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Veneno en Baracaldo

Fecha: 29/12/2008 0:00 Danilo ALBIN ico favoritos Añadir a favoritos

Ríos que escupían fuego, chispas que agujereaban la ropa, nubes tóxicas que achicharraban macetas y árboles… Durante cincuenta años, Baracaldo (Vizcaya) soportó uno de los niveles más altos de contaminación de España. Hoy sus habitantes exigen que las autoridades hagan un estudio sobre los casos de cáncer.

Jon BALSERA

“Aquí nunca olía bien”. Con ironía y resignación, los vecinos de Lutxana, el barrio de Baracaldo que durante medio siglo sufrió la industrialización franquista, contemplan los humos de Befesa, una de las últimas factorías en pie. Suben la vista y recuerdan aquellas extrañas nubes capaces de quemar árboles, matar las plantas de las macetas u oxidar las farolas. Aún hoy, por si acaso, nadie duerme con la ventana abierta.

quí nunca olía bien”. Con ironía y resignación, los vecinos de Lutxana, el barrio de Baracaldo que durante medio siglo sufrió la industrialización franquista, contemplan los humos de Befesa, una de las últimas factorías en pie. Suben la vista y recuerdan aquellas extrañas nubes capaces de quemar árboles, matar las plantas de las macetas u oxidar las farolas. Aún hoy, por si acaso, nadie duerme con la ventana abierta.

Jorge García es una de las caras visibles de la plataforma que aglutina a 17 asociaciones de este barrio. A sus 40 años no se cansa de reclamar que alguien, en alguna oficina, le escuche. En 1994, su hermana de 19 años murió de cáncer. Algún tiempo después leyó un artículo del catedrático de Salud Pública de la Universidad de Barcelona Miquel Porta sobre la relación entre ciertos tipos de cáncer y la contaminación. Tras cansarse de enviar cartas que nunca obtienen respuesta, asegura que el Gobierno vasco “maneja informes que se niega a hacer públicos”. A fines de los ochenta, la OMS dijo que la zona presentaba el “índice de enfermedades cancerígenas y respiratorias más elevado de Europa”. Antes, en 1977, el ecologista americano Barry Commoner, que había ido a Bilbao a un congreso, calificaba esta zona como un “museo de horrores ecológicos”.

En el portal 40 de la calle Río Castaños, en pleno barrio de Retuerto –pegado a Lutxana– saben bien de qué hablaba Commoner. Aún recuerdan cuando, hace 15 años, el río Castaños, que pasa detrás del edificio, lanzaba lenguas de fuego capaces de quemar la ropa colgada en los balcones. Rosendo Zorrilla, a quien aquellas llamas le chamuscaron la colada, culpa a los vertidos al río de Plastificantes de Lutxana, filial de Cepsa cerrada en mayo de 2004 por no cumplir la ley ambiental: “Era verano. A la más mínima chispa aquello ardía”.

En septiembre de 2003, un escape se coló por las tuberías del edificio y varios vecinos sufrieron vómitos y desmayos; tuvieron que dejar sus viviendas una semana. Maite Fresnedo asegura que desde entonces tiene “un malestar continuo de estómago y náuseas, y las heridas tardan en cicatrizar”, y muestra un agujero a la altura de la vesícula que, tras una operación de hace semanas, sigue sin cerrarse. Josefa Lumia, del 10º A, asegura que la enfermedad de su marido –murió de cáncer en 2006– se agravó tras la intoxicación de 2003. A otra vecina, Ana Moya, no se le van los mareos y picores de garganta. Hoy sigue quejándose de que nadie ha pagado, ni en metálico ni ante la justicia.

Precisamente 140 vecinos afectados por aquella intoxicación demandaron a Plastificantes de Lutxana, el Ayuntamiento, los departamentos de Medio Ambiente, Industria y Comercio, y Osakidetza, la salud pública vasca. El expediente lleva cuatro años parado en el Juzgado de Instrucción número 4. “Creemos que nuestra demanda ha sido frenada intencionadamente”, denuncia Rosendo Zorrilla. Su padre, trabajador de la industria local, murió de cáncer.

