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Tarjetas falsas

Fecha: 20/04/2009 0:00 Daniel Montero ico favoritos Añadir a favoritos
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Pagan hasta 300 euros por tarjeta copiada. Los conseguidores obtienen la información bancaria en la Península Arábiga y distribuyen los datos por internet en cuestión de minutos. Con los números robados, las mafias compran objetos de gran valor en España.

Tras una opípara cena, un acaudalado empresario se dispone a pagar en un restaurante de Arabia Saudí. Y paga con tarjeta. El dinero de plástico cambia de manos, y en un momento de descuido, sus datos, una larga serie numérica, son copiados con un lector y enviados por medio de un sms, un correo electrónico o incluso un mensaje de Messenger a un taller de falsificación en algún punto de España. En menos de una hora los estafadores pueden saquear su cuenta con grandes compras a miles de kilómetros de distancia.

Así operan las grandes mafias de la falsificación de tarjetas de crédito, copadas por delincuentes de Europa del Este y capaces de clonar una tarjeta en cualquier parte del globo en cuestión de minutos. Las nuevas tecnologías han propiciado incluso la aparición de grupos especializados en copiar y enviar tarjetas con alto poder adquisitivo. Son proveedores de datos robados, conectados con las grandes mafias internacionales y que subastan su información al mejor postor por medio de la red. Los mejores ejemplares se pagan a 300 euros. Son las tarjetas recién copiadas con crédito superior a los 6.000 euros “Los falsificadores saben de sobra cuáles son las buenas tarjetas, las que tienen mayor límite de crédito y las que son más recientes”, explican fuentes policiales especializadas en la lucha contra este tipo de fraudes. Si la información se comparte entre varios falsificadores, el precio de cada tarjeta robada o clonada baja hasta los 75 euros en el mercado negro. “Entonces ellos tienen que copiarla y utilizarla más rápido que sus competidores, porque, si no, es posible que la encuentre bloqueada”, explican las mismas fuentes. Por norma general, estos grupos mafiosos se estructuran en tres niveles: “Primero están los líderes, que son los que tienen los contactos internacionales con los conseguidores de datos y quienes reciben la información. En el segundo nivel están los técnicos, encargados de copiar las tarjetas en talleres clandestinos. Y en el tercer nivel están los pasadores, aquellos encargados de ir a las tiendas a comprar artículos de alto valor como joyas o tecnología”, explican los agentes.

En abril de 2008, la Sección de Medios de Pago de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Comisaría General de la Policía Judicial recibió una pista. Esa unidad investiga las grandes mafias dedicadas a la falsificación de tarjetas de crédito. Y ésta lo era. Captadores en Arabia Saudí, falsificadores rumanos afincados en la costa mediterránea y colaboradores españoles que aceptaban las compras a cambio de una suculenta comisión. Durante un año rastrearon sus movimientos. Y desgranaron sus pesquisas en dos intervenciones. La operación Condal, lanzada en noviembre de 2008, se saldó con 19 detenidos, en su mayoría de nacionalidad rumana. La policía estimó que el grupo organizado había defraudado 1,5 millones de euros en tiendas españolas por medio de tarjetas clonadas. Los detenidos fueron acusados de falsificación de moneda, falsedad documental, estafa, receptación y asociación ilícita. En este caso, las numeraciones llegaban desde países árabes por medio del correo electrónico. En esta organización, los grupos de pasadores recibían el nombre en clave de brigadas. Y estaban especializados en la compra, con las tarjetas robadas o clonadas, de ordenadores portátiles, aparatos electrónicos y prendas de alta costura. Esos productos estaban destinados al mercado negro. El dinero en efectivo obtenido con la venta o con extracciones en cajeros era enviado después a Rumanía, donde se blanqueaba por medio de la compra de inmuebles. Según las investigaciones, el dinero servía también para abonar las fianzas de los colaboradores que caían en prisión por esos delitos y para sufragar abogados. Los miembros de las brigadas hacían también compras a la carta para peristas rumanos, que recibían los encargos de compradores en su país de origen.

En ocasiones, estos grupos captan también a comerciantes colaboradores que se llevan la mitad del botín. Los falsificadores van a la tienda, pasan una tarjeta clonada por el datáfono y el dueño les entrega en ese momento la mitad del dinero en efectivo. A los pocos días, el propietario del establecimiento recibe el dinero pagado con esa tarjeta. En el caso de la operación Condal, cinco comerciantes españoles fueron detenidos por su presunta relación con la trama.

