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Los relatos eróticos de Juan José Millás

Una bajada de azucar

Fecha: 08/09/2014 Juan José Millás / Ilustración: Fernando Vicente ico favoritos Añadir a favoritos
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"En estos instantes, escarabajo mío, me estoy desabrochando la blusa y subiéndome la falda para acariciarme el coño con una mano y las tetas con la otra. ¿Te resulto muy grosera, cerdito del alma?". Cierta llamada de teléfono puede tener dos lecturas, pero solo una consecuencia. | Descarga la revista en PDF.

La mujer marcó un teléfono al azar. Descolgó al otro lado un hombre.
—Perdón, ahora no sé dónde estaba llamando –dijo ella con el tono de quien acaba de ser traicionado por la memoria.
—Soy Luis –dijo él creyendo reconocer la voz de una de sus cuñadas.
—¿Estás solo, Luis? –dijo entonces la mujer con tono seductor.
—Ejem –carraspeó él.
—Déjame adivinar. Por la hora, y tratándose de un miércoles cualquiera, estarás viendo la tele junto a tu esposa. ¿La tienes ahí al lado?
—Sí –respondió él con expresión neutra.
—Y ella empieza a mirarte interrogativamente, como preguntando quién llama –añadió la mujer sin abandonar aquel tono seductor que invitaba al encuentro sexual.
—Positivo –dijo él devolviéndole una mirada imparcial a su esposa.
—Dile que es una encuesta, encanto.
El hombre se volvió hacia su mujer tapando un poco el auricular y le dijo en voz baja que era una encuesta sobre la calidad de los servicios del banco en el que tenían la cuenta corriente.
—Bien –continuó entonces la mujer–, ahora, corazón, dime si se te ha puesto dura ya.
—Bueno… –dudó el hombre.
—Del uno al diez, ¿cómo se te ha puesto de dura, amor mío?
—Un siete –dijo él.
—Bien, potrillo loco, no te muevas de donde estás, pero acomódate un poco para hacerle sitio a la polla. Di “notable” para que tu mujer se crea lo de la encuesta.
—Notable –dijo él cambiando de postura para hacerle sitio al pene, que tendía a ocupar todos los espacios vacíos de la zona.
—¿Ya te has acomodado, corazón?
—Bastante.
—Ahora escúchame con atención, amor. Tengo cuarenta años, me encuentro sola en casa y me ha dado un calentón espontáneo que conviene sofocar. Pero necesitaba escuchar la voz de un tío que estuviera atado, como tú, porque estás atado, ¿verdad? No en un sentido literal, amor mío, pero sí metafóricamente porque has de fingir que hablas con un teleoperador cuando tienes al otro lado de la línea a una mujer con fuego en las nalgas. Vuélvete de nuevo a tu mujer y dile lo siguiente: “Estos teleoperadores son unos pesados, pero me dan lástima; si no los atiendes, los penalizan”.
El hombre se dirigió a su esposa y dijo palabra por palabra lo que le había ordenado la mujer.
—O. K. –aprobó ella–. En estos instantes, escarabajo mío, me estoy desabrochando la blusa y subiéndome la falda para acariciarme el coño con una mano y las tetas con la otra. ¿Te resulto muy grosera, cerdito del alma?
—No –contestó el hombre.
—Pues dime, del uno al diez, ¿cómo es ahora mismo el tamaño de tu erección?
—Un nueve –mintió él, que estaba a punto de estallar
—Bueno, bueno, parece que te gusta resistirte –dijo, gimiendo, la mujer–. Yo sin embargo estoy ya a cien, estoy a punto, créeme. Te imagino con tu esposa ahí delante, atenta al telediario y a ti intentando disimular, pobre, te imagino así, preso de esa situación tan doméstica, y se me empapa la mano que tengo en el coño, por debajo de las bragas.
—Un diez –dijo él.
—¿Un diez de qué? –le dijo su mujer mirándole como si estuviera loco–. Quéjate ya de las comisiones, que nos cobran por todo.
Mientras atendía con la mirada a su esposa, la mujer que estaba al otro lado de la línea comenzó a bramar como si estuviera siendo víctima, más que beneficiaria, de un orgasmo feroz. El hombre se corrió también sin cambiar de expresión, aunque no pudo evitar que la sangre se le retirara del rostro provocándole una palidez mortal.
—¿Pero qué te pasa? –le preguntó su mujer alarmada.
—Gracias, chato –oyó decir al otro lado de la línea.
—De nada –respondió él colgando el aparato.
—Dios mío, ¿qué te ocurre, Luis? –insistió su esposa.
—Nada, que me he mareado un poco, una bajada de azúcar –dijo acercándose un cojín para ocultar los efectos de aquella polución animal en los pantalones.
La esposa le preparó una manzanilla con cuatro cucharadas de miel y continuaron viendo la tele tan tranquilos.

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