El monte blanco

En el cercano barrio de Lutxana, los vecinos aún recuerdan la lluvia ácida que agujereaba la ropa. Eran los tiempos de Sefanitro, una potente industria que el Gobierno del PP vendió en 1996 al Grupo Villar Mir por seis millones de euros y que diez años después este consorcio revendió a una constructora por 240. En el terreno, donde hasta 2010 seguirá Befesa, se levantará un complejo de viviendas. Pedro Solabarría, baracaldés de 78 años que vive enfrente de esa fábrica, se pasa el día con el ventolín en el bolsillo. El asma que sufre se la atribuye a 50 años de humo de las factorías. Solabarría fue víctima de la fuga de dióxido de azufre del 21 de octubre de 1994 en la entonces fábrica Rontealde –hoy Befesa–, que mató a Jesús Arteagagoitia, baracaldés de 70 años que sufría de los bronquios. Nueve años después, la justicia condenó a dos directivos de la fábrica por homicidio imprudente a un año de prisión y tres de inhabilitación especial.

“Las fábricas desaparecen, pero nosotros seguimos con nuestras enfermedades”, se lamenta Solabarría. Mientras, Rosana Oribe, presidenta de la asociación barrial, recuerda las “chispitas metálicas” que agujereaban las medias de las mujeres, oxidaban los coches y llegaban a los pulmones. De niños, sus amigos jugaban en el entonces famoso monte blanco, donde hoy pasa la carretera. Ahora saben que eran restos de lindano, veneno abandonado por las empresas que lo usaban.

Consuelo Elosúa, de la asociación ecologista Lur Maitea, afirma que en esta zona de Baracaldo “empiezan a registrarse casos de cánceres de mama en hombres, mientras que la edad a la que las niñas les viene la regla se ha adelantado”. Y asegura que “hay dos casos, que no vamos a presentar públicamente, de niños que sufren la enfermedad del cuerpo calloso”, una lesión degenerativa que “cursa con cambio de la personalidad, apatía, depresión, excitación, agresión, conductas sexuales y comportamientos anormales, estados paranoides y alteración intelectual”. Lur Maitea logró que la Audiencia de Vizcaya aceptase practicar un estudio epidemiológico en la zona para determinar los daños que pudo causar el lindano almacenado entre 1995 y 2002 en la antigua Bilbao Chemical, donde hoy se levanta un centro de convenciones. La empresa pública vasca Ihobe era la que guardaba los pabellones. “El estudio se hará, pero Ihobe quiere que sólo a los trabajadores de la empresa. Ellos tenían medidas de protección, pero los vecinos no”, denuncia Elosúa.

Un informe emitido en 1992 por Ihobe sobre el “almacenamiento de residuos pesticidas en Lutxana” reveló que en el Sanatorio de Cruces (Baracaldo) el aire acondicionado estaba contaminado. Es el hospital más importante del País Vasco.

Hace algunos días, el Gobierno vasco admitió que en verano los vecinos de Baracaldo bebieron agua contaminada con lindano. El ejecutivo minimizó el hecho y aseguró que se trataba de dosis inferiores a las “perjudiciales” para la salud. “Estos ciudadanos han soportado un envenenamiento masivo, cuyas consecuencias las seguirán sufriendo sus hijos y nietos”, agrega Elosúa.

El colegio del barrio, el Munoa, se vio afectado por unas fugas tóxicas entre el 18 y el 26 de enero de 2007. Las miradas de los padres se dirigieron entonces a la fábrica Bilbaína de Alquitranes. “En enero hubo emisiones de 25 microgramos por metro cúbico de tolueno y 35 de benceno, unas 35 veces superiores a las permitidas”, dicen Fernando García y Pilar Castarroyo, dos padres de alumnos, y matizan: “Ahora estamos más tranquilos, pero sin bajar la guardia”. Los padres aseguran que las mediciones no han vuelto a alcanzar los niveles de enero de 2007; la directora del centro prefiere no hacer declaraciones.

Algunas calles más adelante, Rosana Oribe dice que en Lutxana “hay días en los que todavía huele a amoníaco”. En julio pasado, mientras derribaban unos pabellones de Sefanitro, un extraño olor volvió a invadir el barrio. Por enésima vez en su vida, algunos vecinos llamaron a la Ertzaintza. Los policías fueron a la zona, olfatearon el ambiente y volvieron a marchar.

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