuarzo, ubicada en Almería. Por primera vez se atreven a hablar de medidas de seguridad insuficientes y desvelan que la empresa ofrece indemnizaciones a los trabajadores que salen a cambio de no revelar la situación. La compañía dice que son acuerdos privados, niega “rotundamente” que ningún trabajador suyo haya muerto de silicosis y cuenta menos de 14 enfermos en su plantilla. | Sigue leyendo. 

José Araque Martínez murió en julio de 2015, entubado en la UCI, sedado y sangrando por la boca, asfixiado porque le habían extirpado el pulmón izquierdo, que tenía nódulos “grandes como aceitunas”, recuerda Paqui Silva Pascual, su viuda. Pasó cuatro años de médico en médico hasta que se le dio un diagnóstico: silicosis. “El neumólogo me preguntó en qué mina trabajaba mi marido,pero él en su vida pisó una”, añade la mujer. Aún no se hablaba de la relación de esta enfermedad laboral con el trabajo con aglomerados de cuarzo, con los que se fabrican encimeras de cocina. José trabajó veinticinco años “haciendo cantos” en la empresa Cosentino, líder en España en la fabricación de este material, que comercializa bajo el nombre de Silestone

Con sede en Cantoria, en la comarca almeriense de Almanzora, la compañía posee una enorme factoría de más de un millón de metros cuadrados y 1.770 trabajadores. Es uno de los motores económicos de la provincia y está entre las 25 primeras empresas andaluzas. Fuentes de la empresa contradicen la versión de Paqui: “Ningún empleado de Cosentino ha fallecido como consecuencia de dicha enfermedad”.

Cuando la viuda de José pasa ante la planta ubicada al borde de la carretera que une las localidades de Baza y Huercal-Overa, se le remuevan las entrañas. Paqui y José estuvieron juntos desde los 18 años y aún hoy tiene sus cenizas al lado. “Ya lo he perdido todo pero tengo que luchar por otros. A mí no me van a callar por cuatro perras”. Así explica Paqui Silva su decisión de hablar en interviú sobre la muerte de su marido.

José Antonio Martínez Moreno fue compañero de José Araque durante años. Vio de cerca su agonía y la sintió en sus propias carnes: teme que pueda ser su futuro. Hace ocho años recibió el fatal diagnóstico: silicosis, una enfermedad crónica y mortal. Le llegó cuando tenía 35 años, con un hijo recién nacido. Aprendió el oficio en Cosentino, allí estuvo desde 1993 hasta que salió enfermo en 2004. Entró como aprendiz y se fue como encargado en la línea de pulido. 

Después de un viacrucis de pruebas, logró que se le reconociera la incapacidad permanente total por silicosis. “Empecé a tener fiebre. Estuve cuatro meses yendo a urgencias. Tenía décimas, sin saber de dónde venían, me tomaba paracetamol y a trabajar”, recuerda José Antonio. Así estuvo dos años. Hasta que llegó un momento en que empeoró, se desmayaba, y estuvo ingresado 35 días en el hospital. “Me aislaron dos semanas, me atendían con trajes como los del Ébola. No sabían si era contagioso, si era cáncer...”, cuenta. 

Claúsulas millonarias

Le dieron de alta sin tener un diagnóstico. Volvió al trabajo con dolor en el pecho. Le hicieron pruebas de tuberculosis y una biopsia. “En los pulmones encontraron microcristales de 0,2 y 0,3 micras –explica–. Pasé 18 meses de baja hasta que me dieron  la incapacidad. La empresa no me preguntó ni una vez cómo estaba”.

José Antonio Martínez ya no volvió a su puesto ni se avino a negociar con los responsables de Cosentino para llegar a un acuerdo económico. “No quería hablar de dinero. La empresa individualiza los casos, llega a tratos personales, paga indemnizaciones bajo cláusulas de no demandar ni divulgar los términos del acuerdo”, confiesa José Antonio.

Otras fuentes consultadas por interviú corroboran la práctica y cuantifican pagos de hasta  500.000 euros que, supuestamente, entrega la empresa a trabajadores enfermos de silicosis en concepto de indemnizaciones por daños y perjuicios y recargos por faltas de medidas de seguridad constatadas por Inspección de Trabajo. Cantidades que llegan bajo condición de que no denuncien ni revelen las cifras pactadas. “Si la empresa hace firmar esos acuerdos de confidencialidad, algo deben temer. He llegado a ver cláusulas de penalización de hasta un millón de euros si se hacía público el acuerdo”, explica una excolaboradora de la firma Cosentino que ha pedido que no se divulgue su nombre. Hace unos años dejó la firma por diferencias con la dirección. “Muchos salen de allí; la conciencia no te deja seguir”, espeta. 