“Normalmente los contactos con los suministradores de la información para clonar tarjetas los tienen los líderes de la red –explican los responsables de esta operación–. Ellos son quienes se encargan de abonar periódicamente el dinero a sus colaboradores en el extranjero para que les sigan surtiendo de información para copiar”. Cualquier soporte con banda magnética sirve para copiar la información contenida en una tarjeta de crédito. De hecho, en ocasiones este tipo de delincuentes utiliza tarjetas en blanco, similares a las que se emplean en sistemas de seguridad para empresas o como llaves para los hoteles. En otros casos, los falsificadores utilizan incluso tarjetas de fidelización de supermercados o gasolineras, tarjetas regalo de grandes almacenes, las de aparcamientos o el carné de acceso a una biblioteca municipal. La banda magnética de estas tarjetas es borrada y la información se reemplaza por la de una tarjeta de crédito. Si el falsificador es detenido, la copia no llamará la atención y no será identificada si no es analizada con posterioridad con un lector. Este tipo de falsificaciones se emplea sobre todo en comercios cooperantes con la red mafiosa, ya que no imitan la apariencia real de una tarjeta de crédito. Las mismas sirven también para sacar dinero desde cajeros, donde los falsificadores necesitan además conseguir el código pin del usuario.

La última tecnología decomisada por las fuerzas de seguridad europeas, y que todavía no ha llegado a España, evidencia que los falsificadores de tarjetas de crédito han conseguido manipular los datáfonos oficiales de las tiendas –siempre con la connivencia del propietario– para que envíen la información de la tarjeta de crédito por medio de un sms en el momento de la compra. El aparato se modifica y se le integra un nuevo circuito con la placa de un teléfono móvil. Así, mientras el cliente pulsa su número secreto y le da a la tecla de ok para enviar, está pulsando también sin saberlo la tecla de envío para que sus datos lleguen en cuestión de segundos a manos de los falsificadores. “Lo que pasa es que en Europa los datáfonos son más grandes que los que se usan normalmente en España, y tienen el espacio necesario como para meter la placa del móvil”, explican efectivos de la lucha contra este tipo de mafias. “Una tarjeta utilizada en un supermercado de Dinamarca fue utilizada una hora después en un cajero de Holanda”, explican las mismas fuentes sobre un caso reciente.

En España, la mayoría de estas grandes mafias están copadas por delincuentes rumanos y búlgaros. Y sus delitos están tipificados como falsificación de moneda, penado con entre ocho y doce años de prisión. La sección de Medios de Pago de la UDEF realiza de media cinco grandes operaciones al año contra estas mafias. En ocasiones, los miembros de la red falsifican también los documentos de identidad de los afectados, necesarios para comprar en los establecimientos. “España es en su mayoría un país de receptación de informaciones y uso fraudulento de tarjetas, pero con numeraciones extraídas en el extranjero”, puntualizan fuentes policiales.

Cinco meses después de la operación Condal llegó el segundo fruto de las investigaciones para la UDEF. El pasado 31 de marzo lanzaron junto a la UDYCO de Castellón la operación Grao, centrada en otra rama de las mafias rumanas. Los agentes llevaban casi un año detrás de dos cabecillas, llamados Robert y Alexandru. Ellos eran quienes trataban con los proveedores de tarjetas. En el transcurso de la operación, la policía detuvo a 25 miembros de la banda. Los detenidos recibían la información bancaria desde Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, donde las tarjetas de crédito alcanzan en los casos más exclusivos 600.000 euros de tope. Y operaban con las tarjetas falsificadas en comercios de Castellón, Tarragona y Valencia. Los agentes estiman que esta red pudo estafar hasta 1,5 millones de euros en compras. En algunos casos, los falsificadores lograron captar a los propietarios de las tiendas, que concertaban citas con ellos para recoger en mano las tarjetas clonadas. Fuera del horario comercial, eran los propios dueños de las tiendas quienes utilizaban las falsificaciones en sus datáfonos para recibir el dinero de las entidades bancarias. Posteriormente, los empresarios devolvían a los falsificadores las tarjetas y los resguardos de las operaciones realizadas, para conformar los importes.

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