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Han elegido pasar sus vacaciones en campamentos de refugiados y niños con problemas. Esta es su experiencia.

Su tiempo, para los demás

Fecha: 23/08/2016 Lucía Villegas / Fotos: Carlos Cazurro, Pallasos en Rebeldía, Excellence Center, Facebook Aso. Voluntart ico favoritos Añadir a favoritos

Cientos de españoles han elegido vivir este verano unas vacaciones solidarias. Los voluntarios que hablan para Interviú no se conocen, pero todos comparten la misma idea: repetirán la experiencia. Algunos llegaron para conocer de primera mano los conflictos que despertaban para ellos mayor interés, otros lo han mamado desde la infancia, y hay quien no puede desengancharse de las risas y el afecto que les devuelven todos los que reciben la ayuda. Las labores como voluntarios en campamentos de refugiados y de niños con problemas han ocupado los meses de verano de los protagonistas. | Sigue leyendo. 

■ DECIDIÓ IRSE un mes a Hebrón (Palestina), ya que tras varios años estudiando en la universidad el conflicto local, hacer un voluntariado era la mejor manera de vivir de primera mano todo lo que había visto en los libros. Su estancia coincidió con la celebración del Ramadán, y ya en su primera noche como voluntaria disfrutó de una comida iftar, que rompe con el ayuno que hacen los musulmanes durante su mes sagrado. Esta primera toma de contacto con su nueva familia fue desconcertante para ella, ya que “a las ocho de la tarde me vi sentada en el suelo de una sala enorme llena de comida y de gente desconocida, mientras todos me miraban y hablaban en árabe sobre mí”. Su ocupación como profesora de inglés voluntaria ha sido imprescindible para las nuevas generaciones de palestinos que quieren viajar, estudiar y vivir en otros países. “Uno de mis alumnos que estudió Historia en una universidad de Palestina no ha encontrado trabajo, y al no tenerlo tampoco tiene permiso para salir de Hebrón –autorización que conceden las autoridades israelíes– por lo que no puede buscar trabajo fuera de la ciudad. En definitiva, su vida es un bucle del que es muy difícil salir”. Sara declara avergonzada que se siente “egoísta” porque pudo desplazarse a Jerusalén durante su estancia, y el alumno del que habla lleva quince años sin poder visitar la ciudad, que es sagrada para él: “Los extranjeros tenemos más facilidades para viajar que los propios palestinos”.A pesar del tono positivo con el que Sara transmite su experiencia –habla de que sus ‘hermanos’ la querían, que los niños del pueblo y las demás familias siempre preguntaban por ella, que se sentía muy a gusto– se ha encontrado con otros problemas: “Hebrón es la ciudad más conservadora de Palestina –asegura– y en Dura –el pueblo donde daba clase– son los chicos los únicos que hablan inglés, por lo que solo puedo salir y comunicarme con ellos”. Esto además ha sido un problema para la primera familia de acogida con la que estuvo, ya que tras un viaje que hizo, el padre de la familia con la que convivía le pidió que recogiese todo porque al día siguiente tenía que irse. “Para mí fue muy duro porque yo me sentía querida”, señala. En la última casa en la que vivió, su familia y ella llegaron a la conclusión de que Sara “daba un mal ejemplo para las mujeres de la otra casa”, ya que salía con chicos y “el deber de las mujeres allí es quedarse en casa”. 

Lee aquí el resto del reportaje. 

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