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10 sombras de Teresa Viejo

Sombra número 8: Armando

Fecha: 24/08/2015 Teresa Viejo / Ilustración: Fernando Vicente ico favoritos Añadir a favoritos
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Armando tiene los dedos gruesos y una mirada sucia con la que sonríe a sus clientas mientras hunde las yemas en la carne como si fueran sus nalgas. A ellas les gusta la lascivia con la que corta los filetes y él tiene una erección cada vez que le toca pesar un solomillo.  –Cuarto y mitad de carne picada –piden las viejas; las únicas que requieren así el género. No le importa que sus tetas cuelguen; las mujeres le gustan de cualquier edad, lo mismo que las terneras.Armando posee una carnicería con una trastienda donde hay un aseo en el que se pajea en los ratos muertos. En realidad quien desfallece es él cuando se le escapa el alma por el agujerillo del glande que de niño se miraba y remiraba. Todo lo que sabe del sexo lo aprendió con una vaca. Despiezada, claro está. Le gustaba tanto su carne chorreando sangre que al verla se imaginaba una vagina en menstruación y eyaculaba sin ni siquiera rozarse. “Tengo la regla”, había confesado tiempo atrás su primera novia pero la contingencia, lejos de echarle atrás, le puso tan farruco que la pareja sufrió los efectos del escozor durante una semana. El carnicero se hubiese casado, pero ella se decantó por un trabajador de banca que terminó dirigiendo una sucursal y estafando a las mismas viejas a las que Armando ahora muele la carne. Cosas del destino. Sí lo hizo con una lagarta que además de a él chupaba la polla a medio vecindario y de la que terminó divorciándose, por eso este es su primer verano solo. Rodeado de tanta carne magra que no se le baja una erección cuando arranca otra. –¿Qué estás haciendo? –inquiere a una chica con media cabeza rapada que acaba de colarse en la tienda colgando el cartel de “cerrado” en la puerta. Lleva un pantalón ancho por cuya cinturilla asoma el hilo rojo de un tanga y parece no escucharle. La cinta de sus bragas se la ha puesto dura–. ¿Qué coño haces?–La guerra –replica de espaldas–. Soy una combatiente. El carnicero ha agarrado el machete con el corazón a mil. “¿Eres etarra?”, ha preguntado tembloroso, a lo que la chica responde entre carcajadas. –No seas carca, soy vegana militante. No como animales muertos. De frente parece más delgada pero tiene dos tetas rebosantes cuyos pezones se marcan bajo la camiseta. No lleva sujetador. Le excita que las tías no lo usen, pues sentir cómo se erizan le humedece el calzoncillo. “¿Y vivos?”. Tarda en preguntar; antes ha dejado el cuchillo, se ha quitado el delantal y ha salido del mostrador. La chica se ha percatado del vaquero hinchado y se ha llevado los dedos a la boca con gesto vicioso. “Depende –ha dicho– de la guarnición”. Su oficio le ha convertido en un erudito en materia carnal. Armando se acerca y sin dejar de mirarle la boca lleva las dos manos a su camiseta y le retuerce los pezones hasta hacerla gemir. La chica se deja, y él le come la boca arrancándole el chicle con la lengua. Lo escupe y sigue mordiéndole mientras baja la persiana de la puerta a duras penas. Las tetas de la chica son blancas como esas terneras lechonas que da pena poner sobre la sartén. Las lame allí mismo. Saben a limpio. Se lo comenta y la chica agradece el cumplido metiéndole la mano dentro del vaquero con un ¡ohhh!, que hincha su orgullo y los testículos al tiempo. –Debo reconocer que algunos seres vivos han nacido para ser devorados –le suelta de rodillas con la boca espumeando y el falo entre sus manos. Armando se ha clavado en mitad de su carnicería, el aire acondicionado le movía los pelos de la coronilla y la succión de la chica le abocaba a perder el equilibrio, hasta que no ha podido más y una ola ha ascendido piernas arriba desembocando por la entrepierna. Después la ha tomado en volandas y sentada sobre el mostrador, le ha mirado a los ojos.–Es la primera vez que me pasa algo así. Quiero hacerte un regalo –sugiere tirando de la gomilla de su pantalón. –No –le frena ella–. Tengo la regla. ¿Para qué quería más Armando? Con la fuerza sobrehumana con la que se echa al hombro las reses enteras, el carnicero abre los muslos, tira de la tela del pantalón hasta descoser sus costuras y le abre el tanga con los dedos. Después los hunde en ese delicioso agujero rodeado de sortijillas oscuras, bien tupidas, y cerrando los ojos visualiza un solomillo recién cortado.  

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  • Anónimo 29/01/2017 3:34

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