Por su parte, portavoces de Cosentino circunsciben los acuerdos suscritos con sus exempleados a “la esfera privada” y no dan ningún dato sobre ellos. Las mismas fuentes explican a esta revista que “la asistencia sanitaria y emocional, así como la estabilidad económica de todos aquellos trabajadores a los que les hubiera sido reconocido algún grado de enfermedad profesional, ha sido una realidad siempre tratada con la máxima profesionalidad y empatía”. 

La excolaboradora de Cosentino describe las condiciones de trabajo que vio en la empresa de una manera muy gráfica: “Yo estuve en Auschwitz, por las condiciones en las que se trabajaba. Aunque invierten mucho en medidas de seguridad individuales, faltan las colectivas, Si se pusiese toda la seguridad necesaria, sería carísimo y haría inviable la factoría”, añade. 

Matilde, mujer de un extrabajador enfermo, cuenta que su marido llegaba a casa cubierto de polvo blanco y ella tenía dos días la ropa a remojo para que se limpiase. “Antes de que pusiese un pie en casa, sabía que llegaba, le olía. Mi abogado me dice que me haga las pruebas por si puedo estar afectada también de silicosis”, explica. Los turnos de trabajo eran durísimos. “Me cuenta que aguantaba a base de bocadillos y cafés”, añade Matilde. 

Está a la espera de que su marido cobre la indemnización que ha acordado con la empresa, por eso oculta su identidad bajo un seudónimo.  A su marido fue diagnosticarle la enfermedad pulmonar y lloverle los males: cáncer de próstata, problemas de riñón, un pólipo en el colon, piedras en la vesículas… Complicaciones que su mujer asocia a la insalubridad de su trabajo. “En 25 años en la empresa no cogió una baja y, de repente, todo. Con poco más de 50 años, está hecho polvo”, se queja. Mujeres de afectados coinciden en que las cantidades recibidas son un vago consuelo: “Dan dinero, pero ¿qué valor tiene una vida?”.

Miedo a hablar 

En la comarca del Almanzora –con poblaciones como Olula del Río, Macael o Albox– se percibe el miedo a desvelar detalles sobre las condiciones de trabajo en Cosentino. “Nunca he visto tanto miedo a denunciar como en esta zona. Hay afectados que dicen que sin Cosentino, Macael estaría muerto, y pueblos como Serón desaparecerían”, explica Raúl Carballedo, abogado de enfermos.

Quienes hablan piden discreción. Las reuniones se celebran en un bar de carretera o en sus propias casas, lejos de curiosos. Por consejo de sus abogados, más de uno solicita que no aparezcan sus nombres y que se omitan datos personales o profesionales que puedan identificarles. Están aún pendientes de resolver litigios con el mayor fabricante de aglomerado de cuarzo en España y que distribuye sus productos en más de 80 países. 

Del clima de precauciones y temores se desmarca José Humberto Muñoz, trabajador de Cosentino en la actualidad y representante sindical por Marea Sindicalista. “Creo que tengo la obligación y el derecho de hablar por mí y mis compañeros”, mantiene. Lleva 11 años en Cosentino y estuvo ocho años, hasta junio pasado, en el comité de empresa. 

“Conozco a muchos que trabajaron allí y tienen silicosis. Además hay otros temas de salud, como cánceres que pueden estar asociados a la inhalación de productos químicos…”, asegura Humberto. Paco Torrico, secretario general de este sindicato, está preocupado por los temas de salud. “Entendemos que hay muchos afectados pero no hay datos de cuántos hay fuera ni dentro”, manifiesta.Humberto Muñoz todavía no se ha hecho las pruebas, “para no preocupar a mi mujer, pero tengo que hacerme un TAC urgente”.

A lo largo de la década que Humberto lleva en la empresa reconoce que se han hecho avances en la seguridad pero hay carencias. “Podría haber hecho mayor esfuerzo por la aspiración del polvo. Se hacen avances, como sustituir mascarillas de papel por otras para polvo y gases, pero es insuficiente”, recalca. | Sigue leyendo. 

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