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Los relatos eróticos de Juan José Millás

Una turbación desusada

Fecha: 01/09/2014 Juan José Millás / Ilustración: Fernando Vicente ico favoritos Añadir a favoritos
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La amiga introduce el dedo índice con delicadeza y recorre suavemente los pliegues húmedos (empapados ya en realidad) sin dar con el grano. Pero el grano ha dejado de importar porque las dos se han mirado llenas de excitación confesándose de ese modo tácito que son lesbianas. | Descarga la revista en PDF.

En la terraza de verano, junto a la mesa que ocupábamos mi gin-tonic y yo, una mujer leía una novela pornográfica. Supe del carácter del libro porque ella misma me lo dijo. En efecto, al darse cuenta de que llevaba un rato intentando desesperadamente leer el título, se volvió y me informó de ello con una naturalidad sorprendente:
—Es una novela pornográfica.
Yo asentí sonriendo estúpidamente. ¿Qué otra cosa puede hacer alguien al que han sorprendido in fraganti en labores de espionaje?
—De lesbianas –añadió con idéntico desparpajo.
Yo volví a asentir con la sonrisa anterior. Ya digo, una sonrisa de idiota.
—En este capítulo –continuó– una chica se ha colocado desnuda y de rodillas encima de una mesa. Sentada en una silla, frente a ella, su compañera de piso le inspecciona las concavidades inguinales.
—¿Concavidades inguinales? –inquirí sorprendido por la expresión.
—El coño –aclaró la mujer.
Por lo visto, y según me explicó, ninguna de las dos chicas había confesado a la otra que era lesbiana. La que se encontraba de rodillas, sobre la mesa, se había colocado así para que su amiga le dijera qué aspecto tenía un grano que le había salido en uno de los labios menores.
—¿Y para eso tiene que desnudarse del todo? –pregunté.
—Es que acaba de salir del baño. Como te he dicho, comparten el piso y a veces se mueven desnudas por la casa. En la novela es normal. En la vida también, creo, nunca he compartido piso.
—Ya.
—Pues como te decía, la amiga que está sentada en la silla le busca el grano, pero no lo ve. Entonces la que permanece arrodillada sobre la mesa se abre la vagina con las manos mostrando sin pudor toda esa zona sonrosada y le dice a la amiga: “Por aquí, toca aquí a ver si notas un bultito”. La amiga introduce el dedo índice con delicadeza y recorre suavemente los pliegues húmedos (empapados ya en realidad) sin dar con el grano. Pero el grano ha dejado de importar porque las dos se han mirado llenas de excitación confesándose de ese modo tácito que son lesbianas y que se aman, aunque ninguna de ellas se había atrevido hasta el momento a dar el primer paso. De modo que la que está sentada en la silla se desnuda también, se pone de pie y abraza a la amiga, que continúa arrodillada sobre la mesa.
—Ya –dije yo apurando el gin-tonic.
—Los pechos de las dos se juntan, se confunden más bien hasta el punto de que ninguna de ellas sabe dónde termina el suyo y comienza el de la otra.
—Ya –repetí pasándome la lengua por los labios para recoger los restos de la ginebra.
—Te preguntarás por qué te cuento todo esto.
—No importa –dije–. Es muy entretenido. Y muy didáctico.
—Te lo explicaré de todos modos. Verás, esta es una novela rarísima, de muy poco éxito, de la que quizá solo se han tirado 500 ejemplares de los que no se habrán vendido ni la mitad. Es muy improbable que nadie, aparte, de mí, esté leyéndola en estos momentos en ninguna parte del mundo. Y sin embargo, cuando la abro, tengo la sensación de que otra mujer, muy lejos de aquí, la lee al mismo tiempo que yo. Esa mujer no va por el capítulo del grano vaginal, porque la ha comenzado más tarde. Pero lee más deprisa que yo para alcanzarme.
—¿Y una vez que te alcance? –pregunté.
—Una vez que me alcance leerá la novela al mismo ritmo que yo y se excitará cuando yo me excite y se masturbará conmigo y tendremos el orgasmo al mismo tiempo.
—Ya –repetí mecánicamente.
—Te lo cuento porque sé que eres escritor, te he reconocido, y me gustaría que escribieras algo sobre esta historia tan extraña. Es normal que dos personas, incluso que millones de personas, vean al mismo tiempo el mismo programa de televisión. Pero es muy raro que dos personas que no se conocen y que quizá están cada una a cientos de quilómetros de la otra lean al mismo tiempo la misma novela pornográfica. ¿No te parece?
—Así es, llevas toda la razón.
—Pues cuéntalo en ‘Interviú’, anda.
Esa noche estaba en la cama, leyendo una rara novela policiaca, cuando sentí que alguien, un alma gemela, a cientos o millares de quilómetros, estaba leyéndola también y que iba por la misma página y la misma línea que yo. La idea me excitó y cerré el libro con una turbación desusada.

Descarga el cuento de Millás.

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