Reportajes / Artículos

Somalia, la base secreta de Al Qaeda

Fecha: 11/12/2006 Unai ARANZADI (Somalia, especial para interviú) ico favoritos Añadir a favoritos
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tú valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Apenas quedan más ‘señores de la guerra’ en Somalia que las Cortes Islámicas, jóvenes famélicos que forman aún una desordenada tropa, pero que ya han tomado el control de importantes centros de Somalia, entre ellos el puerto y el aeropuerto principales del país.

Unai ARANZADI (Somalia, especial para interviú)

A veinte kilómetros al norte de Mogadiscio la carretera ya no es más que una polvorienta acumulación de piedras. Su mal estado refleja quince años de conflicto armado que han asolado el país. Apenas se ve gente en el camino, y donde antes había controles de milicias contratadas por los señores de la guerra ahora hay jóvenes reclutas de las autoproclamadas Cortes Islámicas. Cerca está el campamento de Hiilweyne, un lugar maldito para la inteligencia estadounidense, que lo considera una base de Al Qaeda.

Tras una hora de viaje hay que desviarse a una pista secundaria flanqueada por restos arquitectónicos de tiempos mejores. Un carro de combate abandonado aparece en el horizonte con varios adolescentes armados subidos encima. Al lado, una precaria barrera. Es la del campamento.

La primera impresión en Hiilweyne es de vacío. Sólo hay un edificio de ladrillo y apenas se distinguen vehículos y barracones. Bajo una acacia, un grupo de religiosos espera la llegada del periodista. “Que la paz de Alá sea contigo”, dicen. Unos cuantos milicianos toman posiciones alrededor del grupo. Un hombre menudo, tocado con una kufía (pañuelo islámico para la cabeza) y una poblada barba wahabí irrumpe en el lugar. Todos los hombres se levantan y saludan al unísono: “Que la paz de Alá sea contigo”. Es el jeque Mailín Hashí, líder militar y espiritual del norte de Mogadiscio. “Me han dicho que usted viene a confirmar las acusaciones de Occidente”, espeta el jeque al recién llegado. “Aquí no encontrará a extranjeros de Al Qaeda”, asegura. En agosto pasado, políticos y medios de comunicación estadounidenses acusaron al fundador de este campamento, el jeque Awey – que según la CIA es el líder de Al Qaeda en Somalia–, de crear un campo de entrenamiento para 600 terroristas, con instructores de Afganistán, Libia y Pakistán.

Un hombre con vestiduras militares se aproxima a la acacia y hace sonar un silbato. En pocos minutos un centenar de muchachos se aproximan al lugar marcando el paso desordenadamente. Muchos de ellos no tienen más de nueve años. El instructor cuenta cuál es el único requisito para enrolarse en las Cortes Islámicas. “Sólo hace falta creer en Alá”, dice, y trata de poner orden en la caótica formación.

Llegan más instructores. No se ve un gran despliegue de medios. Uno de ellos tiene una cara conocida. Fue uno de los jefes de las tropas que en junio tomaron la ciudad de Jowhar, un nuevo punto en el mapa de la Somalia islámica. La ciudad cayó tras un corto tiroteo, y los soldados islamistas fueron recibidos como héroes. “Yo llegué aquí porque llevo veinte años luchando –explica el instructor–. Es lo único que sé hacer. Me enteré de que las milicias islámicas buscaban gente experimentada para enseñar a estos muchachos y aquí estoy. Ya no hay ‘war lords’ (señores de la guerra) que nos contraten, así que entrar en las Cortes Islámicas es la única forma de continuar en el negocio si quieres seguir viviendo en Mogadiscio”.

Uno de los religiosos sentados a la sombra de la acacia describe el campamento: “Aquí no hay nada de especial. Hay quien lo llama academia militar y quien lo llama campo para yihadistas. Los nombres nos dan igual. Aquí sólo enseñamos a rezar el Corán y formamos soldados de Alá que hagan cumplir la ‘sharía’ (ley coránica) a lo largo y ancho del país. Enseñamos lo que está bien y lo que está mal. Sólo queremos mejorar este pobre país. El Islam es nuestra religión y la gente lo acepta. Estados Unidos nos llama terroristas, pero no tiene ni una sola prueba de que lo seamos”.

En junio pasado las milicias islamistas se hicieron con la práctica totalidad de Mogadiscio y sus alrededores. Desde entonces, han desaparecido las violaciones de mujeres en los campos de refugiados, y el puerto ha vuelto a abrir, de manera que la ayuda humanitaria llega más cómodamente, “y con relativa seguridad”, dice el director del puerto, el jeque Saná.

Las milicias islámicas han reabierto además el aeropuerto internacional de Mogadiscio, evitando el obligado paso por el kilómetro 50, una suerte de pista con torreta que debían tragarse los aviones de la línea Dubai-Nairobi, bajo la atenta mirada de milicianos famosos por su ferocidad. Antes, recibía al viajero un pistolero que le pedía 50 dólares nada más bajar del avión. Ahora da la bienvenida un funcionario de las Cortes Islámicas que pregunta: “¿Es usted musulmán?”. Pronto, cuando el aeropuerto termine su reconstrucción, se lo podrá preguntar a viajeros procedentes de Europa, y no sólo de Oriente Medio.

La media luna ha ido ganando terreno en la olvidada Somalia. Un nuevo orden musulmán sustituye al viejo de los señores de la guerra. Aunque eso, la guerra, no ha desaparecido del horizonte. El ejército etíope se acumula en la enorme y porosa frontera de Somalia, y eso inquieta a la población civil, pero no a los envalentonados muyahidin de Mogadiscio: “Lucharemos hasta el final en el nombre de Alá. Etiopía, además de ser infiel, siempre ha estado contra Somalia. La voluntad de Alá es crear aquí un Estado islámico en el que la ‘sharía’ ponga orden y paz”, dice contundente Hasán, comandante islamista de sólo 25 años que acaba de regresar a la base tras patrullar la ciudad. Las patrullas son bien visibles en el país. Hombres montados en camionetas artilladas con ametralladoras de gran calibre, las cabezas tapadas con la kufía árabe y el rifle de asalto AK-47 colgando del hombro. Las patrullas han impuesto una severa prohibición sobre el khat, una droga vegetal local que convertía en enloquecidas máquinas de matar a los soldados que la consumían.

“Cuantas más armas y más munición tengas, más exitoso serás”, dice Abdul, traficante de armas. El negocio de los fusiles y las ametralladoras empieza a depauperarse porque, bajo el control islamista, no cualquiera puede ir mostrando una culata por la calle. “Ahora ya no vendemos en los mercados callejeros, sino en lugares como éste”, señala Abdul, y muestra un impresionante recinto ocupado por un nutrido arsenal. En este país que los enviados especiales describen como lo más parecido al paisaje de Mad Max, los niños cogen el fusil a los diez años, las mujeres sufren la ablación del clítoris al poco de nacer y acaecen las hambrunas más terribles del globo. Ahora, además, mandan las balas y el Corán.

  • ¡Compartelo!
  • twitter
  • delicious
  • facebook
  • compartir por mail

Comentarios recientes

No hay comentarios

Añade tus comentarios
  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Publicidad

Facebook

Twitteando

Chica Interviú

INFOCANALES

medium
Compras Lotería Astrología

ÁREA MAX

Lo +

Lo más leído

Lo más valorado

Lo más comentado

Especial Festivales de verano

VÍDEOS SEXY