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10 Sombras de Teresa Viejo

Sombra número 7: Julián

Fecha: 17/08/2015 Teresa Viejo / Ilustración: Fernando Vicente ico favoritos Añadir a favoritos
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Debí de haberme quedado en el coche en lugar de abrir la puerta y saborear tus piernas. Pasa siempre: doy un paso adelante cuando debiera darlo hacia atrás. Todo empezó la mañana en que despedí a Laura y a las niñas asegurándoles que este verano sin ellas me organizaría con más acierto que un maestro de intendencia. “Menudo rodríguez”. ¿Rodríguez? Si hubiese apuntado Paco Martínez Soria y me hubiese mandado a ver Cine de barrio, no me habría parecido más antiguo. Al poco caí en los tópicos de todo hombre solo que ve el cielo abierto por el hecho de poner los pies sobre la mesa. “¿Quieres que repasemos ese informe?”. Dos días tardé en proponerle vicio a una médica residente tan joven como morbosa. Me gustó desde que cruzó los boxes con un botón de menos y una sonrisa de más. La sonrisa se la comí apoyada contra las taquillas, y el escote… era del mismo plástico que sus labios. “¿No piensas seguir?”, inquirió al advertir que yo subía la cinturilla del uniforme cada vez que ella intentaba meter la mano dentro. No soporto la silicona más que en los estents traqueales.  –¿Qué pasa, que no se te pone dura?  –Soy fiel a mi mujer –solté con tal voz de lerdo que me entraron ganas de reír.–Lo que eres es un calienta coños. Además, viejo. ¡Que te follen!Mi primera experiencia de rodríguez desfasado se saldó con una enemiga en urgencias y un dolor de huevos que hubo de calmar la paja que me hice en el coche antes de llegar a casa. Ahí te vi por primera vez. Llevabas una línea de tela sobre el pubis, un escote de vértigo y dos piernas sobre las que cabalgaría una vida entera. Me sonreíste y todo se iluminó con dos hileras de neones. Estábamos en una de esas arterias de la ciudad que cambian de oficio del día a la noche. –¿Quieres que suba? Podría terminar lo que has dejado a medias.Tenía la polla fuera del pantalón y los dedos pringosos; aun así, arranqué y hui de tu perdición. Dormí a saltos después de hacerme un par de gayolas pensando en el sabor de tu coño y lo que podría hacer tu lengua en lugar de mis manos. A la mañana siguiente corrí diez kilómetros y, cuando entraba en el portal, coincidí con la mujer del vecino sudando más que yo. –Lo nuestro es masoquismo, ¿no crees? –dijo secándose el sudor del pecho. –Correr me relaja –respondí.–Pues a mí me excita –hundiendo la toallita de papel entre sus tetas. En el ascensor me sacó la verga y de rodillas la lamió de arriba abajo. Con ella al aire nos colamos en su casa y en mitad del pasillo siguió succionando como una bomba de achique; las veces que traté de ponerla en pie ella me dio un manotazo, así que me relajé hasta correrme en su boca. “Llevaba tanto esperándolo. Si supieras lo que me pones en las reuniones de comunidad”. “¿Cuánto?”. Estaba por demostrármelo cuando escuchamos un portazo, y salí desterrado por la puerta de servicio. Desde entonces la mujer del vecino mira para otro lado y a mí se me queda la polla más esmirriada que un cacahuete.¿Crees que fue por esto que volví por ti? El caso es que tras la guardia de anoche me quedé al ralentí hasta que vi tus piernas acercarse a través del retrovisor, empujé la puerta del copiloto y tú te sentaste ahí donde lo hace Laura. Con lo menudita que es ella y lo larga que eres tú.–¿Te conozco? –sondeaste mordiéndote el labio inferior.–Enséñame las tetas. Entonces deslizaste la cremallera y asomaron esas mínimas frutas, las más pequeñas que he probado nunca. No he podido evitarlo y me he lanzado a mordisquearlas, feliz de comprobar que ahí no había plástico que valga.–Ey, ¿qué haces? –protestaste–. Antes hay que hablar. Y hablamos poco porque lo que deseaba era meter la lengua bajo ese tanga rosa que dejabas entrever al separar los muslos. “¿Puedo?”, te rogué varias veces mientras los acariciaba. “Todavía no –repetías por sistema-. Lo bueno debe esperar”.Hemos subido en el ascensor comiéndonos y todo lo que he probado antes de tumbarte sobre mi cama de casado me ha sabido a gloria celestial. –Me han vuelto loco tus tetas naturales. No soporto las operadas. Quítate la bragas, por favor. Necesito verte desnuda.–Tienes razón, cariño. Lo natural es mucho mejor –y te quitaste el tanga.Ahora te veo dormir asomado al precipicio de tu espalda y me quedaría así la vida entera. Pero si te das la vuelta y me topo de nuevo con ese gusano que escondes entre las piernas, no sé qué haría esta vez. 

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