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10 Sombras de Teresa Viejo

Sombra número 6: Toño

Fecha: 10/08/2015 Teresa Viejo / Ilustración: Fernando Vicente ico favoritos Añadir a favoritos
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Cuando no puede dormir, y este verano sucede a diario porque su ático simula un infierno, se pajea rememorando aquello. Mira que ha pasado tiempo, pero todavía guarda el sabor de las gotas de sudor de su cuello. Memoria olfativa, explicaría a sus alumnos, porque don Antonio, el profesor de química, siempre tiene un símil a mano; aunque a bordo de ese ferry que les llevaba al paraíso aún era Toño, gastaba greñas y un vaquero mugroso sin calzoncillos dentro. Le gustaba el roce de la tela mientras andaba. Le estimulaba disfrutar una erección sin un slip que la ahogara.  –Mira, por allí despunta Ibiza –comentaron sus compañeros de universidad, mochileros como él. Era la primera vez que pisaban las islas y la emoción los arremolinaba en cubierta junto a un ejército de pasajeros deseosos de salir en estampida. Sus amigos se adelantaron abriéndose paso a la fuerza, pero él había quedado rezagado. A su alrededor se apretujaban, igual que sardinas en lata, abuelos del brazo, familias, guiris borrachos de olas y justo delante una rubia con coleta que no le permitía avanzar. Todos aceitosos con olor a bronceador de coco y a sobaco; menos ella, porque olía a un nosequé que apetecía morderla. Cerró los ojos para olfatearla y lo siguiente fue una mano deslizándose hacia el bolsillo del pantalón. Sin bajar la mirada rogó que fuese suya y no de cualquiera de los barbudos que le rodeaban. A continuación unos dedos teclearon dentro del vaquero hasta que llegaron a acariciar la punta de su verga, ya desperezada. Sin embargo, ella no se inmutaba. Toño avanzó su cadera unos centímetros hasta fundirse en su culo; era imposible que no sintiera esa estaca clavada en el abismo de sus glúteos y a él resoplando sobre una nuca cubierta de sudor. A pesar de lo difícil de la postura, vio que vestía una prenda vaporosa y la cinta de un bolso en bandolera sobre su espalda; se pegó a la tela mientras recorría su cintura comprobando que, como él, no usaba ropa interior; mientras, ella se había dirigido a su bragueta y bajaba la cremallera, agarrándole el pene. Como respuesta, él tiró de la tela hacia arriba y su mano libre se fue abriendo camino hasta una sima mojada y caliente. Al tiempo que deslizaba su índice por esa hendidura no dejaba de preguntarse si el vello que rozaba sería del mismo color que el pelo de su nuca. –¿Qué haces ahí parado, tío? Ven, que nos hemos hecho un hueco en la primera línea –gritó uno de sus amigos unos metros más adelante. Toño alzó la cabeza y asintió pidiendo más tiempo porque su polla, que estaba siendo agitaba cual batidora, solo quería meterse allí donde lo consintiera la incomodísima posición y vaciarse sin mirarla a los ojos; le excitaba la idea de follarse a una tía a la que nunca vería, y de hacerlo, ninguno sabría decir lo que había sucedido entre ellos. Dos sacudidas más y se hubiera corrido, de no ser porque un golpe de mar les hizo tambalearse. Primero se movieron a derecha, después a izquierda, y en cuanto logró recomponerse comprobó que la presión de sus dedos había desaparecido al igual que ella. –¡Tío! ¿Se puede saber qué haces?Toño tardó unos minutos en recomponerse; en abrocharse la bragueta, en trastabillar por la cubierta buscando tras cada coleta rubia el rastro de un olor impreciso que le hacía querer morder su nuca. –Menudo desperdicio –valoró uno de sus amigos nada más descender a tierra. A su lado, un grupo de chicas tonteaban entre sí, dos de ellas se tomaban por la cintura y se besaban ignorando cualquier comentario de reprobación. Toño se fijó en la mano de una dentro del bolsillo del pantalón de la otra. Su coleta rubia ondeaba al viento–. Como si no estuviéramos nosotros aquí, joder. ¿Para qué quieren un coño teniendo tantas pollas?Desde entonces, cuando hace calor y apenas corre una brizna de brisa, se imagina una coleta rubia y se hace una gayola. Para terminar lo que quedó a medias. 

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